Valeria Álvarez ha hecho de su vida una fortaleza llena de éxitos.
Arquitecta consagrada, brillante y dueña absoluta de su vida, vive bajo una única norma: nada que la ate, nada que la distraiga, nada que comprometa la libertad que tanto le costó ganar. Sus noches pueden ser intensas, pero siempre breves; su corazón, innegociablemente cerrado.
Hasta que, en una de esas noches sin nombre, un desconocido la hace perder el control que tanto presume dominar.
Un beso que incendia.
Un toque que desarma.
Una decisión impulsiva que no quiere repetir… ni olvidar.
Lo último que espera es verlo entrar a su estudio días después.
Mucho menos descubrir que es su nuevo asistente.
Impuesto. Inamovible.
E hijo de uno de sus inversores más poderosos.
Él es joven, talentoso y peligrosamente seguro de lo que quiere: a ella.
Valeria se aferra a sus límites, a su experiencia, a su distancia.
Pero cada mirada pesa, cada roce la contradice, cada discusión los acerca más de lo que deberían.
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Una noche extraña
La semana transcurrió con la misma practicidad y perfección de siempre. Y la noche del sábado llegó con un cielo limpio y una temperatura suave, perfecta para una salida que prometía descontrol. Después de una ducha larga que logró borrar las últimas tensiones de la semana, Valeria, se paró frente al espejo de su vestidor, observó su imagen y le gustó lo que vió. Se recordó cuando era una niña regordeta y soñadora con coletas y pecas por todos lados, y ahora contemplaba a una mujer que había logrado conseguir que sus sueños se hicieran realidad. Y si bien ahora no era delgada, se sentía sumamente complacida con cada curva de su cuerpo.
No necesitaba hacer mucho para llamar la atención.
Pero aun así… lo hacía.
Eligió un vestido negro corto, de tirantes finos, que se ajustaba a su cintura y delineaba sus curvas con un equilibrio impecable entre elegancia y provocación. El escote era leve, tenía la sutilidad exacta que atraía miradas sin pedir permiso. Sus caderas anchas destacaban mientras que sus piernas quedaban al descubierto, realzadas por unos tacones aguja color vino.
Dejó caer su melena sobre los hombros de forma natural, y añadió un maquillaje que intensificaba su mirada: sombras ahumadas, labios rojo sangre.
Se sentía perfecta… pero no para gustarle a alguien.
Perfecta porque ella disfrutaba verse así.
Samuel entró al vestidor sin golpear, como siempre.
—¡Santo Dios del erotismo moderno! —exclamó llevándose una mano al pecho—. ¿Es legal salir a la calle con ese cuerpo, Val?
Ella rodó los ojos mientras se colocaba unos aros dorados.
—Deja de dramatizar y vámonos antes de que se me pase el impulso.
—Ay, no, si con ese vestido se va a pasar cualquier cosa menos el impulso —respondió él, chasqueando la lengua mientras la rodeaba como jurado de pasarela—. Pareces una diosa dispuesta a destruir matrimonios.
Valeria sonrió con picardía.
—No destruyo matrimonios. Destruyo egos masculinos, que es distinto.—replicó guiñando un ojo.
Samuel soltó una carcajada y le ofreció el brazo.
—Vamos, mi reina salvaje. Hoy te voy a llevar a un lugar donde vas a olvidarte hasta de tu nombre.
El antro se llamaba Éter, y desde afuera se veía como un cubo de vidrio oscuro con luces violetas pululando en la entrada. Una fila de gente se extendía por la vereda, Valeria frunció el ceño, pero Samuel sonrió de lado y la tomó de la mano.
—Tranquila, yo tengo mis contactos.
El guardia los vio y abrió la cinta inmediatamente.
—Buenas noches, doctor Morales. Adelante.
Valeria arqueó una ceja.
—¿Desde cuándo eres amigo del personal de seguridad?
—Desde que uno de ellos me salvó de un ex tóxico. Pero esa es historia para otra noche.
Entraron.
El interior del lugar era una combinación de luces en tonos rojos, música con bajo profundo y una atmósfera cargada de sensualidad. Cuerpos moviéndose, copas brillando bajo las luces, el perfume dulce del alcohol mezclado con notas de deseo flotando en el aire.
A Valeria le encantaba ese tipo de ambientes, porque allí nadie pedía explicaciones, nadie juzgaba, nadie esperaba nada.
Solo placer, por el tiempo que durara la noche.
Samuel se inclinó hacia ella.
—Preparate. Este lugar es pura tentación.
—Perfecto —respondió Valeria, con seguridad—. Yo también lo soy.
Pidieron tragos y caminaron hasta la zona del bar. Fue entonces cuando Valeria lo vio.
Él estaba apoyado contra la barra, sosteniendo una copa con una seguridad tranquila, casi arrogante, que pocos hombres jóvenes tenían. Y aunque su rostro tenía la frescura de alguien que no pasaba de los veinticuatro o veinticinco años, su aura era distinta: madura, intensa, con una sombra de misterio que atraía como un imán.
Cabello negro, corto a los costados y algo rebelde arriba.
Ojos claros —un verde ambarino que resaltaba incluso bajo la luz rojiza—.
Rasgos definidos, mandíbula firme, labios llenos que parecían hechos para el pecado.
El cuerpo… bueno, el cuerpo era la definición visual de gimnasio constante: hombros amplios, brazos marcados, camiseta ajustada que dejaba ver un torso que prometía más de lo que mostraba.
Él levantó la vista.
La vio.
Y sonrió.
No fue una sonrisa cualquiera. Fue lenta, cargada de reconocimiento y desafío.
Una sonrisa que decía: “Te vi entrar, y te irás conmigo.”
Valeria sintió un pequeño tirón en el estómago. Ella nunca se sorprendía, nunca perdía el control, pero esa mirada… esa mirada la tocó desde lejos.
Samuel notó el intercambio y abrió los ojos como dos lunas.
—Eh… nena… ¿has visto al adonis que te está devorando con los ojos?
—No me está devorando —respondió ella, sin apartar la mirada—. Está jugando.
—¿Y tú vas a jugar también?
—No lo sé, se nota que es bastante más joven.
—¿Y eso es un problema?
—Tal vez —mintió ella, porque ya había decidido que sí—. Pero tiene algo que me intriga.
El joven dejó la copa en la barra y empezó a caminar hacia ellos, sin prisa, sin nervios, mostrando que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Como si ella fuera un objetivo.
Como si no le importara que ella fuera claramente mayor.
Como si la edad no fuera nada.
Valeria enderezó los hombros.
Le sostuvo la mirada sin pestañear.
Lo esperó.
Y él llegó, parándose frente a ella con esa sonrisa ladeada que prometía problemas deliciosos.
—Hola —dijo él, con una voz grave que no coincidía con su juventud—. Te vi desde allá… y tenía que venir.
Valeria sonrió de lado, felina.
—¿Ah sí? ¿Y qué fue lo que viste exactamente?
Él bajó un poco la mirada, despacio, recorriéndola con una audacia que casi rozaba lo insolente. Luego volvió a sus ojos.
—A la mujer más interesante del lugar.
Samuel apretó los labios, conteniendo un chillido.
Valeria, sin perder el control por un segundo, respondió:
—¿Y crees que puedes manejar a una mujer interesante?
Él se acercó un centímetro más, suficiente para que ella sintiera su respiración.
—Estoy dispuesto a descubrirlo.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Valeria sintió que el juego se le escapaba un poco de las manos.