🚩⚠️🔞Azael, CEO de una firma exclusiva. Creció bajo el yugo de padres controladores que trataban su vida como un negocio; por eso, él ahora controla todo a su alrededor para nunca volver a ser vulnerable. No tolera que nada que considere "suyo" escape de sus manos.
Bastian, un pasante de último año en la empresa. Trabaja bajo una presión brutal porque necesita el dinero y los contactos para costear el costoso tratamiento médico de su madre.
NO APTO PARA PERSONA SENSIBLES Y NO TIENE UN FINAL COLOR DE ROSAS. Están advertidos.🔞⚠️🚩
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A. B.
La mañana del viernes comenzó con el eco sutil de la vajilla de porcelana sobre la barra de mármol del ático. Bastian Murphy se sentó a la mesa a las cinco y media en punto, vistiendo el traje formal que Josh había dejado listo en su armario. Su cuerpo aún arrastraba el cansancio de la noche anterior en el gimnasio; la estimulación de su intimidad y el descubrimiento de su tatuaje de espinas lo habían dejado mentalmente agotado, con los sentidos a flor de piel.
Azael Brinkman entró al comedor con paso firme. Llevaba una camisa negra de seda que acentuaba su aura dominante. Antes de sentarse a desayunar, Azael extrajo del bolsillo de su pantalón una pequeña caja de terciopelo azul marino y la deslizó sobre la superficie de mármol hasta detenerla frente al plato de Bastian.
—Ábrela, Bastian —ordenó el director ejecutivo con un tono de voz inamovible.
Bastian obedeció con dedos temblorosos. Al levantar la tapa de terciopelo, vio una fina pero pesada cadena de oro pulido. En el centro del collar colgaba una pequeña placa rectangular del mismo metal, grabada con unas iniciales diminutas y elegantes: A.B.
—Es una cadena de uso obligatorio a partir de esta mañana —sentenció Azael, levantándose de su asiento para colocarse detrás del joven Murphy. Tomó la joya entre sus dedos y la pasó alrededor del cuello de Bastian, asegurando el broche con una lentitud asfixiante —. Esta placa descansará justo sobre tu pecho, debajo de la corbata y la camisa de la oficina. Cada vez que respires, cada vez que sientas el metal frío contra tu piel, recordarás a quién le perteneces legal, física y mentalmente. Es el símbolo de tu sumisión perfecta.
Bastian pasó saliva con dificultad, sintiendo el contacto helado del oro sobre su garganta. No protestó. Sabía que su voluntad ya no tenía validez. Se acomodó el cuello de la camisa blanca, ocultando el collar de la vista del mundo, y continuó comiendo bajo la atenta y satisfecha mirada felina de su jefe.
A las nueve de la mañana, ambos llegaron al edificio corporativo de la firma. Hacía bastantes días que Bastian no ponía un pie fuera del despacho privado del piso veintiocho debido al estricto régimen de aislamiento. Al caminar por el pasillo central hacia la sala de conferencias principal, varios empleados de nivel medio y algunos de los antiguos compañeros pasantes de Bastian se detuvieron en seco al verlo pasar.
Las expresiones de sorpresa en los rostros de los demás eran evidentes. Bastian se veía notablemente cambiado. Aunque había recuperado peso gracias a la dieta estricta de Azael y su porte era más erguido debido al entrenamiento físico, sus ojos ya no tenían esa chispa de rebeldía y alegría universitaria. Su mirada era baja, sumisa y completamente enfocada en los pasos del director ejecutivo Brinkman. Parecía un espectador silencioso de su propia vida, caminando al lado de un depredador que lo custodiaba con una posesividad asfixiante.
Entraron a la gran sala de juntas. Una enorme mesa de cristal templado estaba rodeada por los diez directores principales de los departamentos financieros de la firma. Josh se colocó de pie junto a la puerta principal, vigilando el perímetro con su habitual seriedad.
Azael se sentó en la cabecera de la mesa, indicándole a Bastian con un leve movimiento de ojos que se colocara de pie justo a su lado derecho, sosteniendo la tableta electrónica con los gráficos del balance trimestral.
La junta comenzó y la atmósfera se volvió densa. Los ejecutivos presentaban informes de pérdidas y ganancias, mientras Azael evaluaba cada número con una frialdad matemática que ponía nerviosos a todos los presentes. Bastian intentaba mantener la concentración, pasando las diapositivas en la pantalla gigante cada vez que el director se lo indicaba. Sin embargo, el cansancio acumulado, las noches sin dormir por el entrenamiento psicológico y el peso emocional de saber que su pasado universitario había sido destruido empezaron a pasarle factura.
