Cinco años después de irse de Buenos Aires con el corazón roto, Giulia Rivas vuelve con una sola prioridad: cuidar a su hija Dulce y reconstruir su carrera como diseñadora de joyas.
No busca explicaciones.
No busca venganza.
Y mucho menos busca volver a ver a Julián Alcázar.
Pero en el aeropuerto, un nene desconocido se le abraza a la pierna y la llama mamá.
Benja tiene la edad que tendría el hijo que Giulia creyó haber perdido. Tiene los ojos de Julián, su carácter imposible y una certeza que nadie logra sacarle de la cabeza: ella es su mamá.
Julián también queda atrapado en esa reaparición.
Para él, Giulia fue la mujer que lo abandonó sin mirar atrás. Para ella, Julián fue el hombre que eligió a otra mientras ella lo perdía todo.
Ahora trabajan bajo el mismo imperio empresarial, se cruzan en pasillos, fiestas privadas, hospitales y mentiras que llevan demasiado tiempo enterradas.
Entre una hija que sueña con conocer a su papá, un hijo que nunca dejó de buscar a su mamá y una mujer dispuesta a destruir cualquier verdad antes de perder su lugar, Giulia y Julián van a descubrir que lo que los separó no fue falta de amor.
Fue una mentira.
Y esa mentira está a punto de caer.
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Capítulo 20
Capítulo 20
Después del almuerzo, debería haber sido hora de la siesta.
Pero por la llegada inesperada de Giulia, Benja y Dulce fueron dejados solos en el aula.
Al ver a Dulce tirarse a los brazos de Giulia, Benja giró su cuerpito con enojo y les dio la espalda.
—Mami, ¿este regalo es para mí?
Dulce recibió el Lego que Giulia había comprado. Los ojos se le curvaron de alegría.
Giulia le tocó la puntita de la nariz.
—Sí. ¿Te gusta?
Dulce asintió con fuerza.
Le encantaba.
Giulia sonrió y, al segundo siguiente, miró a Benja.
—Benja, ¿ya no vas a hablarle a la tía Giulia?
Dulce se confundió.
Miró a Giulia y después a Benja.
—Mami, ¿conocés al hermano Benja?
—Sí. Igual que vos, también soy amiga de Benja.
Aunque respondió a Dulce, Giulia siguió mirando al nene.
Al oír eso, Benja por fin volvió a girarse.
Hizo un puchero, ácido como un limoncito.
—Giulia solo quiere a Dulce. Ya no me quiere a mí.
—¿Quién dijo eso?
Giulia sacó otro Lego idéntico.
—Este es para Benja. Igual al de Dulce.
Benja no tenía demasiado interés en los juguetes. En la residencia de San Isidro tenía una habitación entera y hasta un área de juegos para él.
Pero ese regalo era de Giulia.
Benja mostró por fin sus dientitos blancos.
La miró con esperanza.
—¿Vas a quererme como querés a Dulce?
Giulia se detuvo apenas.
Miró a Dulce, que sonreía, y después asintió suave.
Con eso, la última preocupación de Benja desapareció.
Tomó la mano de Dulce por iniciativa propia.
—Giulia, no te preocupes. Voy a cuidar muy bien a Dulce.
Giulia se rio.
Él también tenía menos de cinco años, pero hablaba como un adulto prometiendo cuidar a una nena de su misma edad.
Giulia sabía que Benja era inteligente, precoz. A veces su cabecita iba más rápido que la de muchos adultos.
Antes de irse, le pidió a la señorita Flor que llevara a Dulce a descansar.
Después habló a solas con Benja.
—Benja, no le cuentes a nadie que Dulce y yo somos familia. Tampoco digas que me viste en el jardín.
Benja abrazó el Lego.
Sus ojos negros y blancos la miraron sin parpadear.
—¿No querés que papi sepa?
El corazón de Giulia se levantó de golpe.
No esperaba que un nene tan chico fuera tan sensible.
