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Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.

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Capítulo 12: Harina, sudor y lágrimas de risa.

​El sorteo con la moneda de cinco céntimos que realizó el juez de paz dictó la sentencia definitiva: el menú benéfico para el asilo "Los Años Dorados" se prepararía en el obrador de "El Trigo de Oro". A las cinco de la mañana, la atmósfera de la panadería de Ramiro era una balsa de aceite rústico. La luz tenue de las soleras iluminaba los sacos de yute alineados militarmente, el aire olía a cereal limpio y el silencio solo se veía interrumpido por el goteo rítmico del grifo del lavavajillas. Ramiro, con el delantal impecable y las herramientas ordenadas por orden de tamaño sobre la mesa de mármol, respiró hondo, intentando convencerse de que mantendría el control de la situación.

​Entonces, la puerta trasera se abrió de par en par.

​Un estrépito metálico de ruedas chocando contra el umbral rompió la paz del templo. Penélope entró arrastrando tres maletas rígidas de color fucsia fosforito que dejaban marcas de rodadura sobre el suelo de cemento pulido. Sobre las maletas, haciendo un equilibrio precario, cargaba una batidora industrial de diseño retro, pintada de un rosa pastel chillón y completamente cubierta de pegatinas brillantes de unicornios y nubes de azúcar.

​Ramiro se quedó paralizado, con la rasqueta de acero suspendida en el aire. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras sentía que una punzada de dolor físico le cruzaba la frente. Se llevó una mano a la cabeza, hundiéndose los dedos en las sienes.

​—¿Se puede saber qué es todo este circo? —preguntó Ramiro, con la voz ahogada por la incredulidad—. Te dije que esto era una cocina profesional, no la mudanza de una juguetería.

​—Buenos días a ti también, alegría de la huerta —respondió Penélope, dejando caer las maletas con un golpe seco que hizo temblar la báscula de precisión de Ramiro. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, dedicándole una sonrisa cargada de provocación—. Esto es mi arsenal de supervivencia. Si los abuelos van a comer nuestro catering, tienen que ver alegría. Aquí dentro hay colorantes orgánicos liposolubles, tres kilos de sprinkles fluorescentes que brillan en la penumbra y mi batidora "Pinky". Tus boles de barro gris me deprimen el sistema nervioso.

​Ramiro observó cómo ella abría la primera maleta, dejando al descubierto decenas de botes de sirope de todos los colores del arcoíris que comenzaron a invadir las baldas de madera donde descansaban sus harinas de centeno ecológico. La profanación de su espacio sagrado era total. La comisura de su labio izquierdo tembló, atrapado entre el deseo de llamar al juez de paz para aceptar la cárcel y el pánico de ver su reputación pulverizada por la purpurina.

​El caos metodológico tardó menos de quince minutos en manifestarse. El menú exigía doscientas pulguitas de pan tierno para los aperitivos de los ancianos. Ramiro, con la concentración de un cirujano, colocó la masa sobre el mármol y sacó de su estuche un calibre digital de acero inoxidable. Con gestos lentos y calculados, midió el grosor de la lámina de masa: exactamente 12,4 milímetros.

​—Si no mantenemos el grosor estricto, la distribución del calor en el horno será asimétrica y la miga perderá su alveolado homogéneo —explicó Ramiro, sin levantar la vista, con el tono de un catedrático de física de fluidos.

​Una carcajada limpia y sonora resonó en el obrador. Penélope, que ya se había colocado un delantal turquesa sobre su ropa de trabajo, lo miraba apoyada en la amasadora, con los ojos brillantes de pura diversión.

​—¿Un calibre digital para el pan, en serio? Eres un neurótico de campeonato, Ramiro —dijo ella, soltando una risotada—. El pan tiene que respirar, no ir a la universidad.

​Agarró un cuenco de harina con las dos manos, se alejó de la báscula e hizo volar un puñado generoso sobre su propia mesa a ojo, siguiendo el ritmo de una canción pop que tarareaba entre dientes mientras movía las caderas con soltura. Ramiro la observó con los ojos entrecerrados, horrorizado por la falta de rigor métrico. La tensión acumulada en sus hombros desde la tarde anterior en el juzgado empezó a buscar una vía de escape.

​El punto crítico llegó cuando Ramiro se dio la vuelta para revisar la temperatura del agua. De reojo, vio que Penélope sostenía un bote de plástico flexible lleno de un glaseado azul eléctrico de arándanos artificiales y se dirigía con paso decidido hacia la bandeja donde reposaban los panecillos rústicos de ajo que él ya había boleado con esmero.

​—¡No dejes que esa monstruosidad química toque mis piezas! —exclamó Ramiro, cruzando el obrador a zancadas, con el rostro encendido por el pánico.

​—¡Es un toque de contraste visual para los abuelos, aburrido! —replicó ella, apartando el bote hacia su pecho.

​Ramiro estiró el brazo para arrebatárselo. Penélope se plantó con firmeza, aferrando el plástico con ambas manos. Forcejearon en mitad del pasillo estrecho, sus rostros a escasos centímetros el uno del otro, respirando agitados, midiendo sus fuerzas con una terquedad infantil. En el fragor del tirón, los dedos de Ramiro presionaron el centro del envase flexible justo cuando la tapa de rosca cedía por la presión.

​¡Splat!

​Un chorro espeso, pegajoso y de un azul pitufo brillante salió disparado a presión ascendente, impactando directamente en el entrecejo de Ramiro. El glaseado se expandió por sus cejas y comenzó a gotear lentamente por el puente de su nariz, tiñéndole las pestañas de una viscosidad cobalto.

