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El Refugio Del Depredador

El Refugio Del Depredador

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
​Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
​En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.

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capitulo 2

​El amanecer sobre la ciudad no trajo luz, sino una neblina densa y grisácea que se adhería a los edificios de cristal como un sudor frío. Para Leonela, las últimas veinticuatro horas habían sido un descenso acelerado por un desfiladero de burocracia y rechazo. Las cartas notariales, los registros de la propiedad y las llamadas a los antiguos socios de su padre se habían convertido en un eco inútil. En el Palacio de Justicia, un abogado de oficio de mirada esquiva y manos manchadas de tinta barata le había devuelto el expediente de la textilera con una mezcla de lástima y prisa.

​—Contra el grupo Vancini no hay jurisprudencia que valga, señorita —le había susurrado el hombre, asegurándose de que la puerta de su despacho estuviera cerrada—. Si ellos reclaman esos terrenos como pago de una deuda subordinada, el juez firmará el embargo antes de que usted termine de deletrear su apellido. Mi consejo es que empaque y se vaya del país.

​Pero Leonela no podía huir. No con los aeropuertos vigilados y con la certeza de que el círculo rojo en la fotografía de Santiago se cerraría en el momento en que pisara una terminal de transporte.

​A las cuatro de la tarde, el frío de la calle le calaba los huesos. Caminaba por la zona financiera, un laberinto de torres de acero donde los hombres de traje decidían el destino de miles de vidas con el chasquido de un bolígrafo. Se detuvo en una cafetería de techos altos y luz artificial para refugiarse de la llovizna. Fue allí, mientras sostenía una taza de té que ya se había enfriado, donde la última pieza del tablero se movió.

​Mendoza, un anciano contable que había servido a su familia durante tres décadas y que ahora arrastraba los pies por los pasillos de un banco secundario, se sentó frente a ella sin pedir nada. Su gabardina olía a humedad y a tabaco rancio, y sus ojos, ocultos tras unas gafas de montura gruesa, miraban nerviosamente hacia la cristalera.

​—Tu padre no te lo contó todo, Leonela —dijo el viejo, su voz apenas un siseo que obligó a ella a inclinarse sobre la mesa—. La deuda con Julián y los cobradores del muelle no es un asunto civil. Ellos no quieren la tierra; quieren el control de la ruta de acceso al puerto que esos terrenos bloquean. Julián es un carnicero, una hiena que se alimenta de los restos que dejan los grandes. Si no entregas los papeles mañana, no habrá policía que pueda proteger a tu hijo.

​—No tengo las escrituras, Mendoza. Mi tío Alberto se las llevó antes de desaparecer en el incendio —respondió ella, y su franqueza cortante cortó el aire de la mesa—. Necesito tiempo, un aplazamiento legal.

​Mendoza soltó una risa amarga, un sonido seco que pareció golpear el pecho de Leonela.

​—¿Legal? Con Julián no hay leyes. Solo hay un hombre en esta ciudad con el peso suficiente para obligar a esa hiena a soltar su presa. Solo un hombre cuyo nombre hace que los cobradores del puerto se la muerdan antes de hablar.

​El contable se inclinó un poco más, tanto que el calor de su respiración agitada rozó la mejilla de Leonela. El aroma a jazmín de su piel contrastaba violentamente con la decadencia que el anciano desprendía.

​—Gael Vancini —susurró Mendoza—. El titán de las navieras. El lobo gris. Él no es como Julián; Gael no busca sangre por diversión, busca orden y poder absoluto. Si logras llegar a él, si logras convencerlo de que la deuda de tu padre es un activo que él puede usar contra sus propios rivales, Julián retrocederá. Pero ten cuidado, muchacha. Entrar en el despacho de Gael no es buscar justicia; es firmar un pacto con el diablo. Entrar en su mundo es entrar voluntariamente en la boca del lobo.

​Cuando Mendoza se levantó y se perdió entre la niebla de la avenida, Leonela se quedó inmóvil. El nombre de Gael flotaba en el aire de la cafetería como una condena y, a la vez, como un cabo suelto en medio de la tormenta. Miró el reloj de su muñeca: le quedaban menos de dieciséis horas. El pánico interno, ese rugido que la había paralizado la noche anterior, se transformó en una fijeza gélida. La leona ya no buscaba un escudo legal; iba a buscar al depredador alfa.

​Dos horas más tarde, Leonela se encontraba frente a las puertas de hierro de la Torre Vancini, un monolito de cristal negro que se alzaba sesenta pisos hacia el cielo de la ciudad, bloqueando la poca luz que quedaba del día. Las puertas no eran solo una barrera física; eran el umbral a un ecosistema de poder absoluto. Los guardias de la entrada, hombres corpulentos con trajes oscuros y auriculares de cable enroscado, la observaron con una fijeza que tasaba el valor de su ropa y la urgencia de sus pasos.

​Leonela se había cambiado en el baño de una estación de servicio. Llevaba un vestido de punto negro que se ceñía a su silueta como una segunda piel, revelando la curva pronunciada de sus caderas y la línea firme de sus hombros. No llevaba joyas, ni más maquillaje que un carmín oscuro en los labios que acentuaba la palidez de su rostro. La sensualidad de su presencia era deliberada, una armadura de carne y seda que utilizaba no para seducir, sino para forzar un espacio en un mundo que ignoraba a los débiles. El frío de la tarde hacía que el tejido del vestido se adhiriera a sus pezones, una reacción biológica que delataba la adrenalina desbocada que corría por sus venas, a pesar de la máscara de granito de sus facciones.

