Novela +18.
Vivir en un matrimonio político no es tan maravilloso cuando tu marido te desprecia. pero Rosaline tomará las riendas de su vida y al duque también. Porque ella es la duquesa.
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Capítulo 5 — El lugar que empiezo a ocupar
No dormí profundamente, mi mente volvía una y otra vez a ese momento, a su expresión contenida, a la tensión en la mesa, a la forma en que Erick había intervenido después, no para corregirme, sino para respaldarme con ese brindis que todavía sentía en el pecho; no supe en qué momento me quedé dormida, pero cuando abrí los ojos aún estaba oscuro.
No había ruido.
La casa entera parecía suspendida.
Me incorporé despacio, el frío de la habitación me hizo reaccionar con más claridad, miré hacia la puerta y recordé lo que había querido hacer antes de dormir, hablar con Erick, pedirle algo sencillo, algo que no implicara discusión, quería que me permitiera tomar control de ciertas áreas de la casa sin interferencias, no como un favor, sino como reconocimiento.
Me levanté sin llamar a nadie, me cubrí con una bata ligera y salí al corredor.
El silencio era distinto a esa hora, más íntimo, más real, sin el peso de las normas sociales; avancé hacia sus habitaciones, no sabía si estaría despierto, pero tampoco quería esperar a un momento donde todo se volviera formal otra vez.
Cuando estuve cerca de su puerta me detuve.
Había un sonido.
No eran palabras claras al principio, era algo más bajo, más contenido, como si alguien hablara consigo mismo, dudé un instante, pero entonces lo escuché.
Mi nombre.
Rosaline.
Dicho de una forma que nunca había escuchado.
No era frío, no era ese tono firme con el que me hablaba en público, había algo más en esa voz, algo que me hizo quedarme quieta sin saber si debía irme o quedarme, mi mano casi tocó la puerta, pero no lo hice.
El silencio duró un segundo, luego volvió el sonido, más bajo, más cercano, y otra vez mi nombre acompañando de un suspiro.
Sentí calor subir por mi cuello sin entender completamente por qué, di un paso atrás, pero mi curiosidad me sostuvo ahí, y sin pensar demasiado miré por la pequeña abertura entre la puerta y el marco.
Lo que vi me dejó inmóvil.
Erick estaba recostado en su sillón, sin chaqueta, con la camisa abierta mostrando su firme pecho y sus abdominales que esconde con su elegante ropa, el cabello suelto cayendo sobre sus hombros, su respiración no era regular, y aunque no había nadie más en la habitación, su atención estaba fija en algún punto que no podía ver, como si su mente estuviera en otro lugar.
En mí.
Bajé más la mirada y la aparté tan rápido como pude.
—Eso... Eso llega más arriba del abdomen~
Tembló mi débil voz. Luego lo entendí sin que tuviera que decirlo.
La forma en que pronunciaba mi nombre, la tensión en su cuerpo, la manera en que cerraba los ojos por un instante como si intentara contener algo mientras utilizaba sus manos que aún no le alcanzaba para cubrirlo todo.
Me hizo comprenderlo de golpe. Pensaba en mí de esa manera, como una mujer. No como un objeto, no como adorno, no como duquesa.
Sentí las mejillas arder. Demasiado.
Me aparté de inmediato, el corazón golpeándome con fuerza, y sin darme tiempo a pensar salí de allí caminando rápido, casi corriendo por el pasillo, como si alguien pudiera descubrirme, como si él pudiera abrir la puerta en ese mismo instante.
No me detuve hasta llegar a mi habitación.
Cerré la puerta con cuidado y apoyé la espalda contra ella, intentando recuperar el aliento, mis manos estaban tibias, mi rostro aún más, y lo único que podía escuchar en mi cabeza era su voz diciendo mi nombre de esa forma.
No sabía qué hacer con eso.
No sabía cómo sentirme. Aunque me sentía extraña.
Había pasado de ser una esposa que apenas toleraba a convertirse en alguien que ocupaba sus pensamientos en la intimidad de su soledad, y esa idea me desconcertaba más que cualquier discusión.
Me llevé una mano al rostro. Por un momento quería saber una cosa. La descarté por completo.
—Esto es absurdo…
Pero no lo era.
Porque lo había visto. Porque lo había escuchado. Y porque algo en mí había reaccionado.
