Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.
La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?
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capitulo 23
La resaca de la feria todavía flotaba en el aire de "Las Cruces", pero para Máximo, la atmósfera se había vuelto irrespirable. Caminaba por la plaza principal hacia el café donde había quedado en recoger unos suministros cuando un Mercedes plateado, impecable a pesar del polvo reinante, se detuvo a su costado con la precisión de un depredador.
El cristal se deslizó hacia abajo sin ruido, revelando el rostro de Don Elías. No había rastro de la furia que Máximo esperaba tras el baile de la noche anterior; en su lugar, había una sonrisa paternalista, cargada de una benevolencia que resultaba más aterradora que un grito.
—Sube, sobrino —dijo Elías, haciendo un gesto con su mano enjoyada—. El sol del mediodía no perdona a los que no están acostumbrados a él, por mucho que intenten disimularlo con botas sucias.
Máximo dudó, pero la curiosidad y la necesidad de tener al enemigo cerca lo obligaron a sentarse en el asiento de cuero climatizado. El cambio de temperatura fue un choque: del calor asfixiante del llano al frío artificial de la riqueza. Elías no arrancó el coche. Simplemente se quedó mirando al frente, observando a la gente del pueblo pasar.
—Te he estado observando, Máximo —comenzó Elías, con una voz suave, casi melodiosa—. Has hecho un trabajo admirable. El riego, la prensa, ese pequeño espectáculo de ayer... Tienes el toque de tu abuelo, ese magnetismo que hace que la gente prefiera seguirte al abismo antes que cuestionarte. Pero seamos honestos: este no es tu lugar.
—Parece que el pueblo opina lo contrario, tío —respondió Máximo, manteniendo la voz firme a pesar del latido acelerado de su corazón.
Elías soltó una carcajada corta y seca. —El pueblo te sigue porque les das agua. Catrina te sigue porque... bueno, supongo que eres una novedad refrescante en su vida de amargura. Pero tú y yo sabemos que el acero de tu abuelo no se forjó para arrear vacas. Sé que extrañas la ciudad. Sé que extrañas el poder real, el que se mueve con un teclado y no con un lazo.
Elías se giró finalmente hacia él. Sus ojos eran dos pozos de ambición fría.
—Hagamos un trato. Convence a Catrina de vender "El Renacer". Ella confía en ti, te escucha en la intimidad... —Elías hizo una pausa deliberada, dejando que la implicación de que conocía su idilio flotara en el aire—. Si ella firma, yo te daré algo que ni siquiera tu abuelo tiene: las pruebas de las auditorías paralelas que hice en la empresa de la ciudad. Con eso, no solo recuperarás tu puesto; podrás sentarte a la derecha de Vicente, o incluso sustituirlo. Te daré las llaves del reino, Máximo. Todo lo que tienes que hacer es sacar a esa mujer de estas tierras antes de que el conflicto termine en una tragedia que no podrás detener.
El Rechazo y la Espina
Máximo sintió una náusea profunda. La forma en que Elías hablaba de Catrina como si fuera un obstáculo eliminable hizo que apretara los puños sobre sus rodillas.
—No conoces a Catrina —dijo Máximo, girándose para enfrentar a su tío—. Y definitivamente no me conoces a mí. No voy a venderla, ni voy a vender mi alma por una silla en una oficina que ya no significa nada para mí. "El Renacer" no está a la venta, y yo no soy tu mensajero.
Abrió la puerta del coche, decidido a salir de ese ambiente viciado. Pero Elías lo tomó del antebrazo. Su agarre no era fuerte, pero era firme, como la seda que oculta un cable de acero.
—¿Estás seguro de que ella es tan pura como crees, sobrino? —preguntó Elías, con una nota de falsa compasión—. Catrina es una experta en supervivencia. Te usa para el riego, te usa para la prensa... ¿no te has preguntado por qué te llevó al Mirador de las Sombras precisamente ahora? Ella sabe que tienes acceso a los archivos de Vicente. Ella sabe que tú eres su mejor arma contra mí.
Máximo intentó soltarse, pero Elías continuó, su voz bajando a un susurro conspirador.
—Pregúntale qué pasó realmente con el abogado del testamento. Pregúntale por qué, después de quince años de odio, de repente decide que un Moretti es digno de su cama. Ella no busca un amante, Máximo. Busca un ejecutor. Y cuando obtenga lo que quiere —cuando yo caiga y ella tenga todo el valle—, tú volverás a ser el "niño de cristal" que estorba en su camino. No olvides que en las venas de esa mujer corre la misma sangre que en las mías. Somos Moretti. No amamos; conquistamos.
La Semilla de la Duda
Máximo salió del coche y cerró la puerta con fuerza. El Mercedes se alejó lentamente, dejando una estela de polvo que lo envolvió por completo. Se quedó de pie en medio de la plaza, con el sol quemándole la nuca, pero sintiendo un frío interno que no podía explicar.
Las palabras de Elías eran veneno, él lo sabía. Eran parte de su telaraña para dividir la alianza que los estaba asfixiando. Sin embargo, una pequeña semilla de duda, oscura y persistente, se instaló en su mente. Recordó la mirada de Catrina cuando él le prometió encontrar las pruebas legales. Recordó la advertencia de ella en la cabaña: "Si me traicionas, no vivirás para contarlo".
¿Era posible que ella lo estuviera moldeando? ¿Era su vulnerabilidad una estrategia de guerra?
Caminó de regreso a la hacienda con pasos pesados. Al llegar, vio a Catrina en el porche, revisando unos mapas con la tía Elena. Al verlo llegar, ella levantó la vista y le dedicó una sonrisa breve, pero cargada de una calidez que antes no existía.
—Llegas tarde —dijo ella, acercándose a él—. Los peones preguntan si hoy terminaremos el tramo cinco del riego.
Máximo la miró fijamente, buscando en sus ojos algún rastro de la manipulación que Elías había sugerido. Solo vio cansancio, determinación y algo parecido a la ternura. Pero la voz de su tío seguía resonando en su cabeza: "Busca un ejecutor".
—Tuve un encuentro con Elías en el pueblo —soltó él, sin preámbulos.
La expresión de Catrina cambió instantáneamente. Su cuerpo se tensó, recuperando la rigidez de la Jefa. Sus ojos se volvieron dagas de hielo.
—¿Qué te dijo? —preguntó ella, su mano bajando instintivamente hacia su cinturón.
—Me ofreció el mundo si te convencía de vender —Máximo hizo una pausa, observando cada gesto de ella—. Y me dijo que tuviera cuidado contigo. Que los Moretti no amamos, solo conquistamos.
Catrina no respondió de inmediato. Guardó un silencio pesado, mirando hacia el horizonte donde las tierras de su tío se encontraban con las suyas. Cuando volvió a mirarlo, su rostro era una máscara indescifrable.
—¿Y tú qué le respondiste, Máximo? —preguntó ella, con una voz tan baja que era casi un desafío.
—Le dije que no soy su mensajero —respondió él—. Pero me pregunto... si alguna vez dejas de ser la Jefa, Catrina. Si alguna vez dejas de planear el siguiente movimiento, incluso cuando estás conmigo.
Catrina dio un paso atrás, como si él la hubiera golpeado. El dolor brilló en sus ojos por un segundo antes de ser sofocado por el orgullo. La telaraña de Elías había cumplido su propósito: la confianza absoluta, esa que tanto les había costado construir, acababa de ser rozada por el primer aliento de la sospecha. La guerra ya no estaba solo en los potreros; ahora, la batalla más difícil se libraba en el silencio de sus propias miradas.