Emma Spencer descubrió que el hombre al que amaba y con el que mantuvo una relación secreta durante meses la iba a traicionar casándose con otra mujer. Embarazada, herida y sedienta de venganza, decide dar el golpe definitivo: casarse en secreto con el enigmático y poderoso tío de su ex. Lo que comenzó como una alianza impulsiva y fría para destruirlos a todos se convierte en un peligroso juego de secretos, poder y una pasión incontrolable que pondrá en riesgo mucho más que sus propias vidas.
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capitulo 23
Arthur no se limitó a saludarme con un gesto profesional. Me tomó de la cintura con su mano grande y pesada, atrayéndome hacia su torso con una firmeza que me cortó el aliento. Se inclinó y buscó mis labios en un beso profundo, lento y cargado de una posesión inmediata que envió una descarga de calor directo a mi vientre.
Gimí suavemente contra su boca, no por obligación, sino porque la química entre nosotros continuaba siendo un fenómeno brutal e incontrolable. Su aliento a café solo y tabaco dulce envolvió mis sentidos. Su mano libre subió por mi espalda hasta afianzarse en mi nuca, profundizando el contacto hasta que mi respiración se volvió agitada.
—Has dormido más de lo habitual esta mañana —murmuró Arthur contra mi cuello, rozando con sus labios el punto donde mi pulso latía desbocado—. Te noté inquieta en la madrugada.
Un estremecimiento involuntario me recorrió la piel. Me obligué a mantener la calma, apoyando las palmas de las manos sobre la solapa de su chaqueta.
—La digestión del espectáculo de anoche con tu familia —mentí con una soltura escalofriante—. La cena con Beatriz me dejó una sensación extraña. Esa mujer no va a parar hasta encontrar una grieta en nuestra historia.
Arthur se separó lo justo para mirarme a los ojos, con las facciones marcadas por una severidad plomiza.
—Beatriz es una amenaza controlada, Emma. Sus abogados han intentado presentar esta mañana un recurso ante el tribunal de fideicomisos para impugnar tu nombramiento como Vicepresidenta Ejecutiva, alegando conflicto de intereses por tu relación previa con Julián.
—¿Y qué ocurrió?
—El juez rechazó la petición antes de las ocho —sonrió Arthur, una sonrisa fría y afilada que mostraba la certeza de su poder—. Tengo al tribunal de Delaware en mi bolsillo desde hace quince años. Nadie va a tocar tu puesto en la firma.
Arthur tiró con delicadeza de la silla de la cabecera para que me sentara. Al mismo tiempo, uno de los camareros de la casa se acercó en silencio para servir el desayuno. En la bandeja de plata traía una taza de café negro humeante, un tazón de frutas frescas y tostadas de pan multicereal.
El aroma denso y fuerte del café recién hecho golpeó mis fosas nasales al instante.
El estómago se me contrajo con una violencia feroz. Una nueva oleada de náuseas, tres veces más intensa que la de la mañana, me subió por la garganta. El olor que antes amaba ahora se sentía como veneno puro.
Cerré los puños debajo de la mesa, clavando las uñas en las palmas de mis manos con tanta fuerza que casi me atravesé la piel para desviar el dolor. Sentí cómo una gota de sudor frío nacía en el nacimiento de mi cabello.
—¿Emma? —la voz de Arthur resonó sobre mí, repentinamente atenta, afilada como un bisturí.
Giré el rostro ligeramente hacia el ventanado, disimulando la palidez momentánea con un gesto de distracción.
—Graves —dije, dirigiéndome al mayordomo con una voz impecable, aunque levemente más baja de lo normal—, por favor, retira el café. Prefiero un té de manzanilla con unas gotas de limón esta mañana. Mi estómago está algo sensible hoy.
—De inmediato, señora Vance —respondió el mayordomo, retirando la taza de café sin hacer preguntas.
Arthur no apartó la mirada de mi rostro. Se inclinó sobre la mesa, apoyando los antebrazos sobre la madera pulida, escrutando cada rasgo de mis facciones con una fijeza insoportable.
—¿Sensible? —preguntó Arthur, inclinando la cabeza—. Tú nunca bebes té de manzanilla por la mañana. Siempre tomas dos espressos dobles antes de revisar el mercado de apertura.
Mi corazón comenzó a golpear contra mis costillas con la fuerza de un mazo. La primera alarma acababa de sonar. Arthur era un hombre que notaba los detalles más insignificantes en las reuniones de negocios; no se le escapaba un cambio de ritmo en el mercado ni una vacilación en la voz de un consejero delegado. Un cambio en mis hábitos matutinos era una pista que su mente analítica no pasaría por alto.
—El estrés de las últimas cuarenta y ocho horas está pasando factura, Arthur —respondí con absoluta tranquilidad, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. He pasado de no dormir organizando la caída de Julián a enfrentar la cena con tu cuñada y asumir el mando del mayor fideicomiso de la ciudad. Mi cuerpo no es de hierro, aunque me guste pensar que sí.
Arthur se quedó en silencio durante tres segundos que se me hicieron eternos. Finalmente, su expresión se suavizó sutilmente, aunque la sombra de la sospecha no se disipó por completo de sus ojos grises.
—Tienes razón —dijo, tomando su propia copa de agua—. Pero no quiero que te agotes antes de tiempo. Hoy tenemos la reunión de apertura con los accionistas mayoritarios en la torre corporativa. Necesito que estés al cien por cien.
—Estaré al mil por cien —prometí, dando un sorbo al té de manzanilla que el camarero acababa de colocar frente a mí. El líquido tibio logró asentar mi estómago de forma milagrosa.
A las diez y media de la mañana, la limusina blindada nos dejó en la entrada privada de la torre corporativa de *Vance Capital* en el corazón del distrito financiero.
El edificio era una mole de cristal y acero de sesenta pisos que dominaba la línea del horizonte. El ambiente en el vestíbulo principal era de un nerviosismo eléctrico. Decenas de empleados, analistas y ejecutivos de trajes oscuros caminaban a paso ligero, comentando en voz baja las portadas de los periódicos financieros que no hablaban de otra cosa que no fuera la ejecución corporativa ejecutada por Arthur Vance y su nueva consorte.
En cuanto crucé las puertas giratorias del brazo de Arthur, el murmullo en el vestíbulo se extinguió por completo. Las miradas de respeto, temor y fascinación se clavaron en nosotros. Yo ya no era la eficiente Directora de Operaciones que trabajaba dieciséis horas al día en la sombra para que Julián se llevara el crédito; ahora era la señora Vance, la mujer que poseía el treinta por ciento de los votos del consorcio y el poder de vida o muerte sobre las carreras de todos los presentes.