Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.
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Capítulo 16
Capítulo 016: La voz robada
El sanador ward de Moonveil era demasiado blanco.
Paredes blancas, luces blancas, sábanas blancas. Todo olía a alcohol, hierbas limpias y miedo cuidadosamente lavado. Valeria odiaba lo mucho que ese lugar intentaba parecer seguro.
Sebastián estaba junto a la cama, de pie, con los brazos cruzados y el rostro de quien llevaba media hora sin romper nada solo porque ella se lo había pedido.
—Estoy bien —dijo Valeria.
El sanador que revisaba sus pupilas no levantó la vista.
—No está bien.
Sebastián le lanzó una mirada que habría hecho confesar a una pared.
Valeria suspiró.
—Estoy consciente.
—Eso sí —dijo el sanador—. Bien, no.
Era un hombre mayor, de manos firmes y olor a salvia. No parecía impresionado por Alphas, Elders ni candidatas a Luna medio desmayadas por tocar piedras antiguas.
Valeria decidió que le caía bien.
—¿Qué pasó? —preguntó Sebastián.
—La piedra activó una memoria de linaje —respondió el sanador—. Eso no debería ocurrir con tanta fuerza salvo que la sangre de la señorita Marín tenga acceso directo a registros lunares antiguos.
Sebastián miró a Valeria.
Ella miró la sábana.
—Interesante —dijo él.
—No empieces.
—No he empezado.
—Tu cara empezó.
El sanador hizo un sonido que pudo haber sido tos o risa.
Sebastián no se movió.
—¿Y el desmayo?
El sanador tomó una tira de papel reactivo y la acercó a una muestra de sangre. La línea se volvió verde pálido.
El aire cambió.
Valeria lo supo antes de que dijera nada.
Acónito.
No suficiente para tumbarla.
Suficiente para mantener a su loba bajo agua.
—Microdosis —dijo el sanador—. Antigua. No de esta noche.
Sebastián dejó de respirar.
Valeria sintió el frío bajar por su espalda.
—¿Cuánto tiempo?
—Meses, quizá años en dosis irregulares. Lo bastante bajo para confundirse con cansancio, ansiedad, mala adaptación a la presión de rango. Lo bastante constante para afectar la voz interna de la loba.
La voz interna.
Valeria cerró los ojos.
En la otra vida, le habían arrancado la voz al final.
Pero tal vez habían empezado mucho antes.
Con tazas.
Con perfumes.
Con remedios para los nervios.
Con una hermana que sonreía demasiado.
—Mi loba siempre fue... débil —dijo.
La palabra le supo mal.
Sebastián respondió antes que el sanador.
—No.
Valeria abrió los ojos.
Él estaba furioso.
No con ella.
Eso era lo que volvía la furia soportable.
—No vuelvas a llamarla así —dijo—. Si la mantuvieron drogada, sobrevivió más que muchos lobos completos.
El pecho de Valeria dolió.
Su loba, al fondo, hizo un sonido pequeño.
No un gruñido.
Algo parecido a un sollozo.
El sanador continuó:
—También hay restos de un sello de sangre viejo. No activo como el de Marina Solís, pero sí suficiente para interferir con la conexión entre cuerpo humano y loba.
Sebastián se acercó a la cama.
—¿Puede romperlo?
—No esta noche. Si lo fuerzo, podría provocar una transformación incompleta o una crisis de acónito. Necesita limpieza gradual, descanso y proximidad estable con aquello que su loba reconoce como seguro.
Valeria ya sabía lo que venía.
Sebastián también.
El sanador los miró a ambos por encima de sus lentes.
—No me paguen para fingir que no huelo el vínculo. Ella se estabiliza cuando él está cerca.
Valeria se cubrió la cara con una mano.
—Maravilloso.
Sebastián, traidor, parecía menos molesto con esa parte del diagnóstico.
—¿Qué tan cerca?
—No encima de ella, Alpha.
Valeria bajó la mano solo para mirarlo.
