Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 23
Capítulo 23: La invitada enemiga
Silver Crest la protegía como se protegía una bomba.
Kaia tenía una habitación amplia, comida caliente, vendas limpias y dos guardias fuera de la puerta. Nadie le ponía cadenas. Nadie la obligaba a beber estabilizadores con acónito. Nadie entraba con una orden de Alpha en la lengua.
Y aun así, era una jaula.
Una jaula bonita.
Una jaula donde la gente decía por favor.
Pero jaula.
Mateo lo sabía. Por eso dejaba la puerta abierta cada vez que entraba.
—Tu tía cree que voy a matar a todos mientras duermen —dijo Kaia, sentada junto a la ventana.
El hombro le dolía menos, lo cual le daba tiempo para odiar otras cosas.
Mateo dejó una pila de ropa doblada sobre una silla. Azul oscuro, gris, blanco. Telas suaves. Nada de uniformes. Nada de cuero negro de Sierra Oscura.
—Mi tía cree que todos vamos a matar a todos mientras dormimos. Es su forma de amar.
Kaia tocó una manga.
—No necesito regalos.
—No es regalo. Es logística. Tu ropa olía a río, sangre y tragedia.
—Qué poeta.
—Estoy sanando. Me salen cosas horribles.
La casi sonrisa quiso tocarle la boca.
Kaia la mató a tiempo.
El vínculo seguía raro desde el barranco. No estaba tranquilo. Tampoco era el mismo fuego violento de los primeros días. Ahora era una presencia constante bajo las costillas, una cuerda tibia que se tensaba cuando Mateo salía de la habitación y se calmaba cuando volvía.
Eso era peligroso.
No porque Velasco pudiera usarlo. También por eso. Pero más porque Kaia podía acostumbrarse.
Había sobrevivido años no acostumbrándose a nada bueno.
Silver Crest se empeñaba en ser bueno de formas incómodas.
En la cocina del ala familiar, una Omega llamada Marisol le dejó pan dulce sin mirarla directamente. En el pasillo, dos niños se detuvieron para verla y luego salieron corriendo cuando ella arqueó una ceja. En la enfermería, la healer le explicó cada medicina antes de tocarla.
Pequeñas libertades.
Demasiadas.
Kaia no sabía dónde ponerlas.
Las conversaciones del pack llegaban por las ventanas abiertas.
Que Mateo había cambiado. Que su wolf era fuerte pero inestable. Que Aurelio tenía razón en pedir pruebas. Que una alianza con Costa Norte arreglaría dudas. Que Silver Crest necesitaría una Luna sin olor a guerra.
Esa última frase llegó una tarde desde el jardín.
La mujer que la dijo olía a gardenia, azúcar y cálculo social.
—Una Enforcer de Sierra Oscura jamás podrá estar a su lado —decía—. Mateo necesita una esposa que una a la manada, no que la divida.
Kaia cerró la ventana.
No por dolor.
Eso se dijo.
Por estrategia.
También mentira.
Esa noche, Mateo llegó tarde. Olía a reuniones, paciencia rota y perfume ajeno. Su camisa tenía una arruga en el cuello, como si se la hubiera jalado demasiadas veces.
—Me ofrecieron tres alianzas matrimoniales, dos consejos no solicitados y una prima lejana con excelente educación —dijo.
Kaia estaba de pie junto a la mesa, doblando la ropa que él había traído.
—Deberías considerar alguna.
El aire cambió.
No de golpe. Peor. Se vació de calor.
—No digas eso.
Kaia siguió doblando.
—Soy un problema aquí.
—Eres mi vínculo.
La palabra quedó entre ellos.
No mate. No amor. No pareja.
Vínculo.
Hecho.
Kaia lo odiaba porque no podía negarlo sin que su cuerpo la llamara mentirosa.
—Precisamente —dijo.
Mateo avanzó un paso y se detuvo, como siempre, en la frontera invisible de su permiso.
—No voy a cambiarte por estabilidad política.
—No es cambiarme. Es sobrevivir.
—Sobreviví años arrodillado. No me pidas que llame vida a eso.
La frase le llegó al centro.
Kaia levantó la vista.
Había furia en él, sí. Pero debajo, algo más crudo. Había vuelto a casa y la casa ya estaba midiendo cuánto de él seguía siendo útil.
Eso lo entendía demasiado bien.
—Mateo...
Alguien tocó la puerta.
Amalia entró sin esperar permiso, porque las mujeres que mandaban casas y manadas no pedían permiso para interrumpir desastres anunciados.
Miró la ropa doblada, la distancia entre ambos, el scent tenso.
—El consejo familiar se reúne mañana —dijo—. Discutirán si usted puede quedarse.
Kaia enderezó la espalda.
—No soy su asunto.
—Mientras esté bajo nuestro techo y haya media costa pensando que puede provocar guerra, sí.
Mateo abrió la boca.
Amalia levantó un dedo.
—Y tú no empieces. Pareces listo para desafiar a tres tías, dos capitanes y una señora con presión alta. No es estrategia, es cansancio con dientes.
Mateo cerró la boca.
Kaia casi respetó eso.
Amalia se volvió hacia ella.
—Si decide quedarse, tendrá enemigos. Si decide irse, también. Al menos aquí podemos contar algunos.
Cuando la mujer salió, la habitación quedó llena de lo que no se dijo.
Mateo se quedó junto a la puerta, demasiado quieto.
—No dejes que te conviertan en cálculo —dijo.
Kaia dobló otra camisa.
—Ya lo soy.
—Para ellos quizá. Para mí no.
—Eso es peor.
Él no entendió al principio. Luego sí, y el scent se le llenó de dolor.
Kaia apretó la tela entre las manos.
—Si soy cálculo, puedo moverme. Si soy algo que te importa, cualquiera puede ponerme en tu garganta y apretar.
Mateo cruzó la habitación hasta quedar cerca, sin tocar.
—Ya estuviste ahí. En mi garganta. En mis costillas. En cada orden que me dieron para romperme. ¿De verdad crees que alejarte te saca de ese lugar?
El vínculo respondió por ella con un tirón caliente.
Kaia odiaba esa respuesta.
Porque era honesta.
Kaia tomó una decisión.
Las decisiones simples siempre dolían más.
Esperó hasta que la casa bajó el ruido. Esperó hasta que Mateo, agotado, se fue a una reunión tardía con Amalia. Dejó la ropa doblada en la silla. Tomó vendas, agua, un cuchillo sin plata y una chaqueta que no oliera demasiado a él.
No dejó nota.
Las notas eran para gente que esperaba ser perdonada.
Salió por la ventana, bajó por la pared exterior con el hombro ardiendo y cruzó el jardín usando sombras de bugambilias. Los guardias de Silver Crest eran buenos. Kaia había sido entrenada por monstruos mejores.
Al llegar al límite del estate, el vínculo tiró con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en un árbol.
No era una metáfora romántica. Era dolor físico: una garra cerrándose alrededor de las costillas, una corriente eléctrica desde el pecho hasta las manos, la piel buscando el calor de Mateo aunque ella le ordenara quedarse quieta.
En alguna parte de la casa, Mateo despertó.
Kaia lo sintió como un golpe.
*Mate*, susurró su wolf, furiosa y herida.
—No —dijo Kaia.
Corrió.
Detrás, las alarmas no sonaron.
Pero el vínculo sí.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás