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El Legado De Las Sombras

El Legado De Las Sombras

Status: Terminada
Genre:Romance / Edad media / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:6.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Yamila22

La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.

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Capítulo 11: Lecciones de estrategia y miradas de hielo

La presencia de la enviada extranjera en la fortaleza de la familia Valerius se había convertido formalmente en una realidad ineludible. Instalada en el ala oeste, el sector reservado para los dignatarios de alto rango, la mujer se movía por el castillo con una sobriedad que descolocaba a la guardia. No traía consigo el séquito ruidoso de las damas de la capital, ni cofres repletos de sedas suntuosas. Su equipaje consistía en pesados baúles de cuero cargados de libros de historia, registros comerciales de la frontera y mapas topográficos desgastados por el uso.

Para Theo Valerius, aquello no era diplomacia; era una invasión silenciosa.

Con el orgullo militar profundamente herido tras el incidente en el patio de armas, donde ella había expuesto una falla en su guardia perimetral frente a sus propios hombres, el Comandante Supremo tomó una determinación drástica. No delegaría la custodia de la visitante en ningún sargento. Bajo la firme excusa de "supervisar personalmente la seguridad y vigilar de cerca a una potencial amenaza", Theo se impuso como el único oficial autorizado para asistir a cada una de sus sesiones de trabajo. Si aquella mujer pretendía revisar los documentos del tratado de paz en su territorio, tendría que hacerlo bajo el escrutinio de su mirada de hierro.

Lo que Theo no calculó fue que sus intentos de intimidación resultarían completamente inútiles.

Las reuniones se trasladaron a la biblioteca privada del castillo, un espacio inmenso de techos altos, vigas de roble ennegrecido y estanterías que albergaban siglos de historia militar. Durante días enteros, las horas se consumieron entre el tintineo de las plumas de ganso y el roce del pergamino sobre la gran mesa central. Theo se sentaba frente a ella con los brazos cruzados, la espalda rígida y el ceño fruncido, esperando el más mínimo titubeo, una contradicción o un gesto que delatara que era una espía común.

Pero lo único que encontró fue una mente fría, metódica y brillante que comenzó a fascinarlo a su pesar.

—La ruta del desfiladero este es inviable para el transporte de víveres en invierno, Comandante —declaró ella una tarde, sin levantar la vista de un mapa de relieve que detallaba las montañas colindantes—. El peso de los carromatos rompería la capa de hielo del río subterráneo. Si quiere mantener la línea de suministro activa, debe desviar el contingente tres leguas hacia el sur, utilizando el paso de las cabras.

—El paso de las cabras es demasiado estrecho para las unidades de caballería pesada —replicó Theo, con su voz grave resonando con dureza—. Un embudo perfecto para una emboscada. No arriesgaré a mis hombres en un terreno que no puedo defender.

—No tendrá que defenderlo si mueve a los ballesteros a las crestas superiores doce horas antes del paso del convoy —respondió ella con total parsimonia, tomando una pequeña pieza de madera negra y colocándola con precisión quirúrgica sobre el mapa—. La altura anula el rango de los arqueros enemigos y le otorga el control absoluto del valle. Es pura lógica de terreno, Valerius. A menos, claro, que sus soldados no sepan marchar sin el pavimento de la capital bajo las botas.

Theo apretó los dientes, conteniendo una respuesta violenta. Miró la pieza de madera y luego el rostro de la estratega. La luz de las velas resaltaba la línea limpia de su mandíbula y la fijeza de sus ojos, que lo miraban sin un solo rastro de sumisión. Ella no se achicaba ante sus bufidos ni se alteraba cuando él golpeaba la mesa para imponer su rango. Desmenuzaba la logística del Norte con una propiedad que avergonzaría a la mitad del consejo de guerra del Emperador. Poco a poco, la coraza de hielo que Theo había construido a su alrededor durante años empezó a mostrar fisuras. Aquella mujer no solo entendía su lenguaje de guerra, sino que lo hablaba con una elocuencia que le aceleraba el pulso de una forma que no lograba comprender.

El momento crítico llegó bien avanzada la semana, durante una noche en que una tormenta de nieve especialmente violenta azotó la fortaleza, haciendo crujir los ventanales arqueados de la biblioteca.

El gran salón estaba en penumbra, iluminado únicamente por el fuego moribundo de la chimenea y un par de candelabros de hierro que comenzaban a consumirse. Los sirvientes se habían retirado hacía horas, dejando a los dos estrategas a solas con el último plano de distribución de guarniciones.

Theo se puso de pie, exhalando un suspiro pesado para estirar los músculos de su espalda tras pasar seis horas inclinado sobre la mesa. Se acercó al gran ventanal, observando los copos de nieve que se estrellaban contra el vidrio, intentando ordenar sus pensamientos. Sentía una irritación extraña en el pecho, una incomodidad que no provenía de la fatiga militar, sino de la constante y perturbadora cercanía de la mujer.

