Luciana Moretti fue en su vida anterior una joven del siglo XXI: introvertida al principio, pero con un sentido del humor desbordante, una lengua afilada sin filtros y una fuerza interior que pocos imaginaban. Estaba estudiando historia de las civilizaciones antiguas, viviendo una vida tranquila pero llena de curiosidad, hasta que un accidente con un libro antiguo y un cristal en una biblioteca la llevó a morir… y despertar en el cuerpo de la tercera hija de la familia Moretti, una de las familias más ricas, influyentes y poderosas de Aethelgard.
Aquí, es conocida como la “don nadie”: sin grandes dones, ignorada por todos, considerada extraña y poco agraciada por sus padres y hermanas mayores. Sus padres, el señor y la señora Moretti, son inmensamente ricos, pero también vanidosos, ambiciosos y bastante ingenuos, obsesionados con mantener su estatus y aliarse con la realeza. Sus hermanas, Sofía y Valeria, son hermosas, elegantes… e hipócritas hasta el extremo: dulces en público.
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Secretos, magia y descubrimientos
Con el paso de los días, fui aprendiendo muchas cosas. Samuel me enseñó a sentir la magia que había en todo lo que nos rodeaba. Me explicó que, en este mundo, la magia antigua estaba en todas partes: en las plantas, en el agua, en el viento, en la tierra, en el fuego, y también dentro de las personas. Que algunos nacían con más capacidad para usarla, otros con menos, y otros parecían no tener nada… pero en realidad, todos tenían algo, aunque fuera muy pequeño.
—Y tú, Luciana —me dijo un día, muy serio—, tienes algo especial. Algo que no he visto en nadie en siglos. Ni siquiera en mí mismo.
Estábamos como siempre, yo sentada en el suelo frente al cristal, él mirándome con esa intensidad que me hacía sentir única. —¿Qué quieres decir? —pregunté, curiosa—. Yo no sé hacer nada mágico. Solo soy yo, la chica que habla mucho y dice lo que piensa.
Samuel sonrió, esa sonrisa que mezclaba locura y sabiduría. —Eso es lo que crees. Pero desde el primer momento en que te vi, sentí algo diferente. Tu energía… es pura. Es antigua. Es una magia que no viene de este mundo, que no pertenece a este tiempo. Brillas, pequeña. Brillas con una luz que calma, que sana, que une. Y esa magia es la que me mantiene cuerdo. La que hace que pueda tocarte a través del cristal. La que hace que las barreras se vuelvan débiles cuando estás cerca.
Me quedé pensando en sus palabras. Yo venía de otro mundo, de otro tiempo. Tenía sentido que mi energía fuera diferente. Y también me acordé de algo que me había dicho un anciano viajero poco después de llegar: que yo tenía una luz especial, que mi destino era salvar a alguien perdido.
—¿Y para qué sirve esa magia? —le pregunté—. ¿Puedo hacer cosas? ¿Puedo volar? ¿Puedo mover objetos?
Samuel se rió, negando con la cabeza. —No es ese tipo de magia, Luciana. La magia de crear o destruir, de mover cosas o cambiar formas, esa es la que tengo yo. La tuya es más grande, más importante. Tu magia es la que da sentido, la que equilibra, la que une. Tú puedes calmar una tormenta mágica con solo tu presencia. Puedes sanar heridas que ningún hechizo puede curar. Puedes despertar lo que está dormido. Y puedes salvar a alguien que está perdido en la oscuridad.
Me señaló a sí mismo con una sonrisa triste pero llena de amor. —Me salvaste a mí. Y ni siquiera sabías que lo estabas haciendo.
Me quedé en silencio, procesando todo eso. Yo, que en mi vida anterior no había sido nada especial, que había sido una chica normal, ahora tenía una magia antigua y poderosa, y era la salvación del hechicero más grande de la historia. Era increíble, divertido, y también un poco aterrador.
—Pues vale —dije al final, encogiéndome de hombros con mi estilo práctico—. Entonces seré la chica que equilibra y salva. No suena mal. Y es mucho más interesante que bordar o tocar el piano.
Samuel se rió, feliz de verme así, tan tranquila ante algo tan grande. —Eres maravillosa. Nadie más reaccionaría así. Todos se asustarían, o se creerían dioses, o se volverían locos. Tú solo lo aceptas y sigues con tu vida.
—Pues claro —le respondí—. De nada sirve asustarse. Lo que sea que tenga que hacer, lo haré. Y si tengo que salvarte, te salvaré. Pero te aviso: te quejarás de mis bromas incluso cuando estemos salvando el mundo.