—Benja, ¿por qué decís eso?
Intentó mantener el rostro tranquilo para que no notara nada raro.
Benja hizo un puchero.
—Ustedes los grandes son raros. Y les gusta tratar a los chicos como tontos.
Él hacía rato sabía que entre papi y Giulia pasaba algo raro.
Benja suspiró con tristeza.
Si no fuera tan adorable, papi lo habría arrastrado a perder el cariño de Giulia.
Giulia se quedó muda.
Por suerte, Benja era leal. Aceptó enseguida y prometió no decirle nada a nadie.
Especialmente a papi.
Giulia no dijo nada.
Creía no haber mencionado especialmente a Julián.
Esa carita de “yo entiendo todo” le daba la sensación de que, al final, quedaba más en evidencia.
Dudó un momento.
Al final preguntó:
—Vos y Dulce estaban comparando quién tenía la mamá más linda. ¿Por qué no le pediste a tu mami que te trajera?
Una tristeza pasó por los ojos de Benja.
Levantó la cabeza con los cachetes inflados.
—Yo no tengo mami. Papi me encontró en un hogar de monjas.
Mami no lo había querido y lo dejó en un hogar de monjas.
Cuando papi se enteró, lo recogió.
Desde entonces, padre e hijo dependían el uno del otro.
Benja era pequeño, pero astuto. Ese secreto se lo había sacado a una tía de su papá.
A Giulia se le llenaron los ojos de sorpresa.
¿Benja era un chico adoptado por Julián?
La respuesta era increíble.
Pero al verlo tan apagado, no pudo seguir preguntando.
Benja, en cambio, la consoló.
—No pasa nada. No estoy triste.
Giulia le acarició la cabeza.
La cara se le llenó de algo difícil de nombrar.
Tres días pasaron rápido.
El sábado por la mañana, después de dejar a Dulce en su clase de piano, Giulia se encontró con Soledad y fue a retirar un Volkswagen Beetle blanco en una concesionaria.
El auto era sencillo, pero le alcanzaba para ir a trabajar y llevar a Dulce.
Después de comprarlo, fueron a caminar por el shopping cerca de la clase de piano.
Soledad la tomó del brazo, llena de envidia.
—Mi autito viejo todavía lo financió mi papá. Hace siglos que quiero cambiarlo, pero no tengo un peso. Tu trabajo sí está bueno. Comprás auto y encima podés pagarle a Dulce un jardín tan caro.
Giulia sonrió y la miró de costado.
—¿Tu trabajo no era bastante tranquilo?
—Tranquilo sí. Bien pago, no. Sigo viviendo del bolsillo de mis viejos.
Entraron hablando a una tienda de ropa femenina.
La subencargada, vestida con un conjunto rosa champagne, vio que las dos iban arregladas y se acercó con una sonrisa.
Soledad notó que la mujer les recomendaba especialmente prendas caras. Algunas superaban los diez millones de pesos.
Le sonrió con incomodidad.
—Miramos nosotras, gracias.
La sonrisa de la subencargada cayó al instante.
Después de dar una vuelta, Soledad vio un tapado largo color café claro.
Llamó a una vendedora y le pidió un talle S para probar.
La subencargada se acercó moviendo la cintura. Miró a Soledad con una sonrisa falsa.
—Mirá primero el precio. Acá se prueba cuando hay intención real de compra.
Soledad frunció el ceño y señaló a una clienta que salía del probador.
—¿Y ella no se lo probó?
La subencargada la miró de reojo.
—Ella puede pagarlo. ¿Usted puede?
—Vos...
Soledad miró la etiqueta.
El precio era absurdo.
Tomó el brazo de Giulia.
—Vamos.
Giulia no se movió.
Miró a la subencargada con ojos fríos.
—Envuélvalo.
—Giu, no. Es carísimo.
Giulia la miró y habló suave:
—No pasa nada. Te lo regalo.
