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Antiguo Amor

Antiguo Amor

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amor-odio / Completas
Popularitas:5.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩

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Curación

Las pesadas puertas de madera lacada del Palacio de la Primavera Eterna se cerraron tras ellos, dejando fuera el eco de los susurros de la corte y el pánico del protocolo que la intervención de Yan Jincheng había sembrado en el salón del consejo. La inmensa alcoba imperial quedó sumergida en la penumbra de la tarde. Li Xiaowei avanzó despacio hacia el centro de la habitación, despojándose de su pesada capa ceremonial dorada con movimientos rígidos. Aunque el tratamiento de los masajes y la acupuntura de agujas de plata durante los últimos dos meses había sanado las heridas internas y devuelto la simetría a su andar, la tensión de la reunión le pasaba una factura muy alta a su anatomía delgada. Su respiración era superficial, y un dolor sordo latía en su cadera como un recordatorio constante de su fragilidad.

Jincheng se mantuvo a la distancia exacta de cuatro pasos que se había impuesto como condena. Se despojó de sus guantes de cuero negro, revelando unas palmas marcadas por los fragmentos del amuleto de jade roto, y observó la espalda del monarca con una mezcla de devoción y culpa corrosiva.

—¿Hasta cuándo, General Yan? —la voz de Xiaowei rompió el silencio como un trozo de hielo picado. El príncipe se giró despacio, encarando a su esposo con los ojos brillando con desconfianza —. ¿Hasta cuándo pretende seguir montando este espectáculo de tiranía posesiva ante los ministros?

—Solo te defendía —respondió Jincheng, y su tono de voz, desprovisto de la arrogancia militar, era un susurro ronco y quebrado—. Esos bastardos buscan meter a una mujer de su facción en tu lecho para debilitar tu corona. Quieren usar tu salud y la cojera que yo mismo provoqué para humillarte. No permitiré que nadie te falte al respeto.

—¿Me defendía? —una sonrisa triste y fría desfiguró los labios del nuevo Emperador—. Lo que hizo en el salón del consejo no fue una defensa; fue un reclamo de propiedad. Entró con el acero desenvainado a gritarle a la corte que mi lecho le pertenece, tratándome exactamente como lo hizo en el campamento militar, como a un botín de guerra. Su arrepentimiento público no es más que una fachada para mantener su control sobre mí. Me quitó los grilletes de hierro solo para ponerme una corona de espinas.

Cada palabra del Emperador se clavó como una daga en el orgullo herido de Jincheng. El general sintió que el llanto le subía por la garganta al darse cuenta de que su intento de protección posesiva solo había servido para reavivar los traumas y el miedo que Xiaowei le profesaba. Comprendió que dentro de las paredes de laca roja de la capital, el aire siempre apestaría a la carnicería del pasado.

—Tienes razón —susurró Jincheng, bajando la cabeza, incapaz de sostener la mirada inalcanzable del soberano—. En este palacio sigo pareciendo el monstruo que te desgarró en el cuartel. Por eso... debemos salir de aquí.

Antes de que Xiaowei pudiera protestar o llamar a la Guardia, Jincheng hizo una discreta seña hacia la ventana. La complicidad del viejo Lao Chang ya estaba asegurada; en el jardín periférico del palacio, oculto por los sauces llorones, esperaba un carruaje rústico, desprovisto de los emblemas reales y escoltado por tres soldados de absoluta confianza. El general quería un viaje secreto, un exilio temporal de la política para buscar una curación médica y espiritual lejos del Trono.

El Emperador, agotado por la tortura de la desconfianza constante y viendo en la propuesta una oportunidad para escapar de la asfixia de la corte, aceptó en silencio. Se vistió con una túnica de lino celeste acolchada, un atuendo sencillo que recordaba a la pureza de su juventud, y permitió que Jincheng lo ayudara a subir al carruaje sin que sus cuerpos se tocaran.

