¿Qué pasa cuando tu peor enemigo se convierte en el dueño de tus gemidos?
Seis años de rivalidad académica. Dos promedios perfectos compitiendo por el primer lugar de la facultad de ingeniería.
Todo el mundo sabe que Seo-jun (Grupo A) y Min-jae (Grupo B) se odian o eso es lo que creen
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Factor De Carga Emocional
El despertar del sábado por la mañana trajo consigo una paz que Min-jae no recordaba haber sentido en meses. La luz difusa de un sol de fin de semana se filtraba tímidamente por las cortinas, dibujando líneas doradas sobre las sábanas oscuras. Jae abrió los ojos despacio, sintiendo el peso reconfortante y protector de un brazo tatuado rodeando su cintura con firmeza, manteniéndolo pegado a un torso cálido.
Jae se movió apenas unos milímetros, pero el agarre de Seo-jun se tensó de inmediato por mero instinto, un reflejo subconsciente de no querer dejarlo ir.
—No te muevas —murmuró Jun con una voz sumamente ronca, áspera por el sueño, pegando más su rostro a la nuca de Jae—. Todavía es temprano. Quédate así un rato más.
Jae soltó una pequeña risa suave que vibró en su propio pecho, estirando su mano para delinear los dedos de Jun que descansaban sobre su abdomen.
—Jun, son casi las de la mañana. Tú eres el que siempre se levanta temprano a correr —bromeó Jae, girándose con cuidado dentro del abrazo para poder mirarlo de frente.
Jun abrió un ojo, revelando una mirada cargada de una ternura tan densa que desarmó a Jae por completo. El gran Seo-jun, el estudiante más imponente y respetado de la facultad, se veía completamente indefenso con el cabello revuelto y las marcas de las sábanas en la mejilla.
—Ayer rompí mis propios límites por cumplir nuestro trato, Jae —respondió Jun, estirando la mano para acomodar un mechón de cabello rebelde de su novio—. Dejar que tú llevaras todo el control en la cama me dejó más cansado de lo que me gustaría admitir. Te lo debías. Te lo debía.
El recuerdo de la noche anterior tiñó las mejillas de Jae de un leve color carmín. Ver a Jun cederle el control absoluto, entregándose a su ritmo y a sus caricias con una devoción tan pura, había cambiado algo dentro de ellos. Ya no solo eran rivales de promedio o una pareja apasionada; eran el apoyo mutuo que evitaba que el otro colapsara ante tanta presión.
Para el lunes por la tarde, la burbuja del fin de semana estalló con la cruda realidad de las clases. La biblioteca central estaba abarrotada, llena del murmullo constante de hojas pasando, teclados tecleando y suspiros de desesperación por los exámenes que se venían.
Jae y Jun habían tomado una de las mesas del fondo, rodeados de carpetas, laptops y libretas llenas de diagramas y ecuaciones para el siguiente proyecto de robótica.
—Si movemos estos valores, el programa va a fallar y todo el código se va a ir a la basura, Jun —explicó Jae, frotándose las sienes mientras señalaba una gráfica con errores en su pantalla.
—Lo sé, pero si lo dejamos como está, el brazo robótico se va a mover demasiado lento en la simulación —respondió Jun, analizando los datos con el ceño fruncido—. Necesitamos encontrar un punto medio para que no falle el sistema pero tampoco pierda velocidad.
Jae suspiró, recargando la espalda en la silla. Miró a Jun, quien seguía escribiendo líneas de código con una rapidez impresionante. En ese momento, Jae se dio cuenta de algo. Jun tenía unas ojeras sutiles pero marcadas; el cansancio de la semana le estaba pesando. No era solo la escuela; Jun también estaba coordinando sus asesorías y revisando los planos de su proyecto de titulación. Estaba exigiéndose demasiado.
Sin pensarlo mucho, Jae estiró la pierna por debajo de la mesa de la biblioteca y rozó suavemente la espinilla de Jun con la punta de su tenis.
Jun se de detuvo en seco. Levantó la vista de la pantalla, sorprendido por el contacto físico en un lugar tan público.
—¿Qué pasa? —preguntó Jun en un susurro, arqueando una ceja.
—Estás estresado y te estás presionando de más —dijo Jae con una sonrisa pequeña y comprensiva—. Estás tecleando tan fuerte que vas a romper la computadora, Seo-jun. Estás llegando a tu límite.
Jun se quedó callado por un segundo, mirando a Jae. Luego, una sonrisa cansada pero sumamente dulce apareció en sus labios. Cerró la laptop a la mitad y estiró su mano sobre la mesa, dejando que Jae la cubriera con la suya a la vista de cualquiera que pasara por el pasillo.
—Es este maldito código, Jae. Siento que por más que cambio las variables, el simulador sigue marcando error y no logro que funcione —admitió Jun en voz baja, soltando el aire que parecía tener contenido.
—Porque estás intentando resolverlo todo tú solo, como siempre —le recordó Jae, apretando sus dedos—. Déjame revisar el error a mí. Tú ve a la cafetería por dos cafés bien cargados. Cuando regreses, te aseguro que el programa va a correr a la perfección.
Jun lo miró fijamente, esos ojos oscuros devorándolo con una gratitud silenciosa que no necesitaba palabras. En la escuela seguían compitiendo por la mejor calificación, sí, pero la regla entre ellos era clara: ninguno dejaría caer al otro.
—De acuerdo, mi jefe —respondió Jun con tono juguetón, levantándose de la silla—. No le vayas a mover a mis otras carpetas, te conozco.
—Muévete antes de que te borre todo el proyecto —amenazó Jae con una ceja levantada y una mirada brillante de pura diversión.
Dos horas más tarde, las pantallas de ambos mostraban el resultado esperado: el simulador corría perfectamente, sin errores y con una velocidad ideal.
—¡Listo! Quedó perfecto —anunció Jae con orgullo, chocando su vaso de café con el de Jun.
—Gracias por la ayuda, Jae. De verdad estaba atorado en esa parte —reconoció Jun, dándole un trago a su bebida—. Hacemos un gran equipo.
Mientras guardaban sus cosas en las mochilas para irse antes de que cerraran la biblioteca, Jun se acercó al oído de Jae, aprovechando el desorden de los estudiantes que ya se estaban levantando de las mesas.
—Por cierto —susurró Jun, su aliento cálido rozando la oreja de Jae, haciéndole recorrer un escalofrío por la espalda—. Ya vi de qué se trata la entrega de este viernes. Y déjame decirte que no planeo perder por una milésima otra vez.
Jae se giró para verlo, encontrándose con la mirada competitiva, ardiente y desafiante de Jun, esa misma mirada que lo volvía loco en el buen sentido.
—¿Ah, sí? ¿Y qué pasa si vuelvo a ganar, Seo-jun? —desafió Jae con una sonrisa atrevida, cruzándose de brazos.
Jun dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal con esa presencia imponente que tanto lo caracterizaba, obligando a Jae a mirar hacia arriba debido a la diferencia de estatura.
—Si vuelves a ganar, me tocará quedarme abajo otra vez, dejando que me mimes y hagas conmigo lo que quieras hasta que olvide todo el estrés de la escuela —respondió Jun con una voz tan baja y cargada de promesa que hizo que las piernas de Jae temblaran por un instante—. Pero si gano yo... prepárate, Jae. Porque voy a recuperar mi lugar y te voy a cobrar cada una de las milésimas que me debas en la cama. No te voy a dejar dormir en toda la noche.
Jae tragó saliva, sintiendo que el corazón le latía con fuerza en la garganta. La competencia por el primer lugar de la facultad nunca había sido tan peligrosamente adictiva.