El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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Maldivas arde.
En un vuelo privado Tánger-Malé. 30.000 pies.
-Señor y señora Ríos-, dice la azafata.
-Champán para celebrar la luna de miel-.
Marco y Elena brindan. Pasaportes nuevos. Anillos nuevos. Visa de turista por 30 días. Ninguna Glock a bordo. Primera vez en una década.
-¿Nervioso?-, pregunta Elena. Bikini bajo el vestido blanco. Piel morena de Tánger.
-No-, miente Marco. “¿Tú?”
-Aterrorizada-, sonríe ella. -Se me ha olvidado cómo se está de vacaciones sin mirar salidas de emergencia-.
Se besan. De verdad. Sin cámaras. Sin Varela. Sin Gómez.
Aterrizan en el paraíso.
Isla privada, Maldivas. La increíble agua turquesa.
Villa sobre el agua. Suelo de cristal. Peces debajo de la cama. Nadie en kilómetros.
Marco deshace la maleta. Camisas hawaianas. Elena se prueba el bikini. Rojo.
-Me queda mejor que la tobillera de Yamila-, dice ella.
-Todo te queda mejor-, dice él.
Primer día: snorkel.
Segundo día: sexo en la playa a las 3am.
Tercer día: cócteles sin mirar el reloj. Hora de regresar al hotel.
Les bastó estar a solas en aquel resort privado.
El cuarto día llega ella.
El bar del resort. La mujer con incógnita.
Está sola. En la barra. Vestido negro de lino, aunque fuera haga 35 grados. Pelo castaño, corte bob. Gafas de sol caras. Treinta y tantos.
Y una cicatriz. Fina. Vertical. Le cruza el labio superior desde la nariz. Como si alguien le hubiera rajado la boca y se la hubieran cosido mal.
No mira a nadie. Bebe gin-tonic. Sin tónica.
Marco la ve primero. Se le congela el mojito en la mano.
Elena lo nota. -¿Qué?-
-Nada-, dice él. Demasiado rápido. -Nadie-.
La mujer de la cicatriz levanta la copa. En su dirección. Brinda al aire. Y se va. Descalza. Sin pagar.
El camarero llega corriendo. -Perdonen. La señorita… dijo que invitaba el señor Ríos-.
Elena mira a Marco. Marco mira al mar.
-Yo no conozco a ninguna señorita-, dice él.
Y los dos saben que es mentira.
Elena tiene ganas de vomitar el mojito y la garganta le arde. Elena camina hacia la habitación a paso firme, la busca con la mirada, pero no la encuentra. Tira la puerta con rabia y se acuesta sobre la cama, desnuda, con la mirada ida.
Marco abre segundos después, con el poco aire que le queda.
-¿Quién es?-, pregunta Elena. Ya en la cama. Sin bikini. Sin sonrisa.
-Nadie importante-, dice Marco, de espaldas, mirando el suelo de cristal. Los peces ya no relajan.
-Marco, llevamos cuatro días sin mentirnos. No empieces ahora-.
Silencio. Solo el mar golpeando los pilares.
-Se llama Vera-, dice él al fin. -Vera Kovač. Croata. O serbia. O lo que le convenga esa semana-.
-¿Y qué pinta Vera Kovač en nuestra luna de miel?-
-No lo sé-. Vuelve a mentir. -Hace siete años trabajamos juntos en Zagreb. Operación de Asuntos Internos. Ella era el activo. Yo, su enlace. La cosa… salió mal. La dieron por muerta-.
Elena se incorpora. -¿Estuviste con ella?-
¡Elena…! Le dice Marco.
“¿Estuviste. Con. Ella?”
Marco cierra los ojos. -Una noche. Antes de que todo explotara. Antes de que yo volviera y te encontrara a ti-.
El silencio ahora pesa toneladas.
-¿Y por qué tiene una cicatriz en la boca?-, susurra Elena.
-Porque yo no llegué a tiempo a sacarla-, dice Marco. -Le prometí que volvería a por ella. Y no volví. Elegí volver a ti-.
-Lástima. ¿Por ti, o por ella? Me da lo mismo.
Camina desnuda hacia el baño, mientras Marco queda inmóvil por la bella figura de su esposa que no podrá tocar esta noche. A la mañana siguiente.
Elena no dice nada. Se levanta. Coge la sábana. Se tapa.
Desde ese momento, la luna de miel tiene una tercera persona. Y no está invitada.
Dia 5, en el desayuno. Un mensaje.
Bajo el plato de fruta de Elena, que fue llevado a su habitación. Una servilleta doblada.
Escrita a mano. Tinta negra. Letra angulosa.
_Él te miente, Elena.
Pregúntale por Belgrado.
Pregúntale por el niño.
V._
Elena no dice nada. Le pasa la servilleta a Marco por encima de la mesa.
Marco lee. Arruga la servilleta. Se la mete en el bolsillo.
-¿Belgrado?-, pregunta Elena. Voz plana.
-Vera está jugando-, dice él.
-¿Qué niño, Marco?-
Él aprieta la mandíbula. La cicatriz de la ceja se le marca blanca.
Elena toma su sombrero y sale de la habitación con prisa, necesita llorar porque la garganta le duele al no dejar salir ese grito de rabia y tristeza que contiene.
Marco la sigue de inmediato, pero tropieza antes de poder alcanzarla.
La llama en el pasillo del hotel. Pero al decir su nombre por tercera vez no puede acabar. Porque Vera Kovač aparece en el restaurante. Vestido negro. Descalza. Cicatriz brillando al sol.
-Hola, Daniel-, le dice a él. Luego mira a Elena. Sonríe. La cicatriz le tira del labio. “O debo decir… hola, viuda de Ledesma”.
Marco camina tan rápido que tira una silla.
Elena no se mueve. Pero su cuerpo tiembla al darse cuenta que Marco le mintió.
Vera deja una foto sobre una mesa cerca. Boca abajo.
“Cuando quieras saber la verdad sobre tu marido”, le dice a Elena, “dale la vuelta”.
Se levanta. Le roza el hombro a Marco al pasar. -Me alegro de que sigas vivo, cariño-.
Y se va. Dejando olor a gin y a problemas.
Elena mira la foto. Marco le pone la mano encima antes de que la toque.
“Elena, no”.
“Marco, sí”.
La incertidumbre es un monstruo. Y lleva una rabia envuelta en tristeza a punto de explotar.
Elena levanta la mano de Marco. Va a darle la vuelta a la foto.
Vera Kovač. La mujer que Marco no salvó. La mujer que Elena no conocía.
Y una foto boca abajo que puede quemar Tánger, Maldivas y los 10 años que tardaron en llegar al beso de verdad.
La incertidumbre que Elena tiene es no saber si Vera miente… o si Marco lleva años mintiendo.
Elena toma la foto, no la mira solo la guarda y sale en dirección donde fue Vera...
La divisa caminando en las orillas de la playa u va hacia ella...