Murió amando a quien nunca lo amó.
Noar Wil, el joven omega más brillante del Reino de Solaria, lo apostó todo por un amor que resultó ser una trampa cuidadosamente tejida por las manos del hombre al que idolatraba. Años de humillación, traición y dolor terminaron en el silencio de un cuarto vacío — su corazón demasiado roto para seguir latiendo.
Pero entonces algo imposible ocurre.
Noar despierta diez años atrás, con todos sus recuerdos intactos, en la noche en que su historia con Léo estaba a punto de comenzar. Esta vez, sin embargo, conoce el precio de ese amor.
Esta vez, elige diferente.
En lugar de seguir los pasos que lo llevaron a la destrucción, acepta el compromiso que siempre rechazó: casarse con Maximiliano Ferom, el temido Archiduque del Extremo Norte. Un hombre de hierro y silencio, cuyas feromonas huelen a nieve pura y cuyas palabras pesan como sentencias. Un hombre que, desde el primer momento en que sostiene a Noar en sus brazos, hace una promesa que no tiene intención de romper.
Estás a salvo. Y nadie te hará daño mientras estés conmigo.
Lo que Noar esperaba era solo un matrimonio de conveniencia — posición, protección, distancia del pasado. Lo que no esperaba era que ese hombre frío pudiera derretirse tan despacio, tan profundamente, tan irrevocablemente.
Y no esperaba que su propio corazón, tan convencido de que nunca más amería, fuera precisamente el primero en traicionarlo.
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La partida
El amanecer en Solaria llegó dorado, como siempre.
La luz del sol se extendía por los jardines del palacio, reflejándose en los mármoles claros y en las fuentes tranquilas. Era una mañana demasiado hermosa para una despedida — y quizás por eso dolía tanto.
Noar estaba frente a la ventana de su cuarto, ya vestido para el viaje.
Las ropas del Extremo Norte habían reemplazado las vestiduras ligeras de Solaria: telas más gruesas, tonos claros mezclados con detalles plateados. El manto descansaba sobre sus hombros, todavía abierto, como si el propio Noar dudara en partir.
Sus ojos recorrieron el horizonte por última vez.
Solaria era el lugar donde había nacido. Donde fue amado. Donde también sufrió más de lo que cualquiera debería sufrir. Aun así, dejarla atrás le apretaba el pecho.
Un toque suave a la puerta anunció la presencia de su familia.
Su padre omega entró primero, seguido por su padre alfa y por Nero. Ninguno habló de inmediato. Solo miraron a Noar, como si quisieran grabar esa imagen en la memoria.
— Todo está listo — dijo el padre alfa, con la voz demasiado firme para ocultar la emoción.
Noar asintió.
— Lo sé.
El silencio volvió a instalarse, pesado de cosas no dichas.
Su padre omega fue el primero en acercarse. Acomodó el collar protector en el cuello de Noar, los dedos temblando levemente.
— En el Extremo Norte… — comenzó, pero la voz le falló. Respiró hondo. — Si sientes frío, ponte capas extras. Si te enfermas, manda noticias. Si sientes nostalgia…
No pudo terminar.
Noar lo abrazó con fuerza.
— Voy a estar bien, papá. De verdad.
En la vida pasada, se había quedado en Solaria, atrapado en la ilusión y la esperanza de un amor roto y fallido. Había sufrido en silencio, esperando algo que nunca llegaría.
En esta vida, partía sin mirar atrás.
Dejaba allí todo el dolor de un amor tonto, perteneciente al pasado.
El padre alfa posó la mano sobre la cabeza de Noar, en un gesto raro y protector.
— Eres fuerte — dijo. — Siempre lo fuiste. Pero ahora… estás protegido.
Nero se acercó el último.
Sus ojos estaban rojos, contenidos a la fuerza.
— Si se atreve a levantarte la voz… — empezó Nero.
— Nero — Noar rio en voz baja, enjugándose las lágrimas.
— Lo digo en serio — insistió. — Atravieso reinos, si hace falta.
Noar lo abrazó, sintiendo el calor familiar que siempre lo había sostenido.
— Gracias por salvarme siempre — murmuró.
Afuera, pasos firmes resonaron por el pasillo.
Maximiliano aguardaba en el patio principal.
Vestía de negro y plata, el manto pesado ondeando con el viento de la mañana. Sus guardias ya estaban posicionados, y el carruaje del Extremo Norte esperaba, imponente, tirado por caballos de pelaje oscuro.
Cuando Noar apareció, Max se giró de inmediato hacia él.
Sus ojos oscuros se suavizaron.
Se acercó sin prisa, deteniéndose a pocos pasos.
— ¿Estás listo? — preguntó, con la voz grave, pero cuidadosa.
Noar respiró hondo.
Miró por última vez a su familia… al palacio… a Solaria.
— Sí.
Max extendió la mano.
Noar la tomó.
El toque era firme, cálido, real.
Mientras caminaban hacia el carruaje, los murmullos se extendieron. Los nobles observaban desde lejos — algunos curiosos, otros resentidos. Ninguno se atrevió a acercarse.
Al subir, Noar dudó un segundo.
Se giró.
Sus padres, Nero y los sirvientes más cercanos estaban allí, saludando con la mano, conteniendo las emociones como podían.
— Voy a volver a visitarlos — dijo Noar, con la voz entrecortada.
— Estaremos esperando — respondió su padre omega, sonriendo entre lágrimas.
La puerta del carruaje se cerró.
El sonido seco resonó como un punto final.
Cuando los caballos comenzaron a moverse, Solaria quedó atrás — primero los portones, luego las torres doradas, y por fin solo el brillo distante del reino solar.
Noar sintió que el apretón en el pecho se escapaba en lágrimas silenciosas.
Max lo notó.
Sin decir nada, lo atrajo suavemente hacia sí, envolviéndolo con el manto oscuro, creando una barrera contra el frío — y contra el mundo.
— Esto no es un adiós — dijo en voz baja. — Podrás visitarlos.
Noar cerró los ojos.
El olor a nieve, viento y algo firme y constante lo envolvió.
El olor de las feromonas de Max — el alfa que ahora estaba a su lado.
— Lo sé — respondió. — Gracias…
El carruaje siguió rumbo al Extremo Norte.
Y, por primera vez en dos vidas, Noar no sentía que estaba huyendo.
Sentía que iba a casa.
Pensó en sí mismo, en su familia que se quedaba en Solaria, en los hijos que nunca habían nacido. Esa era su oportunidad de cambiar.
El viaje al Extremo Norte sería largo y agotador: tres días y tres noches. Fuera de Solaria, el clima se volvía frío y nublado, pero los paisajes a lo largo del camino eran para quitarle el aliento.
Dentro del carruaje, Noar permanecía envuelto en el manto negro de Max, mientras el archiduque estaba afuera, inspeccionando a los soldados antes de la primera parada para pasar la noche.