Me alejé de la puerta y me senté en la cama, intentando ordenar mis sucios pensamientos, pero no había orden posible, solo una sensación nueva, incómoda, persistente, que no tenía nombre claro y que no se parecía al miedo que había sentido días atrás.
Era otra cosa.
Una horas más tarde, cuando el amanecer llega a mi ventana. Llamaron a mi puerta, ya había recuperado parte de mi compostura.
Era Dana.
—Su gracia, el desayuno estará listo pronto.
—Gracias, bajaré en unos minutos.
Mi voz sonó normal, y eso me tranquilizó más de lo que debería.
Me vestí con cuidado, eligiendo un vestido sobrio, sin exageraciones, no quería parecer alterada, no quería que nadie leyera en mi rostro lo que había ocurrido anoche, en la habitación del duque, ni siquiera yo terminaba de entenderlo.
Jamás borre ese cuerpo esculpido quizás por un ángel. Por más que quisiera, seguía pensando en él.
Cuando bajé, el ambiente era distinto.
Las miradas del servicio cambiaban rápido cuando me acercaba, algunos inclinaban más la cabeza que antes, otros parecían más atentos a mis palabras, no había sumisión completa, pero sí una grieta en la resistencia.
Gabriela estaba allí. De pie, como siempre, supervisando.
Cuando me vio, no habló de inmediato.
Eso ya era un cambio.
Me acerqué a la mesa y me senté sin esperar indicaciones, una criada se adelantó para servirme, y esta vez nadie la detuvo.
—Buen día, su gracia —dijo Gabriela finalmente.
Su tono seguía siendo firme, pero había algo contenido.
La miré con calma.
—Buen día.
No añadí nada más. El silencio se sostuvo unos segundos, luego hablé.
—Hoy quiero revisar las cuentas del ala oeste, y reorganizar el servicio de la tarde.
Gabriela asintió.
—Se preparará todo.
No hubo corrección. No hubo interrupción. Pero eso no significaba victoria.
Mientras desayunaba sentí una mirada sobre mí, levanté la vista.
Erick estaba en la entrada.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Nuestros ojos se encontraron, y algo pasó en ese instante, algo que no supe nombrar pero que reconocí de inmediato, él no apartó la mirada como solía hacer, la sostuvo, con una intensidad distinta, más intensa.
Sentí que el aire cambiaba.
Se acercó despacio, tomó asiento frente a mí y apoyó una mano sobre la mesa.
—Te levantaste temprano.
—Tenía cosas que hacer.
—¿Como cuáles?
Lo miré directo.
—Empezar a ocupar mi lugar.
Sus labios se movieron apenas.
—Ya empezaste anoche.
Bajé la mirada un segundo, no por debilidad, sino porque recordé todo, la cena, Gabriela, su intervención.
—No fue suficiente.
—Para ellos, lo fue.
—Para mí no.
Volví a mirarlo, y esta vez no hubo duda en mi voz.
Él inclinó ligeramente la cabeza, observándome como si evaluara algo nuevo.
—No esperaba menos.
—Deberías empezar a hacerlo.
Sus ojos brillaron apenas con algo cercano al interés.
—¿Por qué?
—No pienso quedarme en el lugar que otros decidieron para mí.
Hubo un silencio breve.
—Lo sé.
Esa respuesta me sorprendió.
—¿Lo sabes?
—Lo vi ayer.
Se recostó un poco en la silla, sin dejar de mirarme. Y continúo.
—Y que mi esposa no es tan predecible como parecía.
Sostuve su mirada.
—Nunca lo fui.
—Empiezo a darme cuenta.
Su voz era baja, y había algo en ella que no estaba antes, algo más cercano, más personal, y eso me hizo tensarme sin querer.
Desvié la atención.
—Entonces deja de permitir que me ignoren.
—No lo hago.
—Lo haces cuando no intervienes.
Apoyó los codos sobre la mesa.
—No intervine porque no lo necesitabas.
Esa respuesta me dejó en silencio.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero ver hasta dónde llegas sola.
Lo miré fijo.
—¿Eso te divierte?
—Me interesa.
Había verdad en su tono. Y algo más.
Algo que me hizo recordar a lo que ví en su habitación.
Me levanté de la mesa. Él no se movió. Pero sus ojos me siguieron.
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Una aclaración para los lectores. Está novela cursará la literatura +18 o en su defecto erótica. No será en todos sus capitulo pero si lo habrá. Si no le gusta este tipo de contenido, es libre de dejar la novela sin ofender. Gracias.