Desde que Dulce volvió, Soledad no había dejado de ayudarla. Giulia quería darle una sorpresa desde hacía rato.
Al ver que de verdad iba a comprarlo, la subencargada levantó enseguida la sonrisa.
Pero Giulia no quiso darle la comisión.
Señaló a una vendedora joven.
—Ella me cobra y lo envuelve.
La cara de la subencargada volvió a ponerse fea.
Entonces entró otra persona.
Wanda se quitó los anteojos de sol.
Sus ojos se cruzaron con los de Giulia.
Cuando los enemigos se encuentran, el odio se nota.
Si en La Cúpula Giulia no la hubiera reducido a golpes, Wanda habría corrido a darle varias cachetadas.
Casi había perdido todos sus trabajos. El círculo la miraba como un chiste. Vivía como alguien a quien cualquiera podía pisar.
Todo por culpa de Giulia.
Si Giulia no hubiera competido con Micaela por la campaña, no habría ocurrido el escándalo en La Cúpula y ella no habría ofendido a Julián.
Wanda apretó los dientes.
Giulia ni siquiera la miró.
Tomó a Soledad y siguió recorriendo la tienda.
Pero cada prenda que Giulia tocaba, Wanda ordenaba enseguida:
—Esa también. La compro.
La subencargada cambió por completo. Seguía a Wanda con una sonrisa enorme y servil.
Giulia se detuvo y la miró en silencio.
Wanda levantó la barbilla.
—¿Qué pasa? ¿Sin plata querés hacerte la rica?
La subencargada, para congraciarse, agregó:
—Wanda tiene razón. Hay gente que por fuera se ve elegante, pero por dentro no tiene un peso. Y aun así quiere aparentar.
Seguía resentida porque Giulia le había dado la venta a otra empleada.
Giulia sonrió apenas.
—Wanda, te dieron de baja todas las campañas que venían por el holding Alcázar. ¿Todavía conseguís contratos? Mejor cuidá la plata.
La frase dio justo en la herida.
Wanda explotó.
—¿Tenés cara para decir eso?
Si aquel día Giulia hubiera dicho desde el principio que el chico era el pequeño Alcázar, ella se habría tragado la bronca y jamás lo habría tocado.
Giulia no quiso seguir enredándose.
Hay gente que nunca reconoce su culpa.
Recibió el tapado envuelto de la vendedora joven y estaba por dárselo a Soledad, cuando Wanda lo agarró de golpe.
—Esta prenda también la quiero.
La sonrisa de Giulia se enfrió.
—Soltá.
Wanda no soltó.
La vendedora joven susurró:
—La clienta ya pagó.
La subencargada la fulminó con la mirada y después le sonrió falsamente a Giulia.
—Dale la prenda a Wanda. Te devolvemos el dinero. Después de todo, con esa plata se pagan varios meses de alquiler. Gastarla para aparentar es una lástima.
Cada palabra estaba llena de burla.
Wanda también la miró como si esperara verla humillada.
La insistencia terminó con la paciencia de Giulia.
Movió apenas la muñeca y arrancó la bolsa de las manos de Wanda.
Wanda, tomada por sorpresa, gritó de dolor.
Al levantar la mano, vio marcas rojas en la palma por el tironeo.
Se le llenaron los ojos de sangre.
Llamó a la subencargada y juntas intentaron sujetar a Giulia y Soledad, que se iban.
—¡Basta!
Una voz dura cortó el forcejeo.
La encargada llegó tarde.
La subencargada soltó la mano de mala gana.
Recién entonces notó que con la encargada venían varios hombres de traje.
El que iba al frente era hermoso, distinguido, de postura recta.
Llevaba el saco negro sobre el brazo. La camisa gris humo tenía dos botones abiertos. Parecía estar de pie sin esfuerzo, casi casual, pero su presencia imponía tanto que nadie se atrevía a subestimarlo.
Incluso el gerente Leiva del shopping lo trataba con respeto absoluto.