En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 17
El eco del último disparo se extinguió en la neblina de la carretera, dejando tras de sí un pitido sordo en mis oídos que competía con el golpeteo de la lluvia sobre el asfalto. Isabella estaba de rodillas, con el vestido de seda blanca arruinado por el barro, pareciendo una aparición espectral bajo la luz mortecina de los faros del Mercedes. Federico sangraba por el hombro, emitiendo gemidos que se perdían en el viento, mientras Julián permanecía de pie, con el arma aún caliente, mirando el lugar donde su hermana había exhalado su último suspiro años atrás.
No sentí la catarsis que los libros prometen. No hubo una explosión de alegría ni un peso que se levantara de mis hombros. Lo que sentí fue una frialdad absoluta, una calma gélida que me indicó que Marina, la niña que buscaba justicia, finalmente le había cedido todo el control a Elena Valerius, la mujer que solo entendía de resultados.
—Se acabó, Isabella —dije, mi voz saliendo tan estable que me asustó a mí misma—. La policía está a menos de dos kilómetros. Julián tiene la confesión grabada y las pruebas del sabotaje. Ya no eres la víctima de esta historia. Eres el despojo que el apellido De la Vega siempre intentó ocultar.
Isabella levantó la cabeza. Sus ojos, antes llenos de una arrogancia real, ahora estaban vacíos.
—¿Por qué no me matas? —susurró—. Sería más digno que lo que me espera.
—La dignidad es algo que perdiste cuando dejaste que me llevaran encadenada por tu culpa —respondí, guardando mi arma en la gabardina—. Quiero que vivas. Quiero que pases cada noche en una celda de dos por tres metros, escuchando el goteo del agua y el rugido de las otras presas. Quiero que sientas cómo el tiempo se estira hasta volverse insoportable, tal como yo lo sentí. La muerte es un regalo que no te voy a dar.
El pacto de las sombras
Julián se acercó a mí. Su rostro estaba salpicado de gotas de lluvia y sangre ajena. Por un momento, vi en él al hombre que podría haber sido si la tragedia no nos hubiera unido: alguien noble, protector. Pero la oscuridad de la carretera nos envolvía a ambos.
—Vete de aquí, Elena —dijo Julián, usando mi nombre falso con una naturalidad que sellaba nuestro pacto—. Yo me quedaré. Diré que Federico intentó matarme y que disparé en defensa propia. Tengo el historial de sus llamadas a los sicarios. Con el escándalo de la Torre Norte, nadie dudará de que los De la Vega intentaron eliminar al último testigo.
—¿Estás seguro? —le pregunté, mirando las luces de las sirenas que ya asomaban por la curva—. Podrías ir a prisión.
—Ya he estado en una prisión mental durante cinco años, Marina. Esto es solo el trámite final para ser libre. Tú tienes que estar fuera. Alguien tiene que estar en la cima para asegurarse de que el nombre de Lucía se limpie y que estos monstruos no vuelvan a levantarse.
Le apreté la mano. Era una despedida y una promesa. Subí a mi coche y arranqué, dejando atrás el escenario del crimen. Por el espejo retrovisor, vi cómo las luces azules y rojas envolvían a Isabella y Federico. El primer acto de mi vida había terminado en ese mismo lugar, y el segundo, el de la destrucción, también se cerraba allí.
La toma del trono
Al llegar al ático, no me permití el lujo de descansar. Me despojé de la ropa mojada y me puse un traje de sastre negro, severo, impecable. "La Maestra" me había enseñado que el poder no se hereda, se arrebata en los momentos de mayor caos.
Encendí la red de servidores seguros que Antonia administraba desde las sombras. Las noticias ya estaban ardiendo. El "Ataque a Julián Torres" y el "Infarto de Arturo De la Vega" eran los titulares que dominaban cada pantalla. El imperio estaba acéfalo, y los buitres del mercado ya estaban empezando a picotear los restos de las acciones.
—Es hora, Antonia —dije frente al micrófono encriptado.