Escuchó el suave roce de las telas detrás de él. La estratega se había levantado de su asiento y caminaba hacia la chimenea, pero se detuvo a mitad de camino, fijando sus ojos en la figura del Comandante.

—Está torcida —dijo ella en un murmullo pausado.

—¿Qué? —preguntó Theo, girándose a medias con el ceño fruncido.

Sin pedir permiso, y con esa naturalidad aristocrática que desafiaba cualquier protocolo de distancia, la mujer dio los tres pasos que los separaban. Theo, acostumbrado a que todo el mundo retrocediera ante su imponente porte de más de un metro noventa, se quedó inmóvil, paralizado por el atrevimiento.

Ella levantó ambas manos enguantadas y las apoyó con firmeza sobre los hombros del General. El sutil aroma a papel viejo y a una esencia floral silvestre que ella desprendía invadió los sentidos de Theo de golpe. Con movimientos lentos y calculados, la estratega tiró del pesado broche de plata de la capa militar de Theo, acomodando el denso pelaje blanco que se había deslizado de su sitio debido al movimiento constante.

—La capa —explicó ella, manteniendo los dedos fijos en el broche, obligándolo a sostenerle la mirada—. Un Comandante Supremo no debería presentarse ante sus mapas con el uniforme desordenado. Da una impresión de... distracción.

Debido a la diferencia de altura, ella tenía que inclinar el rostro hacia arriba, lo que redujo el espacio entre ambos a una distancia peligrosa. Sus rostros quedaron a escasos milímetros. Theo podía sentir el calor sutil de la respiración de la mujer chocando contra su barbilla, y por primera vez en su vida, el guerrero del Norte experimentó un destello de puro pánico. No era el miedo a la muerte o a la derrota; era el pánico absoluto de una tensión sexual contenida que se expandió por la penumbra de la biblioteca como el fuego en la pólvora.

La mandíbula de Theo se tensó tanto que un músculo de su cuello vibró con violencia. Sus manos, que colgaban a los lados de su cuerpo, se cerraron en puños, debatiéndose entre el impulso posesivo de tomarla por la cintura para acortar el espacio definitivo o apartarla para recuperar el control de su fortaleza mental. Sus ojos gélidos descendieron un segundo hacia los labios de ella antes de volver a clavarse en su mirada calculadora.

La estratega no retrocedió. Sostuvo la respiración, con los dedos todavía apoyados en la piel blanca de su capa, permitiendo que el silencio de la tormenta exterior acentuara los latidos acelerados que resonaban en el pecho del general. Sabía exactamente el efecto que estaba causando en el hombre de hierro, y disfrutaba de cada segundo de su desconcierto.

Theo Valerius, el Comandante que gobernaba el Norte con un puño implacable, se dio cuenta en ese preciso instante de que estaba completamente perdido. No sabía cómo manejar la presencia de esa mujer, no sabía cómo responder a su audacia, y lo peor de todo, era que no quería que ella soltara su capa jamás. El invierno en el Norte acababa de volverse insoportablemente cálido.

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Judy
Hermosa segunda parte!!!!
Judy
Me encantó la historia!!! Felicitaciones!! Pero me quedé con ganas de un poquito más, saber más del matrimonio y desendencia de las tres parejas. Espero con ansias la historia de los gemelos y que hables un poco más del resto de la familia. Un consulta Christopher el emperador solo un solo hijo, Alexander???
Sabri Nahir Zapata Zini
Excelente continuación!!
HILDA BENÍTEZ ALFONSO
Sin desperdicio simplemente sensacional
HILDA BENÍTEZ ALFONSO
Sensacional como siempre
Aura Prieto MPH
😈
Aura Prieto MPH
LOS GEMELOS SON TERRIBLES JAJAJAJAJAJA
Limaesfra🍾🥂🌟
fue una historia sensacional. Gracias y felicitaciones🌺💐
Limaesfra🍾🥂🌟
bien ahi, recuperando el reino
Limaesfra🍾🥂🌟
guauu emoción al tope
HILDA BENÍTEZ ALFONSO
Capítulos emocionantes
HILDA BENÍTEZ ALFONSO
Alexander tan posesivo como su padre
HILDA BENÍTEZ ALFONSO
Siii me encantaría leer la historia de los gemelos apostadores
Limaesfra🍾🥂🌟
se que es su hno pero creo que el ya exagera. Es un tonto re tonto
Limaesfra🍾🥂🌟
al fin no??😬🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
les falta un poco de humildad
Limaesfra🍾🥂🌟
es una fascinante historia
Limaesfra🍾🥂🌟
🤣🤣🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
uuuu Lucero sera emperatriz🤪🤪
Limaesfra🍾🥂🌟
🤣🤣🤣
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