Me contó también secretos sobre mi propia familia. Que los Moretti no siempre habían sido ricos y poderosos. Que siglos atrás, un antepasado suyo había encontrado el cristal, lo había guardado, y gracias a la energía mágica que emanaba, había conseguido riquezas y fortuna. Que por eso la familia siempre había sido tan próspera: porque el cristal, aunque estaba encerrado, daba fuerza y suerte a quienes lo cuidaban.
—Ellos no saben lo que tienen —dijo Samuel, con rabia en la voz—. Lo usan solo para ganar dinero y poder. No saben que dentro está el ser más poderoso que existe. No saben que juegan con fuego.
—Ya lo sé —le dije, pensando en mis padres y hermanas—. Son ricos, sí. Y tienen mucho poder. Pero no tienen ni idea de nada. Son ambiciosos, ingenuos, y bastante tontos. Sofía y Valeria solo quieren maridos ricos. Mis padres solo quieren ser más importantes que nadie. Y ninguno ve lo que hay delante de sus narices.
Samuel me miró con ternura. —Menos tú. Tú lo ves todo. Y por eso eres la única que puede cambiar las cosas.
Un día, mientras hablábamos, sentí algo extraño. Una energía oscura, fría, desagradable, que recorría todo el pasillo fuera de la sala secreta. Me puse de pie de golpe, alerta. —Samuel… hay algo ahí fuera. Algo que no me gusta nada.
Él también se puso serio, sus ojos grises se volvieron oscuros y peligrosos. —Lo siento también. Es magia oscura. Magia de los que quieren poder a cualquier precio, de los que sirven a la ambición. Alguien ha venido a buscar algo. O a buscarme a mí.
Me acerqué a la puerta y escuché voces. Eran mis padres, hablando con dos hombres que no conocía. Sus voces eran bajas, misteriosas. —Es un objeto antiguo, muy valioso —decía uno de los hombres, con una voz rasposa y fría—. Cuentan las leyendas que tiene poderes increíbles. Y estamos dispuestos a pagar lo que sea por él. Todo el oro que quieran, todas las tierras que pidan. Solo tienen que darnos el cristal.
—¿Y qué es exactamente lo que hace? —preguntó mi padre, con avidez en la voz—. ¿Es tan poderoso como dicen?
—Puede dar riqueza infinita, poder absoluto, larga vida… todo lo que un hombre puede desear —respondió el hombre—. Y sabemos que está aquí. Que lo han tenido guardado durante generaciones.
Mi madre habló entonces, con esa voz suya que siempre sonaba interesada en el dinero: —Es cierto. Lo encontró nuestra hija pequeña, Luciana. Siempre está metida en cosas viejas. Lo tiene en una sala secreta, siempre hablando con él como si fuera una persona. ¡Qué niña tan extraña!
Me quedé helada detrás de la puerta. Sabían del cristal. Querían llevárselo. Y estaban hablando de mí como si fuera una loca.
Corrí de vuelta hacia el cristal, con el corazón latiendo muy fuerte. —¡Samuel! ¡Quieren llevarte! ¡Unos hombres de magia oscura les han dicho a mis padres que te venden por oro y tierras!
Samuel tenía una expresión terrible, mezcla de rabia, locura y miedo. —No te sorprende, ¿verdad? Tu padre y tu madre… ambiciosos hasta el final. Venderían lo que fuera, a quien fuera, por un poco más de riqueza o poder. Incluso a mí. Incluso a ti.
Me agarré al borde de la mesa de piedra, con rabia y determinación. —¡Pues no lo van a hacer! —dije con fuerza, con mi carácter luchón saliendo a la luz—. No te van a llevar. No voy a dejar que nadie te quite de aquí. Ni mis padres, ni esos hombres, ni nadie. Eres mío. Y yo soy tuya. Y vamos a luchar contra todos ellos.
Samuel me miró, y la rabia en sus ojos se convirtió en amor, en devoción, en esa necesidad absoluta que tenía de mí. —Lo sé, pequeña. Lo sé que tú me protegerás. Porque tú eres la única que me quiere de verdad. La única que me ve como soy. Y si tú estás conmigo, no tengo miedo de nada. Ni de la magia oscura, ni de tu familia, ni del mundo entero.
Se acercó todo lo que pudo al límite del cristal, y su voz fue un susurro lleno de sentimiento: —Pero ten cuidado. Porque si ellos saben que tú eres la clave, que tú eres la que me mantiene vivo y cuerdo… harán cualquier cosa para usarte.
después de siglos de estar encerrado a que olera su boca... caray
estás en el pasado que ya es historia, con cosas históricas más viejas. que regalo del destino .
está Lucia como niña en dulcería
que sucedió?
murió a través del tiempo?
Gracias /Smile//Smile/