—Las órdenes de compra están listas, Marina —respondió la voz rasposa de mi mentora desde su celda lejana—. El fondo Valerius posee ahora el 42% de la deuda convertible de De la Vega Constructions. En el momento en que se abra la bolsa mañana, tú no serás una inversora externa. Serás la dueña mayoritaria de sus cenizas.
Pasé el resto de la noche redactando el comunicado de prensa que cambiaría la narrativa para siempre. No mencioné mi pasado. No hablé de Marina. Elena Valerius se presentaría como la salvadora, la mujer que intervino para limpiar la corrupción de una familia decadente y proteger los empleos de miles de trabajadores. Era una mentira brillante, tejida con los mismos hilos de hipocresía que Arturo había usado durante décadas.
El último aliento del titán
A las seis de la mañana, recibí una llamada del hospital. Arturo De la Vega había fallecido sin recuperar el conocimiento. El hombre que me dio la vida y me la arrebató con un gesto de desprecio ya no existía.
Fui al hospital, no por dolor, sino por protocolo. Beatriz estaba en la sala de espera, rodeada de abogados y asistentes que ya empezaban a mirarla con la piedad que se le reserva a los que han caído en desgracia. Al verme llegar, se levantó, intentando recuperar su postura de gran dama.
—¿Qué haces aquí, Elena? —preguntó con voz trémula—. Mi marido ha muerto. Isabella está detenida... Federico está en cirugía... No es momento para negocios.
—Al contrario, Beatriz. Es el único momento —respondí, entregándole una carpeta con el sello del Grupo Valerius—. Arturo murió debiéndome más de lo que toda esta ciudad vale. He ejecutado las garantías. La mansión, las cuentas personales, las propiedades en el extranjero... todo ha pasado a manos de mi fondo esta madrugada.
Beatriz abrió la carpeta y sus ojos se llenaron de un terror genuino.
—No puedes hacernos esto... ¡Somos los De la Vega!
—Ya no lo sois —sentencié, acercándome a ella para que pudiera ver el frío en mis ojos—. Sois una anécdota en las páginas de sucesos. Tienes veinticuatro horas para abandonar la casa. Puedes llevarte tu ropa, pero las joyas que Arturo te compró con el dinero de las víctimas de sus edificios... esas se quedan.
Me dio la espalda y caminé hacia la salida. En el vestíbulo, los periodistas me rodearon. Los flashes de las cámaras me cegaban, pero no me detuve.
—¿Srta. Valerius? ¿Es cierto que su fondo ha tomado el control de la constructora? ¿Qué pasará con la familia De la Vega?
Me detuve frente al micrófono principal.
—El Grupo Valerius se compromete a la transparencia total. Colaboraremos con la justicia en el caso de la Torre Norte y en la reapertura del caso del accidente de Lucía Torres. En cuanto a la familia... —hice una pausa deliberada— ...creo que ya han dicho todo lo que tenían que decir. El futuro de esta ciudad ya no les pertenece.
El inicio de la larga partida
Regresé a mi oficina y miré el mapa de la ciudad. El Arco 2: La Metamorfosis, estaba concluyendo. Había logrado lo imposible: volver de entre los muertos, despojar a mis verdugos y sentarme en su trono sin que nadie sospechara mi verdadero origen.
Pero sabía que esto era solo el comienzo. Un imperio construido sobre ruinas requiere una vigilancia constante. Isabella lucharía desde la cárcel. Beatriz buscaría aliados entre las viejas familias que odiaban a los advenedizos como "Elena Valerius". Y yo... yo tenía que aprender a vivir con el hecho de que me había convertido en la mujer más poderosa de la región, pero al precio de no poder volver a ser Marina nunca más.
Miré la fotografía de Lucía Torres que guardaba en mi escritorio.
—Ya casi está, Lucía. Arturo ha muerto en la deshonra. Isabella está tras las rejas. Pero aún faltan 24 pasos en este tablero para que el círculo se cierre por completo.
Cerré los ojos por un momento, permitiéndome sentir el silencio de la oficina. Mañana empezaría la reestructuración. Mañana, Elena Valerius sería la cara de la nueva economía. Pero esta noche, en la oscuridad de mi ático, Marina De la Vega finalmente pudo dormir sin soñar con rejas.