El sanador siguió:
—Misma casa, idealmente. Distancias largas, no. Estrés alto sin contacto de anclaje, tampoco. Y nada de ceremonias de marca hasta que la loba pueda responder sin dolor.
Sebastián se quedó serio.
—Eso nunca estuvo sobre la mesa.
Valeria lo miró.
Él no apartó los ojos del sanador.
Lo dijo como si cualquier otra posibilidad fuera una ofensa.
La gratitud le apretó la garganta.
—Hay otra cosa —dijo el sanador.
Nadie en la sala quería otra cosa.
La hubo de todos modos.
El hombre sacó un informe antiguo de una carpeta digital.
—Encontré un patrón similar en registros no indexados de Moonveil. Pruebas de supresión de voz y transformación en mujeres de línea Luna. Hace veinte años. Caso cerrado por orden del Consejo.
Sebastián se volvió lento.
—¿Nombre?
El sanador dudó.
Valeria ya sentía el olor antes de oírlo.
Lavanda blanca.
Luna limpia.
Lucía.
—Luna Lucía de la Vega —dijo el sanador.
El silencio fue absoluto.
Sebastián no se movió.
Ni siquiera respiró.
Valeria extendió la mano sin pensarlo.
Sus dedos tocaron los de él.
El vínculo respondió con un calor triste.
No deseo.
No impulso.
Consuelo.
Sebastián miró sus manos juntas como si no supiera qué hacer con algo tan simple.
—Mi madre no murió de fiebre lunar —dijo.
No era una pregunta.
El sanador bajó la mirada.
—No puedo probarlo todavía.
Valeria sintió que la puerta antigua dentro de su sangre volvía a crujir.
Una imagen: Lucía corriendo. Hierro oxidado. Un bastón.
Arturo.
No lo dijo.
Aún no.
Pero Sebastián la conocía demasiado bien para no notar el golpe.
—Viste algo.
Valeria apretó su mano.
—Un fragmento.
—¿De ella?
—Sí.
El dolor en los ojos de Sebastián fue más íntimo que cualquier caricia.
—Dímelo.
Valeria miró al sanador.
El hombre entendió y se retiró sin hacer ruido.
Cuando quedaron solos, la sala blanca pareció menos clínica y más frágil.
Valeria no soltó su mano.
—Vi a Lucía corriendo —dijo—. Vi acónito. Y escuché a un hombre decir que si su hijo heredaba, el Consejo dejaría de gobernar desde la sombra.
Sebastián cerró los ojos.
Su lobo no rugió.
Eso fue lo peor.
Solo se hundió en un silencio tan profundo que Valeria quiso acercarse, abrazarlo, sostenerlo como él la había sostenido en una muerte que todavía no podía contarle completa.
—Sebastián...
Él abrió los ojos.
El dorado estaba allí.
Frío.
—¿Quién?
Valeria pensó en el bastón.
En el hierro oxidado.
En el olor de Arturo llenando el campo.
—No tengo prueba suficiente.
—No pregunté eso.
Ella sostuvo su mirada.
—Por eso no te voy a responder todavía.
Su aura golpeó la habitación.
Valeria sintió la presión, pero no bajó la cabeza.
El vínculo ardió entre ambos.
Sebastián respiró una vez. Luego otra.
Y retiró la orden antes de convertirla en algo que pudiera lastimarla.
—Tienes razón —dijo, con la voz rota de rabia—. Pero odio que la tengas.
Valeria, por primera vez esa noche, sonrió apenas.
—Yo también.
El monitor junto a la cama pitó suave.
El informe de sangre seguía abierto.
Microdosis de acónito.
Sello de supresión.
Voz robada.
Valeria miró sus manos unidas.
—Sebastián.
—¿Qué?
—Si me mantuvieron así durante años, entonces Isabela no actuó sola.
Él entrelazó sus dedos con los de ella.
—No.
La tormenta volvió a su aroma.
—Y cuando encuentre a quien empezó esto, no va a bastar con una revisión de Luna.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
y los cachorros para cuando
tarde
pero sale
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho