Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 23
Capítulo 23
El santo y la sombra
Esa noche, Renata llamó a Lucía desde el baño del departamento con la regadera abierta, por si acaso.
—Cuéntame —dijo.
La voz de Lucía llegaba baja y rápida, como alguien que habla con la mano sobre la boca:
—Vi algo. Santos abrió la puerta del sótano.
—¿Entró?
—No. La abrió unos segundos, miró adentro, y la cerró. No sacó nada. No metió nada. Solo miró, como verificando que algo siguiera ahí. O que algo no estuviera.
—¿Alguien más lo vio?
—Nadie. Fue durante el cambio de turno, a las dos de la mañana. Yo estaba limpiando la barra y lo vi por el reflejo del espejo detrás de las botellas.
Renata se sentó en el borde de la tina. El vapor de la regadera le empañaba los anteojos.
—¿Crees que trabaja para alguien más?
—No lo sé. Pero los otros guardias no se acercan a esa puerta. Ni siquiera la miran. Santos sí. Y lo hace cuando cree que nadie lo ve.
Renata colgó y se quedó sentada en el baño hasta que el agua caliente se acabó. Después sacó el cuaderno y repasó todo lo que sabía sobre Santos Aguirre.
Cap 16: en la reunión de negocios, Santos había mostrado un cambio de expresión —mínimo, casi imperceptible— cuando Dante mencionó las cuentas internacionales.
Cap 19: Santos le dio una servilleta a Lucía cuando derramó el whisky. "Tranquila, niña. A todos nos pasa." Un gesto humano en un mundo donde la humanidad era un lujo que nadie se podía permitir.
Y ahora esto: abriendo la puerta del sótano del Club a las dos de la mañana para verificar algo.
Santos no era como los demás. Eso ya lo sabía. La pregunta era: ¿qué era?
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Al día siguiente, Renata fue a Grupo Montero para otra sesión de traducción. Un inversor chileno quería renegociar los términos de un contrato de exportación de textiles. La reunión duró dos horas y Renata salió con dolor de cabeza, los oídos llenos de cifras y la garganta seca de tanto hablar.
Caminaba por el pasillo del piso doce hacia los elevadores cuando se encontró a Santos. Estaba de pie junto a la puerta de la sala de juntas vacía, con las manos detrás de la espalda y la postura recta de un soldado en descanso.
—Buenas tardes, Señorita Solís —dijo.
—Buenas tardes, Santos. —Renata se detuvo. El pasillo estaba vacío; la mayoría de los empleados ya se habían ido—. ¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí?
—Cinco años, Señorita. Desde antes de que el Jefe volviera de España.
"Antes de que el Jefe volviera de España." Renata archivó la frase. Eso significaba que Santos estaba en el sistema Montero desde antes de que Dante asumiera el control. Había trabajado para Don Aurelio primero. O para quien fuera que manejaba la seguridad en esa época.
—¿Y te gusta?
Santos la miró con una expresión que Renata no pudo descifrar del todo: no era incomodidad ni sospecha, sino algo parecido a la sorpresa de alguien a quien hace mucho que nadie le pregunta cómo se siente.
—Es un trabajo, Señorita. Uno hace lo que puede con lo que tiene.
La respuesta era genérica. Pero el tono no lo era. Había algo debajo de esas palabras, una capa que Renata reconocía porque ella misma la usaba todos los días: la capa de alguien que dice una cosa y piensa otra.
—Buenas noches, Santos.
—Buenas noches. Y tenga cuidado en el estacionamiento. A esta hora ya no hay mucha gente.
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El estacionamiento subterráneo de Torre Montero era un rectángulo de concreto con luz fluorescente y olor a gasolina. Renata caminó hacia la zona de elevadores, con los tacones resonando en el piso como un metrónomo. El lugar estaba casi vacío: tres camionetas, un sedán negro, y el eco de sus propios pasos.
Entonces oyó una voz detrás de ella.
—Ey, bonita. ¿Ya te vas?
