NovelToon NovelToon
"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Brujas / Maldición / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Claudette

En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.

Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.

Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.

Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.

NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: EL DESPERTAR DE LAS SOMBRAS

Alessandra no durmió bien. No es que durmiera bien nunca, pero esa noche fue diferente. Las sombras no la dejaron en paz.

Soñó con un bosque que no conocía, con árboles que susurraban su nombre con voces que no podía entender. Soñó con un lago negro como el azabache, y en el centro, una luz dorada que latía como un corazón. Quería acercarse, pero algo la sujetaba. Algo invisible, algo antiguo, algo que llevaba toda la vida sujetándola.

Despertó con el corazón acelerado y las manos en los puños.

La habitación estaba en penumbra. La luna ya no se veía por la ventana, pero había una luz tenue, gris, que anunciaba el amanecer. Alessandra se incorporó en la cama y se quedó un momento escuchando el silencio. No escuchó pájaros, no escuchó el viento. Solo el latido de su propio corazón, que aún no recuperaba su ritmo normal.

Se levantó. No intentó volver a dormir. Nunca lo hacía.

Bajó las escaleras con pasos silenciosos, sin encender luces. La casa estaba en esa quietud especial que tienen los lugares cuando todos duermen menos uno. Las sombras se replegaban a su paso, como si la reconocieran.

En la cocina, se preparó un café. Mientras el agua calentaba, se acercó a la ventana que daba al jardín interior. El patio estaba cubierto de niebla, una niebla densa que se enredaba entre las plantas y trepaba por las paredes de piedra. En el centro, había un árbol. Un roble viejo, enorme, con ramas que se extendían como brazos abiertos.

Alessandra se quedó mirándolo. Algo en ese árbol le resultaba familiar. No sabía por qué. Nunca había estado allí antes.

—No duermes.

La voz llegó desde la penumbra de la cocina. Alessandra no se sobresaltó. No había escuchado pasos, pero tampoco le sorprendió. Como si supiera que él estaría ahí.

Aeron estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Llevaba la misma ropa que la noche anterior, como si tampoco hubiera dormido. La luz gris del amanecer entraba por las ventanas y se enredaba en su cabello, dándole reflejos cobrizos que no había notado antes.

—Tú tampoco —respondió Alessandra, volviendo su atención a la tetera que empezaba a silbar.

—No necesito dormir mucho.

Apagó el fuego y sirvió el agua en una taza. Cuando se giró, Aeron estaba más cerca. No había escuchado sus pasos, pero estaba ahí, a unos pasos de ella, con los ojos dorados fijos en su rostro.

—¿Café? —ofreció, con una voz más firme de lo que se sentía.

—No tomo café.

—¿Té?

—Tampoco.

Alessandra levantó una ceja.

—¿Alguna vez tomas algo?

—Agua. Ocasionalmente.

—Muy saludable.

Aeron no sonrió, pero algo en sus ojos cambió. Ese brillo de la noche anterior, esa cosa que podía ser diversión o podría ser otra cosa.

—Te vi en el jardín —dijo—. Mirando el árbol.

Alessandra sopló su café, aunque no tenía prisa por beberlo.

—Es un árbol grande. Llamaba la atención.

—¿Te llamó la atención a ti, o llamó a algo dentro de ti?

La pregunta la descolocó. No porque fuera extraña, sino porque era demasiado precisa. Porque sí, algo dentro de ella había respondido a ese árbol. Algo que no podía nombrar.

—Los árboles no llaman —respondió, evadiendo—. Son árboles.

—Ese no es un árbol común.

—¿Ah, no? ¿Qué es entonces?

Aeron la miró en silencio por un momento. Alessandra sostuvo su mirada, como había sostenido todas las miradas de su vida: con la cabeza alta y el corazón cerrado. Pero había algo en esos ojos dorados que hacía que su armadura se sintiera menos sólida. Como si él pudiera ver las grietas que ella misma había olvidado que tenía.

—Algo que ha estado esperando —dijo finalmente—. Como todo en este lugar.