El carruaje viajó durante toda la noche, alejándose de los muros de piedra blanca de la capital y adentrándose en las colinas escarpadas de la frontera. Cuando el sol gris del amanecer comenzó a filtrarse por las rendijas de madera, el vehículo se detuvo en un páramo desolado, rodeado por pinos cubiertos de escarcha y una niebla densa que atrapaba el viento helado.

Jincheng abrió la puerta y descendió primero. Extendió su mano limpia hacia Xiaowei, pero al notar el temblor instantáneo en los hombros del príncipe y la dilatación de sus pupilas por el pánico nuevamente, retiró los dedos con presteza reverencial, dando los cuatro pasos de distancia reglamentarios sobre la tierra congelada.

Xiaowei bajó del carruaje por su propio pie. Al pisar el suelo duro, sintió una rigidez sutil en su cadera derecha, pero la caminata forzada de los meses pasados había endurecido sus músculos. Miró a su alrededor y un escalofrío violento sacudió su anatomía delgada. El impacto de reconocer el paisaje le cortó la respiración.

Estaban en las afueras de la frontera helada. El mismo lugar exacto donde, años atrás, las tropas imperiales se habían detenido para ponerle los pesados grilletes de hierro a Yan Jincheng antes de arrastrarlo al exilio. El mismo suelo donde Xiaowei, bajo el azote de una tormenta de nieve, había permanecido de pie viendo cómo el amor de su vida era desterrado basándose en las mentiras que él mismo se había visto obligado a leer frente a los ministros para salvarle la vida de la orden de ejecución por veneno.

—¿Por qué me has traído aquí? —preguntó Xiaowei, y su voz suave vibró con una angustia antigua que amenazaba con ahogar el ambiente—. ¿Acaso tu crueldad no se sació con la alcoba? ¿Has venido a reescribir mi humillación en la nieve?

Jincheng caminó despacio, deteniéndose justo en el borde del sendero donde las huellas del pasado parecían haber quedado congeladas bajo la escarcha. Se giró hacia el Emperador, y por primera vez en meses, sus ojos reflejaron una pureza que no tenía relación con la guerra.

—Te traje aquí porque este lugar es donde el monstruo nació —dijo el general, con las lágrimas rodando finalmente por su mejilla marcada por la cicatriz—. Durante años, cada noche que pasé congelándome en la frontera, recordaba este sendero. Recordaba cómo me diste la espalda y cómo leíste ese decreto sin derramar una lágrima. Mi mente se corrompió con el rencor, y esa misma amargura fue la que me llevó a destrozar tu cuerpo. Pensaba que me cobraba una traición.

Jincheng metió la mano en su túnica y sacó los fragmentos del amuleto de jade blanco, los mismos pedazos rotos que representaban la carnicería de su amor. Los colocó sobre una roca plana cubierta de hielo, al lado del sendero.

—Pero ahora sé la verdad —continuó el general, cayendo de rodillas sobre la escarcha de forma voluntaria, humillándose ante el príncipe celeste de su juventud—. Sé que tus rodillas sangraron en el pavimento para cambiar el veneno por el exilio. Sé que rompiste este jade con tus propias manos para que yo pudiera seguir respirando. Fui un maldito ciego. Destruí tu andar, te humillé ante mis soldados y te acusé de provocar a los lobos cuando eras tú quien cargaba con el peso del mundo para protegerme. No te pido que confíes en mí... Sé que mi cercanía te causa pánico y que temes que vuelva a los maltratos físicos en cuanto la paranoia regrese. Me lo merezco.

Xiaowei observó al demonio de la guerra arrodillado en el lodo congelado. Ver la sumisión del general en el mismo lugar donde cinco años atrás había sido encadenado causó una tremenda conmoción en su pecho. El dique de contención de su orgullo aristocrático se mostró una grieta masiva. Miró los pedazos de jade sobre la roca y recordó las promesas muertas del Jardín de las Garzas Blancas, comprendiendo que el dolor de Jincheng era tan real y agudo como el suyo.