Una intensa oleada de calor subió por el pecho de Bastian, subiendo por su cuello hasta las mejillas. Sentía el collar de oro quemándole la piel bajo la corbata. La vista se le nubló por un segundo, viendo las luces del techo dar vueltas de manera caótica. Sus manos comenzaron a temblar de forma incontrolable, haciendo que la tableta electrónica resbalara de sus dedos.
El dispositivo de cristal chocó contra la alfombra de la sala con un golpe sordo.
—Disculpe… señor Brinkman —alcanzó a susurrar Bastian con la voz rota, intentando agacharse para recoger el aparato.
Pero sus piernas no respondieron. Un mareo repentino y severo le borró la conciencia por completo. El cuerpo de Bastian Murphy se desplomó hacia un lado, colapsando en pleno suelo de la sala de juntas, frente a las miradas atónitas de todos los altos ejecutivos de la empresa.
—¡Muchacho! ¿Qué le pasa? —exclamó el director del departamento de marketing, levantándose de su silla con la intención de acercarse a Bastian para ayudarlo y tomarlo de los hombros.
Ese movimiento de un tercero detonó los celos territoriales y la furia posesiva de Azael Brinkman de inmediato.
—¡No lo toque! ¡Nadie se mueva de sus asientos! —rugió Azael. Su voz no fue un susurro esta vez; fue un mandato brutal y gélido que retumbó en las paredes de cristal de la sala, paralizando al ejecutivo a mitad de camino.
La junta directiva se quedó en un silencio mortal, aterrorizada por la violenta e inesperada reacción del director ejecutivo. Jamás habían visto a Azael perder la compostura de esa manera por un simple asistente o pasante.
Azael se levantó de su silla de cuero negro con una rapidez. Ignorando las miradas de los diez hombres más poderosos de la firma, se arrodilló al lado del cuerpo inconsciente de Bastian. Con un movimiento físicamente dominante y protector, pasó sus brazos por debajo de la espalda y las rodillas del joven Murphy, levantándolo del suelo como si no pesara nada, aprisionándolo fuertemente contra su propio pecho.
Al acomodar el cuerpo de Bastian, la tela de la camisa del joven se estiró, dejando al descubierto por un microsegundo el destello de la fina cadena de oro y la placa con las iniciales A.B. que colgaba de su cuello. Azael acomodó la prenda rápidamente con sus dedos, asegurándose de que el secreto de su propiedad permaneciera oculto.
—Josh, da por terminada la junta de este día —ordenó Azael, mirando a su hombre de confianza con unos ojos que desbordaban una obsesión peligrosa—. Cancela todas mis reuniones de la tarde. No recibiré llamadas de ningún departamento.
—Entendido, señor Brinkman —respondió Josh, abriendo la puerta principal de inmediato para dejar pasar a su jefe.
Azael caminó por el pasillo central del edificio corporativo cargando a Bastian en sus brazos, sin importarle las miradas de asombro y los murmullos de los empleados que se agolpaban en los cubículos al ver la escena. El director ejecutivo avanzaba con pasos largos y decididos, emanando una energía tan imponente que nadie se atrevió a cruzarse en su camino.
Subieron al ascensor privado de la dirección. Una vez dentro, con las puertas cerradas y el sistema en movimiento directo hacia el sótano, Azael bajó la mirada hacia el rostro pálido de Bastian. El joven Murphy continuaba inconsciente, con la respiración entrecortada y la cabeza apoyada con debilidad sobre el hombro firme de su captor.
Azael presionó su rostro contra el cabello alborotado de Bastian, respirando su aroma mezclado con el sudor frío del colapso. Sus dedos se cerraron sobre la tela del traje de Bastian con una fuerza posesiva que rayaba en la locura.
—Te exigí demasiado rápido, mi pequeño Bastian… —susurró Azael en la penumbra del ascensor, con una voz ronca cargada de un deseo oscuro—. Tu cuerpo se está debilitando por intentar pelear contra las cadenas. Pero no te preocupes. Vamos a regresar al ático ahora mismo. Josh traerá a los mejores médicos privados de la firma para que te revisen en mi propia cama. No permitiré que nadie más te mire, ni que nadie intente tocarte en esa oficina. Eres mi propiedad absoluta, pequeño, y voy a asegurarme de que lo entiendas de una vez por todas.
El ascensor llegó al estacionamiento subterráneo con un timbre electrónico sutil. Azael Brinkman salió al sótano frío cargando su valiosa posesión, dispuesto a encerrarlo tras las paredes de oro de su apartamento de lujo. La sumisión legal y el castigo físico del gimnasio habían sido solo el inicio; el colapso de Bastian en la junta había demostrado que el encierro del ático podría convertirse a partir de esa tarde en su único y eterno universo.