No añadió nada más. Se giró hacia la ventana y se quedó mirando el jardín, con los brazos cruzados y la espalda recta. Alessandra lo observó un momento. En la luz gris del amanecer, con la niebla enredándose en las ventanas, Aeron parecía sacado de otra época. Alguien que no pertenecía del todo a este mundo.

—¿Por qué me miras así? —preguntó él, sin girarse.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras tratando de resolver un problema.

Alessandra tomó un sorbo de café. Estaba demasiado caliente, pero no hizo ningún gesto.

—Soy buena resolviendo problemas.

—¿Y yo parezco un problema?

—Todos parecen un problema hasta que los resuelves.

Aeron se giró entonces, y por primera vez, Alessandra vio algo en su rostro que no era frialdad ni control. Era curiosidad. Una curiosidad profunda, antigua, como si ella fuera un misterio que llevaba siglos esperando descifrar.

—¿Y qué has resuelto de mí?

Alessandra sostuvo su mirada. Las sombras en los bordes de su visión se agitaron, pero no apartó los ojos.

—Que no eres quien dices ser.

El silencio se instaló entre ellos. No era incómodo. Era expectante, como el momento antes de que algo importante suceda.

—¿Quién crees que soy? —preguntó Aeron.

—No lo sé. Pero no eres solo el primo de Sebastián. No eres solo un empresario que regresa de viaje de negocios. Hay algo en ti… —Alessandra hizo una pausa, buscando las palabras—. Algo que no encaja.

—¿Y eso te molesta?

—Me intriga. No es lo mismo.

Aeron dio un paso hacia ella. Solo uno, pero Alessandra sintió el espacio entre ellos reducirse como si alguien hubiera plegado el aire.

—Tú también tienes algo que no encaja —dijo, y su voz era más baja ahora, más íntima—. Algo que llevas dentro desde que naciste. Algo que has estado ignorando toda tu vida.

El corazón de Alessandra dio un salto. No un latido acelerado de emoción, sino algo más profundo. Un eco. Como si esas palabras hubieran tocado una cuerda que llevaba años sin vibrar.

—No sé de qué hablas —dijo, y esta vez su voz no fue tan firme.

—Claro que sabes. —Aeron se acercó otro paso. Estaban a menos de un metro, y él no apartaba los ojos de los suyos—. Las sombras. Las ves desde que eras niña. Te dijeron que eran producto de tu mente, que no eran reales. Pero tú sabes que sí. Siempre lo has sabido.

Alessandra apretó la taza con ambas manos. El calor del café quemaba sus palmas, pero no soltó.

—¿Quién eres?

—Alguien que ha estado esperando encontrarte.

La honestidad de sus palabras la desarmó. No había coqueteo, no había doble sentido. Había una verdad tan pura, tan antigua, que Alessandra no supo cómo responder.

Antes de que pudiera hablar, un ruido en las escaleras rompió el momento. Ambos giraron hacia la entrada de la cocina. Fiorella apareció con el cabello enredado, los ojos entrecerrados y una bata que le llegaba hasta los tobillos.

—¿Ya están tomando café sin mí? —se quejó, frotándose los ojos—. Qué mala educación.

El hechizo se rompió. Aeron se apartó, retomando su postura de brazos cruzados con una naturalidad que hablaba de años de práctica.

—Yo no tomo café —dijo, con una voz que ya era la del hombre distante de la noche anterior.

—Peor entonces —respondió Fiorella, dirigiéndose a la cafetera—. Estás aquí sin siquiera consumir nada. Eso es más grave.

Alessandra no dijo nada. Se quedó junto a la ventana, con la taza aún entre las manos, sintiendo el calor que se escapaba lentamente. No miró a Aeron. Pero supo que él la miraba a ella.

El desayuno fue un asunto ruidoso. Clarissa bajó con Sebastián de la mano, sonriendo como si la noche anterior le hubiera devuelto algo que no sabía que había perdido. Nicolás apareció poco después, trayendo consigo una bandeja de panes recién horneados que, según dijo, “el panadero del pueblo le había encargado para la visita”.

—El panadero —dijo Fiorella con sorna—. Claro.

—Es un panadero muy dedicado —respondió Nicolás con una sonrisa que no revelaba nada.