Se giró. Un hombre de traje gris, corbata aflojada, cara enrojecida. Lo había visto en la reunión: uno de los asesores del inversor chileno. Olía a whisky y a tabaco. Caminaba con ese balanceo impreciso de quien ha tomado más de lo que debería.
—Buenas noches —dijo Renata, y siguió caminando.
—No te vayas, guapa. Todavía es temprano. —El hombre aceleró el paso. Se puso a su lado—. ¿Eres la traductora, verdad? Hablas muy bonito. Me gustaría oírte hablar así de cerca. —Le puso una mano en el brazo.
Renata se detuvo. Le miró la mano. Estaba a punto de quitársela ella misma —no necesitaba que nadie la rescatara; había crecido tomando camiones nocturnos en una ciudad donde las mujeres aprenden a defenderse antes que a maquillarse— cuando una sombra apareció entre ella y el borracho.
Santos.
No se había escuchado ni un paso. Simplemente estaba ahí, como si el concreto lo hubiera generado. Se colocó entre Renata y el hombre con un movimiento lateral, sin brusquedad, sin levantar las manos. Solo su cuerpo —ancho, quieto, inmóvil como una pared— bloqueando el camino.
Le dijo algo al borracho. Renata no alcanzó a escuchar las palabras —Santos habló tan bajo que parecía un susurro—, pero vio el efecto: el hombre palideció, retiró la mano, murmuró algo que sonaba a disculpa, y se alejó hacia su coche con pasos que de pronto eran mucho más firmes.
Santos se giró hacia Renata.
—Cuidado en el estacionamiento, Señorita. No todos aquí son caballeros.
Y se fue. Caminó hacia la puerta de servicio y desapareció como había llegado: sin ruido, sin expectativa de agradecimiento, sin nada que lo delatara como algo más que un guardia cumpliendo su función.
Pero no estaba cumpliendo su función. Su función era proteger a Dante, no a ella. Joaquín no estaba cerca. Dante no estaba en el edificio. Nadie le había ordenado vigilar el estacionamiento. Santos había actuado por cuenta propia, basándose en su propio juicio, y eso —en el mundo de los Montero, donde nadie hacía nada sin permiso— era tan raro como un eclipse.
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En su departamento, Renata abrió el cuaderno y escribió el nombre de Santos en el centro de una página en blanco. Alrededor dibujó todo lo que sabía: "5 años en el sistema", "expresión anómala en reunión de negocios", "amable con empleados", "abrió puerta del sótano a las 2am", "protegió a Renata sin orden".
Debajo escribió: "¿Quién eres?"
Cerró el cuaderno. Apagó la lámpara. En la oscuridad, empezó a escuchar sonidos del piso de arriba. Pero esta noche no era guitarra.
Eran voces. Dos voces. Altas, tensas, superpuestas como olas chocando. La del Penthouse de Dante. Una de las voces era la de Dante —Renata ya conocía su registro, ese barítono controlado que rara vez subía de volumen—. La otra era más aguda, más agresiva, y la reconoció después de un momento: Marcos.
Las palabras llegaban amortiguadas por los doce pisos de concreto, filtradas por los ductos de ventilación, convertidas en fragmentos rotos como cristal pisado. Pero Renata alcanzó a captar dos frases:
"...el viejo quiere que yo..."
"...tú no eres ni siquiera..."
Y después silencio. Un portazo. Pasos pesados que se alejaban.
Renata se sentó en la cama, con el corazón golpeándole las costillas. "Tú no eres ni siquiera..." ¿Ni siquiera qué? ¿Ni siquiera un Montero real? ¿Ni siquiera el heredero legítimo? ¿Ni siquiera Dante?
Marcos lo sabía. O al menos sospechaba. Y acababa de decírselo a la cara.
Renata tomó el cuaderno, lo abrió de nuevo, y debajo del nombre de Santos escribió otro nombre: "Marcos." Y al lado, entre comillas, las palabras que habían caído desde el piso treinta como una bomba envuelta en algodón:
"Tú no eres ni siquiera..."