Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 2
Capítulo 2: El beso con que me marcó
No hizo falta que Max dijera nada.
Bastó con que llegara hasta ellas, con esa quietud que pesaba más que cualquier grito, para que los dedos de Ariadna se aflojaran solos sobre la muñeca de Renata. La mano que la sujetaba retrocedió como si la madera de la silla quemara. Y Renata, que llevaba seis años aprendiendo a reconocer el instante exacto en que se abre una salida, no lo desperdició.
Se levantó. Tomó su bolsa. Y caminó hacia la puerta sin correr, porque correr habría sido darles el espectáculo completo, mientras a su espalda el salón estallaba en murmullos como una olla destapada.
Cruzó el pasillo alfombrado. Bajó medio tramo de escaleras hacia el vestíbulo, lejos del ruido, hasta una esquina junto a los ventanales donde la ciudad ardía abajo en luces. Solo entonces dejó que el aire le entrara de golpe, ácido, doloroso. Le temblaban las manos. Se las apretó contra el pecho como si pudiera sostenerse el corazón con los dedos.
En el reflejo del cristal se vio a sí misma: pálida, despeinada, con la bata del hospital asomando de la bolsa como un recordatorio de quién era ahora. Cerró los ojos. "Respira, Renata. Es solo una noche más. Has sobrevivido a peores." Pero la voz dentro de su cabeza no le creía del todo, porque ninguna de las peores había incluido a Max mirándola como esta noche la había mirado.
Sacó el teléfono. Tenía que recuperar el control de algo, de lo que fuera. Marcó al número de la familia de su paciente para disculparse, para mover la cita; necesitaba ese caso, necesitaba el dinero. La llamada entró a buzón. Y antes de que pudiera intentar de nuevo, la pantalla se iluminó sola.
Fer.
Contestó al primer tono, casi con alivio.
—Fer.
—¡Comadre, por fin! Te marqué como ocho veces. —La voz de Fernanda llegó atropellada, brillante, la voz de la única persona en el mundo que conocía cada uno de sus secretos: por qué se había casado, por qué se había divorciado, por qué estudió medicina, qué cargaba en silencio—. Oye, ya está. Hablé con administración del Hospital Santa Elena. Aprobaron que tú lleves el caso del señor Montenegro. El papá. El que está… ya sabes, conectado.
A Renata se le cerró la garganta. Genaro Montenegro. El nombre que perseguía sus noches.
—¿Aprobaron? ¿Así, sin más?
—Bueno… —Fernanda titubeó, y ese titubeo le erizó la piel—. Hay un detalle. El hijo puso una condición. Maximiliano. No quisieron decirme cuál. Dijeron que él te la iba a decir en persona.
Renata se quedó muy quieta.
—Comadre, ¿estás bien? Te oigo raro. ¿Dónde andas?
—Te marco luego —murmuró—. Te marco luego, Fer.
Colgó. Y supo, sin necesidad de voltear, que ya no estaba sola.
—Así que es cierto. —La voz de Max le llegó por la espalda, baja, grave, una voz que se había vuelto de hombre en los años que no lo vio—. Te metiste a medicina. Y vienes a rogar por el caso de mi padre.
Renata se giró despacio. Lo tenía a tres pasos, las manos en los bolsillos, mirándola desde una altura que antes no tenía, con una expresión imposible de leer.
—No vengo a rogar nada —dijo ella—. Estoy capacitada. Soy buena en lo que hago.
—Eres buena. —Repitió la palabra como si la probara y no le gustara el sabor—. Qué interesante. La niña que decía que un ciego muerto de hambre no servía para nada, ahora vive de curar gente. —Dio un paso—. Dime, doctora Salas. ¿Te da risa? A mí me da mucha risa.
—Max…
—Para ti soy el señor Montenegro.
La palabra le dolió más de lo que esperaba, y eso la enfureció, porque no tenía derecho a dolerle.
—Bien. —Renata levantó la barbilla—. Señor Montenegro. Su padre lleva seis años conectado a un respirador. Yo puedo cambiar eso, o al menos intentarlo, mejor que cualquiera en este país. Usted decide si su rencor vale más que esa posibilidad.
Algo cruzó la cara de Max, rápido como un relámpago. No era frialdad. Por un segundo, debajo del traje de tres ceros y la loción cara, ella volvió a ver al muchacho que escondía la cabeza entre las manos cada vez que alguien mencionaba a su familia.
—No te atrevas —dijo él en voz muy baja— a usar a mi padre para limpiarte la conciencia.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no. —Sonrió sin un gramo de alegría—. Tú nunca sabes de nada, Rena. Es tu talento. Mirar a alguien a los ojos y jurar que no pasa nada mientras le clavas el cuchillo.
Él alargó la mano y, antes de que ella reaccionara, le quitó el teléfono de entre los dedos.
—Devuélvemelo.
