¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.
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Capitulo 11.2
Me levanté sin pensarlo. Solo fui consciente de que lo había hecho cuando él levantó la vista.
Él levantó la vista.
Dos segundos. Quizás menos.
Luego guardó el teléfono en el bolsillo con un movimiento que no tenía nada de apresurado, y entró en la cafetería.
La cafetería estaba inusualmente tranquila, con ese aroma a café recién molido y papel viejo que tanto me gustaba. Había elegido una mesa al fondo.
Cuando Lorenzo cruzó el umbral, la atmósfera pareció cambiar. No vestía el esmoquin impecable de la gala, ni llevaba esa máscara que ocultaba gran parte de su expresión. Lucía una camisa gris remangada y unos pantalones oscuros. Se veía… normal. Demasiado normal para el hombre que había irrumpido en mi vida como un huracán.
Se detuvo al verme, y por un instante, vi una vacilación genuina en sus ojos. Él tampoco sabía bien cómo empezar esto.
—Leyla.
—Lorenzo —dije.
Hubo un silencio de tres segundos que ninguno de los dos llenó. Era el tipo de silencio que se forma cuando dos personas tienen una historia en común que no es suficientemente larga para dar por hecho la conversación pero sí suficientemente intensa para que el silencio pese.
—¿Ibas a algún sitio? —dijo.
—A ninguno concreto.
Él miró la bolsa de la librería que yo tenía en la mano, que en realidad contenía un cuaderno de bocetos que había comprado hacía veinte minutos, y luego volvió la vista a mi cara con esa expresión suya que no era exactamente legible pero tampoco era completamente opaca.
—¿Puedo sentarme? —dijo—. El café de aquí es bastante bueno.
No fue una pregunta elaboradal. Fue solo una frase que ponía una opción sobre la mesa y esperaba, con una calma que no parecía fingida, a ver qué hacía yo con ella.
—Está bien —dije.
La cafetería era pequeña, con las paredes del color de la mostaza vieja y una barra de madera oscura que. Nos sentamos.
El camarero vino. Pedimos. Y entonces estuvimos frente a frente, sin la oscuridad del pasillo, sin el ruido de la orquesta al fondo, sin Santaella como razón de estar en el mismo sitio, y yo entendí de golpe que no sabía muy bien cómo hacer esto.
—¿Estudias cerca? —dijo Lorenzo.
— Si, Diseño gráfico y modas. —Señalé vagamente en la dirección de la facultad—. A unos minutos.
Él asintió. No con el asentimiento de quien está siendo educado sino con el de quien está procesando.
—¿Y tú, Qué hacías por aquí? —dije, porque el silencio volvía a crecer y esta vez no quería dejarlo crecer.
— Negocios —dijo. Y luego, después de un segundo: —Entre otras cosas.
Era una respuesta que no cerraba nada. Lo supe, y también supe que él lo sabía, y que lo había dicho de todas formas con esa naturalidad particular de quien está acostumbrado a dar respuestas que son técnicamente verdad sin ser completas. Debería haberme molestado más de lo que me molestó.
—¿Eres de aquí? —pregunté.
—No.
—¿De dónde?
Una pausa.
—De varios sitios —dijo.
Algo en esa respuesta me sonó conocida. No por lo que decía sino por cómo lo decía: con la misma cadencia que Logan cuando Allen le preguntaba cosas que él respondía sin responder del todo.
— Bueno, reformuló mi pregunta, ¿Dónde naciste?
Una pausa, Parecía estar diciendo si contarme o no.
—Italia — dijo al final.
—¿Cuál es el libro? —dije, mirando la bolsa que él había dejado sobre la silla libre.
Vaciló un segundo. Luego la abrió y sacó el libro, un título que no reconocí, con la cubierta de ese tipo de ediciones que no anuncia lo que contiene sino que deja que el lector llegue solo a la conclusión.
Lo giró hacia mí sobre la mesa.
Lo miré. Leí el título. Levanté la vista.
—No te esperaba lector —dije.
—¿Qué esperabas?
Era una pregunta directa. Del tipo que uno hace cuando quiere saber la respuesta real y no la educada. Me tomó un segundo, no porque no tuviera una respuesta sino porque la que tenía era más honesta de lo que había planeado ser.
—No lo sé todavía —dije.
—Suele pasar.
Lorenzo me miró durante un momento que fue ligeramente más largo que los anteriores. No con intensidad calculada ni con el tipo de mirada que uno usa cuando quiere que la otra persona sepa que la está mirando. Era más parecido a lo que Beto me había enseñado esa semana: dejar que el entorno te lo cuente, sin forzar la vista.
Luego recogió el libro.
—Interesante, eso es honesto —dijo.
Estuvimos en esa cafetería una hora y veinte minutos. No hablamos de la gala. No hablamos de Santaella. Hablamos de la ciudad, de un edificio que él había visto esa semana y que tenía una fachada que no correspondía al resto de la calle, de si el diseño de los espacios públicos decía algo sobre quien los diseña o sobre quien los habita. Él sabía más de arquitectura de lo que esperaba. Yo hablé más de lo que había planeado hablar.
Lorenzo dejó caer la cucharilla.
Me reí.
En algún momento, sin que ninguno de los dos lo señalara, la conversación dejó de ser lo que hacen dos personas que no se conocen y se convirtió en lo que hacen dos personas que están empezando a hacerlo.
Cuando me levanté para irme porque Beto iba a llegar a la facultad en quince minutos y no quería tener que explicar por qué estaba tres calles más lejos de donde debería, Lorenzo también se levantó. Salimos juntos a la calle. El sol de la tarde caía de lado, ese ángulo de luz que hace que las cosas proyecten sombras más largas de lo que son.
—¿Pasas por aquí seguido? —dijo.
—A veces.
Él asintió. Tenía las manos en los bolsillos y la misma quietud de siempre, esa contención suya que había aprendido a reconocer sin saber todavía qué significaba exactamente.
—Yo también —dijo.
No fue una propuesta. No fue una promesa. Fue solo una frase que dejaba algo abierto sin nombrarlo, que era, comprendí mientras caminaba hacia la facultad con la bolsa de la papelería bajo el brazo y algo que no supe clasificar moviéndose en el pecho, exactamente la clase de cosa que él sabía cómo hacer.
Yo aun no sabía si me molestaba o no. Lo conocía desde hacía poco más de una hora.
Decidí que eso también podía guardarlo por ahora.
Lo peor no era que Lorenzo siguiera siendo un misterio.
Lo peor era que empezaba a querer descubrirlo.