​El silencio que siguió al impacto fue sepulcral. El ventilador del horno rotatorio parecía zumbar con más fuerza en la cocina congelada. Penélope se quedó inmóvil, con el bote vacío en la mano y los ojos abiertos de par en par, asustada por la expresión de estatua de mármol que había adoptado el panadero. Ramiro parpadeó despacio, viendo el mundo a través de un filtro azul azucarado. El orgullo ancestral de "El Trigo de Oro" acababa de ser bombardeado con sirope de repostería barata.

​La mandíbula de Ramiro se tensó. Con una calma terrorífica, bajó la mano hacia la artesa de madera, cogió un pedazo de masa madre sobrante —húmeda, elástica y extremadamente pegajosa—, calculó el ángulo con su ojo libre y estiró el brazo con un golpe de muñeca seco.

​¡Plaf!

​La masa compacta golpeó con precisión matemática el centro de la frente de Penélope, abriéndose como un huevo frito y dejándole la coleta aprisionada contra el cráneo. Ella se quedó boquiabierta, con la boca en forma de "O" perfecta, mientras el peso de la levadura le resbalaba por la ceja izquierda.

​—Has cruzado la línea, tradicional —susurró Penélope, con una chispa peligrosa encendiéndose en su mirada.

​—Tú empezaste con la contaminación cromática, pastelera —respondió Ramiro, esbozando una sonrisa gamberra que jamás se había visto en su rostro pulcro.

​Lo que siguió durante los siguientes tres minutos fue un colapso absoluto de la disciplina laboral. Penélope agarró un puñado de sprinkles multicolores y los lanzó como si fueran confeti de combate, impactando en el pecho del delantal de Ramiro. El panadero contraatacó vaciando un tamiz de harina de fuerza desde lo alto, creando una nube blanca que cubrió por completo la coleta fucsia de la pastelera. Corrieron alrededor de la mesa central, resoplando, lanzándose trozos de hojaldre defectuoso y chorros de colorante amarillo que convertían las paredes de azulejos en un lienzo de arte abstracto contemporáneo.

​En pleno contraataque, Penélope pisó una zona del suelo donde se había derramado un chorro de aceite de oliva para los panes de ajo. Perdió el equilibrio, soltando un grito ahogado mientras sus brazos dibujaban círculos en el aire. Ramiro, por puro instinto reflejo, estiró los suyos para sujetarla por la cintura, pero el impulso de la inercia y el suelo deslizante jugaron en su contra.

​Los dos resbalaron al unísono, cayendo pesadamente sobre el suelo aceitado en un enredo de piernas, brazos y chaquetillas de cocina. Ramiro aterrizó de espaldas y Penélope cayó directamente sobre su pecho, con el rostro a milímetros del suyo, la respiración entrecortada y los corazones latiendo a un ritmo frenético debido al esfuerzo físico.

​Durante dos segundos, se quedaron congelados en esa posición, mirándose a los ojos fijamente. Ramiro tenía la cara azul y la camisa cubierta de fideos de azúcar; Penélope lucía una costra de harina en las mejillas y un trozo de masa madre colgando de la oreja derecha. La seriedad de sus mundos profesionales, la presión del juicio de paz, el miedo al fracaso económico y las amarguras de la competencia vecinal se evaporaron en la absoluta ridiculez de su aspecto actual.

​La comisura de la boca de Penélope tembló primero. Luego, Ramiro soltó un bufido por la nariz que sopló un poco de harina del rostro de ella. En un instante, el obrador se llenó con una carcajada conjunta, estruendosa y liberadora que rebotó en los techos altos de la panadería. Se rieron hasta que les dolieron las costillas, sentados uno al lado del otro en el suelo, apoyando las espaldas contra la estructura metálica de la amasadora industrial, rodeados de montañas de polvo blanco y salpicaduras de colores.

​Ramiro se pasó la mano por la cara, arrastrando el glaseado azul, y miró a Penélope con una calidez inédita en sus ojos. Ella se limpió la frente con el delantal, sonriéndole de una forma sincera que le ablandó las facciones de combate. En mitad de la destrucción de la cocina, ambos descubrieron, con una mezcla de sorpresa y alivio, que trabajar juntos en el foso de la desesperación era, de una forma extraña e inexplicable, lo más divertido que les había pasado en años.

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Cristina Miranda
que lindo va a ser.cuando se.descubra todo!!☺️🥰🤣
Cristina Miranda
Panza llena, corazon contento👏👏🤣🥰
Cristina Miranda
Se esta poniendo bueno, va a terminar como yo dije!!☺️☺️
Cristina Miranda
muy etretenida la historia, liviana, risueña, ya adivino el final, espero que sea como pienso!!😂
Fernanda
se viene una batalla feroz 🤭espero que descubran al verdadero enemigo
Celina Espinoza
🤭duro muy poco la carma
Fernanda
buenas tardes historia ❤️☺️🙏muy divertida
Warriorgame
El olor ok. Pero un sonido tan fuerte... 🤔
Warriorgame
Luces baratas, pero eficaces.
Warriorgame
¿Por qué? Es simplemente publicidad.
Warriorgame
Aunque lo impecable del primero suele atraer, la tecnología pesa mucho actualmente.
Celina Espinoza
felicidades por tu nueva historia🙏
celimar
felicidades autora por esta nueva historia
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