Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 16
El bullicio en el colegio comenzó desde muy temprano. Esa semana se realizaría el torneo interescolar de vóley y fútbol, un evento esperado con ansias por todos los estudiantes del pueblo y de las comunidades cercanas. Las calles comenzaron a llenarse de jóvenes con uniformes deportivos de distintos colores y con mochilas cargadas de entusiasmo. La cancha del colegio fue adornada con banderines y se habilitaron puestos de comida alrededor, dándole al evento un aire casi festivo.
Mey estaba emocionada. Era la primera vez que participaría en un torneo con otros colegios. Desde que se unió al equipo de vóley, había descubierto no solo su habilidad sino también una fuente de confianza que nunca imaginó tener. Aquella mañana, su equipo se reunió en el patio, y ella vestía con orgullo el uniforme blanco y azul del colegio. Su cabello castaño estaba recogido en una coleta alta, y aunque el sol era fuerte, el entusiasmo la hacía ignorar cualquier incomodidad.
A la par del torneo de vóley, se celebraba también el campeonato de fútbol. Elian, quien había sido seleccionado como parte del equipo, se encontraba también con su grupo calentando en el campo opuesto. Aunque trataba de concentrarse, no podía evitar mirar de reojo hacia donde estaba Mey. Y menos aún cuando notó que ella conversaba con un chico desconocido.
Ese chico había llegado con el equipo de vóley de un colegio de una ciudad cercana. Era alto, delgado, de piel clara, con un cabello perfectamente peinado y unos ojos oscuros que parecían sacados de un dorama coreano. Al menos así lo pensó Mey cuando lo vio por primera vez. Se llamaba Jin, o al menos eso fue lo que escuchó cuando él se presentó. Jin no era el típico joven arrogante de ciudad; al contrario, tenía una voz amable y una sonrisa encantadora. Había llegado acompañando al equipo femenino de su colegio como parte del comité organizador.
—¿Eres del equipo de aquí? —le preguntó Jin a Mey mientras esperaban en la fila para las bebidas.
—Sí... soy Mey —respondió ella un poco nerviosa pero feliz de entablar conversación.
—Encantado, Mey. Soy Jin. Ojalá podamos vernos en el partido —dijo él guiñándole un ojo con naturalidad, lo que hizo que Mey sintiera que el corazón le latía más rápido.
Mientras tanto, Elian observaba la escena desde lejos. No podía oír lo que decían, pero la forma en que se reían y la manera en que Jin miraba a Mey no le agradaba en lo absoluto. Trató de disimular, pero la molestia se reflejaba en sus gestos. Dana, que estaba sentada cerca de él, notó su incomodidad.
—¿Qué pasa, Elian? ¿No estás concentrado en el partido?
—Nada, es solo que... ese chico parece muy confiado —respondió él mientras estiraba los brazos.
—¿Te refieres a Jin? Es simpático. Mey parece llevarse bien con él —comentó Dana sin malicia, aunque Elian frunció ligeramente el ceño.
La jornada avanzó con los primeros partidos. El equipo de fútbol tuvo un partido difícil, pero lograron empatar. Elian jugó con energía, aunque con algo de distracción. Por su parte, el equipo de vóley femenino se enfrentó al colegio visitante en un partido reñido. Mey brilló en la cancha: sus saques y remates sorprendieron al público. Aunque su equipo no ganó, fue ovacionada por su esfuerzo y pasión. Jin, desde las gradas, aplaudía con entusiasmo.
—¡Buen juego, Mey! —le gritó al final, haciendo que ella se sonrojara frente a todos.
Guillermo, que había estado observando desde una esquina, sonrió de lado.
—Parece que alguien ha llamado la atención —le dijo a Mey más tarde cuando se encontraron cerca del puesto de comida.
—Ay, Guillermo, ni lo digas —dijo ella con la cara roja.
—No te preocupes. Está bien que conozcas gente nueva. Además, Jin parece buena persona.
Guillermo siempre encontraba las palabras adecuadas para calmarla. Su forma tranquila de ser le daba seguridad, y aunque entre ellos no había nada más allá de la amistad, Mey valoraba profundamente su compañía.
Elian los vio conversando y no pudo evitar sentirse incómodo otra vez. Por un lado, Jin. Por el otro, Guillermo. Sentía que perdía a Mey y eso le costaba admitirlo.
Durante la tarde, hubo actividades culturales y juegos para integrar a los estudiantes de los distintos colegios. Mey se unió a algunos grupos para hacer dinámicas y descubrió que podía hablar con otras chicas sin sentirse juzgada. Por primera vez, se sintió parte de algo más grande. Era una nueva etapa.
Al final del día, mientras regresaban a casa, Mey caminaba con Dana y le contó todo lo que había pasado.
—¿Sabes? Creo que me gusta esto... conocer gente nueva, competir, sentirme útil —dijo Mey con una sonrisa.
—Y ese chico nuevo también, ¿no? —preguntó Dana entre risas.
—¡No es eso! Bueno, tal vez un poco... —confesó Mey mientras ambas reían.
Esa noche, Mey escribió en su cuaderno de notas:
"Hoy sentí que por fin estoy encajando. Me gusta este pueblo, me gusta el colegio y me gusta esta nueva versión de mí. Tal vez no todo es perfecto, pero estoy creciendo... y eso me emociona."
En la semana siguiente al torneo, Jin siguió escribiéndole a Mey por redes sociales. Intercambiaron gustos musicales, series favoritas y hasta promesas de visitarse en vacaciones. Mey, aunque se sentía halagada, también se preguntaba si todo eso era real o solo parte de un momento.
Por su parte, Elian se volvió más distante. No hablaba mucho en clase y en los ensayos de la banda apenas cruzaba palabras con ella. Mey lo notaba, y aunque sentía tristeza por ese distanciamiento, también entendía que no podía vivir pendiente de las emociones ajenas. Guillermo, sin buscarlo, se volvió más presente en su día a día. A veces, incluso, la esperaba para caminar juntos al colegio.
Una tarde mientras regresaban a casa, Guillermo le dijo:
—¿Sabes? Me gusta verte feliz. Y si ese chico Jin lo logra, entonces bien por ti. Pero si alguna vez te hace daño... dímelo. Porque yo sí lo haré correr.
Mey se rió fuerte, pero también se sintió agradecida. Esa tarde, el cielo del pueblo estaba despejado, y en medio del silencio del campo, entendió que la vida, aunque complicada, tenía también momentos preciosos que valían la pena.