​—No tiene cita, señorita. El señor Vancini no recibe a nadie a esta hora —dijo el recepcionista, un hombre de ademanes mecánicos que ni siquiera levantó la vista de la pantalla.

​—Dígale que Leonela, la hija de la textilera, está aquí —respondió ella, y su voz tuvo una franqueza tan cortante que el empleado detuvo los dedos sobre el teclado—. Dígale que tengo la clave para la ruta de acceso al muelle 14. Si él no me recibe, Julián tendrá las tierras antes de la medianoche.

​El nombre de Julián y el código del muelle surtieron un efecto inmediato. El recepcionista descolgó un teléfono encriptado, pronunció tres palabras en voz baja y, tras escuchar la respuesta, asintió con una rigidez militar.

​—Piso cincuenta y nueve. El ascensor privado la llevará directo. Deje su bolso en el escáner.

​El trayecto en el ascensor fue un suspenso silencioso. Leonela sentía la presión en los oídos a medida que ascendía, una metáfora física del aire enrarecido del poder. Cuando las puertas de bronce se abrieron, se encontró en una antecámara revestida de madera de nogal y suelos de mármol negro que reflejaban la luz tenue de las lámparas de alabastro. No había ruidos de oficina, ni secretarias tecleando; solo un pasillo ancho que conducía a una doble puerta de hierro forjado, trabajada con el escudo de armas de la familia Vancini: un lobo rampante sosteniendo un ancla.

​Leonela avanzó, sintiendo el impacto rítmico de sus tacones contra el mármol, un sonido que parecía anunciar su entrega. Al empujar las pesadas hojas de hierro, el olor a sándalo, tabaco caro y cuero la envolvió por completo. El despacho era inmenso, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada, una red de luces que parecía pertenecer al hombre que estaba sentado tras el escritorio.

​Gael Vancini no se levantó. Estaba inclinado sobre unos documentos, con la luz dorada de una lámpara de escritorio perfilando la musculatura potente de sus hombros bajo una camisa de sastre gris oscuro, cuyos puños estaban perfectamente ajustados. Tenía el cabello oscuro ligeramente revuelto y una mandíbula tan definida que parecía esculpida en piedra de molino. Al levantar la cabeza, sus ojos grises —dos láminas de hielo que habían visto caer imperios financieros— se clavaron en ella con una fijeza "devoradora". No había sorpresa en sus rasgos, solo una curiosidad letal.

​La intensidad sensorial en la habitación se volvió asfixiante en un segundo. Leonela se detuvo en el centro del despacho, sosteniéndole la mirada. Sabía que cada línea de su cuerpo estaba siendo tasada por el hombre que tenía enfrente. Sentía el calor que emanaba de la presencia de Gael, una energía animal que llenaba el espacio y que hacía que el aire pareciera más espeso, más difícil de respirar.

​—La hija de la deuda —dijo Gael, su barítono profundo resonando en el silencio de la estancia como un golpe de mazo—. Has tardado más de lo que calculé en encontrar el camino hacia aquí, Leonela.

​—No he venido a hablar de deudas, Vancini —replicó ella, dando un paso adelante, la seda de su ropa moviéndose con una gracia felina que desafiaba el control del despacho—. He venido a ofrecerte lo que Julián quiere comprar con la sangre de mi hijo.

​Gael dejó caer el bolígrafo sobre el escritorio, un chasquido seco que sonó como el disparo de salida. Se reclinó en su sillón de cuero, entrelazando sus dedos largos, y la miró con una resolución mortal que le heló la sangre. El juego había comenzado. Leonela sabía que al cruzar esas puertas de hierro había renunciado a cualquier salida fácil; estaba en el cubil del lobo, y la negociación que estaba a punto de iniciar no se pagaría con oro, sino con los jirones de su propia libertad.

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Celina Espinoza
sgddyf HH cfffnfdgñhcefghXfdsjxdhvcczdg.vccfbmbcfssgmvxfdhojcdtlnvzxfhvnx
neumidia ruiz
listo Gael el niño ya toco tu corazón no te hagas el duro
neumidia ruiz
esta muy interesante 👍 pinta buena
Celina Espinoza
super buena 🙏🥰
valeska garay campos
se lee interesante 👀
celimar
exelente capitulo 🥰👏👏
Joanny Millán
me encanta 😍
Fernanda
👍👍 excelente
Celina Espinoza
exelente capitulo 🥰🥰
Fernanda
es increíble el nene con cada pregunta 👍👏y Gael siempre queda 🤭
Fernanda
👍👍👏
Celina Espinoza
me encanta cada episodio 👏🥰y cada interacción de el niño me muero
Fernanda
me encanta santiago siempre tiene una nueva curiosidad 👍🥰
celimar
me encanta como Santiago entra como dueño de su casa 🤭🥰y pone a Gael nervioso con cada pregunta 🥰
celimar
exelente 👏🥰me gusta
Fernanda
👍👍❤️
celimar
me gusta tu historia gracias por compartirla 👏🥰
Fernanda
👍👍🥰
Fernanda
el niño es muy curioso 🥰☺️🤭le da el toque de humanidad al prota
Celina Espinoza
👏🥰gracia me gusta tu historia
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