Aeron se sentó en la cabecera de la mesa, lejos de ella. Durante todo el desayuno, apenas habló. Respondió con monosílabos cuando Fiorella intentó sacarle conversación, ignoró las miradas cómplices de Sebastián, y cada vez que Alessandra levantaba la vista, él estaba mirando su plato o la ventana o cualquier cosa que no fuera ella.

Pero ella sabía que era mentira. Podía sentirlo. Como se siente una tormenta antes de que llegue, como se siente el peso del agua antes de que caiga.

Después del desayuno, Clarissa insistió en mostrarle la finca. Fiorella se ofreció a acompañarlas, pero Sebastián la detuvo con una excusa sobre la compra de provisiones que sonó a invento. Fiorella puso los ojos en blanco, pero aceptó. Alessandra no comentó nada, pero notó que Clarissa sonreía de una manera que no era completamente inocente.

Salieron por la puerta trasera, hacia un sendero que bordeaba el lago. La niebla se había levantado, dejando un día claro y fresco, con un sol que apenas calentaba pero iluminaba todo con una luz dorada.

—Está precioso —dijo Alessandra, y esta vez no fue cortesía.

—Te dije. Es un lugar mágico.

Caminaron en silencio un rato. Clarissa parecía contenta con solo estar allí, con el brazo enganchado en el de su hermana, como cuando eran niñas y caminaban juntas al colegio.

—¿Te gustó Aeron? —preguntó Clarissa de repente, con una naturalidad que era claramente fingida.

—Ya me preguntaste eso anoche.

—Y no me respondiste.

Alessandra apartó la mirada hacia el lago. El agua estaba quieta, reflejando el cielo con una perfección que parecía irreal.

—Es un hombre extraño.

—Es diferente. Pero no es malo.

—No dije que fuera malo.

—Lo pensaste.

Alessandra no negó. Había pensado muchas cosas sobre Aeron Thorne Nightshade. Que era demasiado intenso para ser solo un primo. Que sus ojos dorados no parecían humanos. Que la forma en que la miraba hacía que su pecho se apretara de una manera que no le gustaba.

—¿Por qué me trajiste aquí, Clarissa?

La pregunta salió más directa de lo que pretendía. Clarissa se detuvo, soltó su brazo y la miró con una expresión que Alessandra no recordaba haberle visto. Era seria. Demasiado seria para la hermana menor que siempre había sido la luz de la familia.

—Porque necesitabas venir —dijo—. Porque hay cosas que tienes que saber. Sobre nosotras. Sobre nuestra familia. Sobre lo que eres.

El viento sopló desde el lago, trayendo consigo un aroma a tierra mojada y algo más. Algo que Alessandra no podía identificar pero que su cuerpo reconocía.

—¿Qué soy? —preguntó, y su voz sonó extraña, como si no fuera ella quien hablaba.

Clarissa tomó sus manos, como había hecho la noche anterior. Pero esta vez sus ojos no eran tiernos. Eran firmes. Decididos.

—Eres una bruja, Al. Como yo. Como Fiorella. Como nuestra madre. Y llevas veintiséis años con tu magia sellada porque alguien tuvo miedo de lo que podrías llegar a ser.

Las palabras cayeron sobre Alessandra como piedras en agua quieta. No hubo estrépito, no hubo negación. Solo ondas. Ondas que se expandían en círculos concéntricos, tocando cosas que ella había creído muertas.

—Eso no es posible —dijo, pero su voz no tenía convicción.

—Mírame —dijo Clarissa.

Y antes de que Alessandra pudiera responder, las manos de Clarissa se iluminaron. Una luz tenue, azul, que brotaba de sus palmas como agua de un manantial. No era un truco. No era una ilusión. Era magia. Magia real, palpitante, viva.

Alessandra sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No por el asombro. Por el eco. Porque algo dentro de ella, algo que había estado dormido desde antes de que aprendiera a hablar, estaba despertando.

Las sombras que la habían acompañado toda su vida, las sombras que había enterrado en lo más profundo de su mente, las sombras que creía producto de su imaginación enferma… comenzaron a moverse.

Y esta vez, no estaban en los bordes de su visión.

Estaban frente a ella.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play