El príncipe dio tres pasos hacia el frente, reduciendo por primera vez la distancia física entre ambos de forma voluntaria. Sus pies, protegidos solo por unas finas sandalias, se detuvieron a unos centímetros de la cabeza inclinada del general.

—La nieve de este lugar siempre estuvo fría —susurró Xiaowei, y una lágrima ardiente rodó por su rostro, perdiéndose en el lino celeste de su túnica—. Pero el rencor quema más que el hielo. Te perdoné porque el amor que te tengo sobrevivió a tus golpes, pero mi cuerpo... mi carne sigue teniendo memoria. No puedo evitar temblar cuando tu mano se extiende; mi mente me advierte que la amabilidad de un verdugo siempre precede a la peor de las heridas.

Jincheng levantó el rostro, con los ojos enrojecidos y empañados por el llanto, mirando hacia arriba al soberano de su vida.

—No soy tu verdugo, mi tierno príncipe —prometió el general en un susurro desesperado, extendiendo sus manos limpias hacia el aire, sin tocarlo—. Reescribiremos este lugar. Cada vez que mires este sendero, ya no recordarás el exilio ni el decreto de la traición. Recordarás que el General está de rodillas ante ti, no como un conquistador posesivo, sino como el sirviente que pasará el resto de sus días cuidando de tu paso quebrado desde la distancia de sus propios pecados. No volveré a forzar tu cama, ni a exigir tu sumisión. Esperaré el tiempo que los dioses dictaminen, hasta que tu cuerpo entienda que mis manos solo sirven para sostener tu corona.

Xiaowei miró la inmensidad del horizonte helado, sintiendo que el viento del norte comenzaba a limpiar el olor a hierro de sus pulmones. La desconfianza eterna no desapareció por completo, pero en la penumbra de la frontera, el pánico cedió el paso a una tristeza compartida. El Trono seguía esperando en la capital, pero sobre las huellas de la escarcha, el camino hacia la curación médica y espiritual de los esposos comenzaba a vislumbrarse, pavimentado con la promesa de una redención que se pagaría con la paciencia y el respeto infinito hacia el dolor de la inocencia rota.

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Idalmis Piña
esperemos que mejores después de esos masajes tu salud del cuerpo, la espiritual está muy lastimada .
Skay P.: ¡Claro que sí, amor!🤭
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Idalmis Piña
el perdón que anhelas, nunca llegará general .
Idalmis Piña
en realidad es muy difícil perdonarlo .
Idalmis Piña
comandante como reparar tanto sufrimiento .?
Idalmis Piña
al fin su corazón se hablando comandante, pero el corazón y el cuerpo del principe están muy lastimados .
Idalmis Piña
La culpa se hará cargo de ti .
Idalmis Piña
veremos, general
Adeb Acuña
me encantó /Sob/
Adeb Acuña
me encantó
Skay P.: ¡Gracias mi Chickis! Revisa el perfil para más historias 😘😘
total 1 replies
pryz
Nada que decir más que excelente
pryz: Te lo mereces belleza
total 2 replies
pryz
Me encanto, aunque le hizo daño jamás lo traicionó y apesar de todo lo amaba, ninguna queja
Skay P.: ¡Gracias, mi Chickis!💋
total 1 replies
pryz
Oye pero si ya tiene su marido, que emperatriz de la onde, ministros babosos
pryz
Sufre, te lo mereces por no investigar antes de dañar😈
pryz
En tu cara perra, te lo mereces por tatar mal al niño
Skay P.: ¡Uuf! 🤭
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pryz
Espero con ancias que te pudras en el dolor y sin derecho a perdón 😈 😊
pryz
Desgraciado ahora si preguntas pero rapidito le creiste a la bruja
pryz
Solo deseo que esa bestia bruta no quede con mi niño
pryz
Pobre de mi niño, mal nacido general me caes mal ojalá se te caiga el pitó
pryz
Este general me cae mal
pryz
Empieza pisando duro /Angry/
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