—¿Por qué tanta prisa? —Max ya caminaba, obligándola a seguirlo si quería recuperarlo, hasta un salón contiguo con las luces apagadas y las sillas todavía apiladas de algún evento. La puerta se cerró tras ellos con un clic suave—. ¿A quién le tienes tanto miedo de que te vea conmigo?
—No le tengo miedo a nadie. Dame mi teléfono.
—Mentirosa. —Avanzó. Ella retrocedió, hasta que la espalda le chocó con la pared fría—. Siempre fuiste una mentirosa. Lo único que nunca me mentiste fue esa noche, en la lluvia. Eso sí lo dijiste de corazón, ¿verdad?
Estaba tan cerca que Renata podía oler su loción, algo amaderado y caro, nada que ver con el muchacho de la camisa descolorida. El corazón le golpeaba tan fuerte que estaba segura de que él lo escuchaba.
—Tres días —dijo Max, y por primera vez algo se quebró en su voz—. Me quedé tres días arrodillado frente a ese portón. Bajo el agua. Esperando que salieras a decirme que no lo habías dicho en serio.
—No hagas esto —susurró ella.
—¿Hacer qué?
Y entonces él levantó la mano y le cubrió los ojos con la palma.
El mundo de Renata se volvió negro. Solo quedó el calor de esa mano sobre su cara, su respiración, y la voz de él muy pegada a su oído:
—Ahora la ciega eres tú.
La besó.
No fue un beso. Fue un ajuste de cuentas, seis años de rabia volcados en la boca, duro, furioso, sin una pizca de la ternura del muchacho que ella recordaba. Renata le empujó el pecho con las dos manos, y por un instante interminable su cuerpo la traicionó: porque debajo de la furia, debajo del rencor, estaba el sabor de lo único que alguna vez la había hecho sentir a salvo, y eso era peor que cualquier crueldad.
Cuando él se apartó, los dos respiraban mal.
Renata abrió los ojos. Y lo primero que vio fue su propio teléfono en la mano de Max, la pantalla encendida, congelando la imagen de los dos: su boca contra la de él, la mano de él en su cara.
Una foto.
—¿Qué hiciste? —La sangre se le heló—. Bórrala. Bórrala ahora mismo.
—¿Por qué? —Max ladeó la cabeza, recuperando la frialdad como quien se vuelve a poner una máscara—. Es solo un recuerdo. Una bonita postal de nuestro reencuentro. —El pulgar le rozó la pantalla—. Me pregunto qué pensaría tu querido Bracamonte si le llegara. Tu exmarido todavía anda preguntando por ti, ¿sabías? Sería una pena que viera esto.
El nombre de Rodrigo cayó entre ellos como una hoja de cuchillo.
Y todo el desafío se desplomó en la cara de Renata. No por vergüenza. No por orgullo. Por algo mucho más hondo y más antiguo, algo que Max no podía ni imaginar: que si Rodrigo descubría que ella seguía importándole a Maximiliano Montenegro, lo usaría. Lo perseguiría. Lo enredaría en todo lo que Renata llevaba seis años cargando sola para mantenerlo a salvo.
—Por favor —dijo. Y la palabra le costó más que cualquier humillación de esa noche—. Por favor, Max. A él no. Cualquier cosa menos eso. No se la mandes.
Max se quedó inmóvil.
Había esperado que rogara por su orgullo. Por su reputación. Por su trabajo. Había llevado seis años imaginando ese momento: a Renata Salas suplicándole algo, lo que fuera, para verla por fin desde arriba como ella lo había mirado a él desde arriba aquella noche.
Pero esto no encajaba. Una mujer no se pone blanca como un papel por una foto que solo la deja mal a ella. Una mujer no tiembla así por su reputación. Tiembla así por alguien.
—¿Por qué? —preguntó, y el desprecio se le había caído de la voz sin que se diera cuenta—. ¿Por qué te importa tanto que él no me vea a mí?
Renata no contestó. Apretó los labios y bajó la mirada, y ese silencio dijo más que cualquier respuesta, aunque Max no pudiera descifrarlo.
Él se guardó el teléfono en el bolsillo interior del saco, junto al pecho. Sin borrar nada.
—Me lo voy a quedar —dijo—. Y voy a averiguar qué es lo que me estás escondiendo, Rena. Tengo todo el tiempo del mundo. Y, esta vez, todo el dinero del mundo.
Se dio la vuelta hacia la puerta. Antes de salir, sin mirarla, agregó:
—Mañana a las nueve. Hospital Santa Elena. Si quieres el caso de mi padre, ahí te digo mi condición.
La puerta se cerró.
Y Renata se quedó sola en la oscuridad del salón, con los labios todavía ardiendo y un miedo nuevo instalándosele en el pecho. No el miedo a perder su trabajo. El otro. El que llevaba seis años conteniendo: que el hombre del que había renunciado a todo para proteger acabara, por su culpa, atado al mismo lazo del que ella había intentado salvarlo.
Por primera vez en seis años, Maximiliano Montenegro no supo qué estaba mirando.
Y por primera vez en seis años, Renata supo que ya no iba a poder esconderse de él.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