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"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Demonios / Villana / Completas
Popularitas:350
Nilai: 5
nombre de autor: glendis

En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."

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capitulo 16

La capital del Sur, Luminaris, se alzaba ante nosotros no como una ciudad, sino como un grito silencioso de marfil y oro atrapado en la garganta del tiempo. Sus torres, diseñadas por arquitectos que adoraban al sol, estaban dispuestas para captar hasta el último destello del atardecer, pero hoy, el cielo sobre ellas era una herida abierta de color violeta y ceniza. No quedaba rastro de la "Gran Alianza". Lo que quedaba eran hombres rotos, sombras de lo que fueron, acurrucados tras murallas que ya no podían protegerlos de una noche que no tenía fin y que, por primera vez, no traía el sueño, sino el juicio.

Caminamos por la Vía de los Reyes. El silencio de la ciudad era tan denso que el tintineo de la armadura de Valerius, marcada por las cicatrices de la batalla anterior, sonaba como las campanas de una ejecución inminente. A ambos lados, los ciudadanos nos observaban desde las rendijas de sus ventanas, con ojos empañados por un terror que ya había superado la capacidad de llorar. No hubo piedras, ni insultos; solo el murmullo del viento arrastrando los restos de los estandartes solares por el suelo.

—Míralos, Elena —susurró Valerius. Su voz, ahora cargada con una vibración que hacía eco en mi propio pecho, era la de un dios que regresa a reclamar lo que nunca debió perder—. Construyeron una civilización entera sobre la mentira de que la luz es la única verdad. Les enseñaron que la oscuridad es el mal, cuando en realidad es el útero de donde todo nace. Hoy, les estamos devolviendo su esencia.

El Descenso al Corazón del Oro

Las puertas del Palacio Real, fundidas en oro sólido y grabadas con la historia de los mil años de luz, no resistieron. No necesité tocarlas. Mi sola presencia, imbuida con el hambre del Vacío, hizo que el metal noble se retorciera y se agrietara, gimiendo como un animal herido antes de desplomarse.

Entramos en el Salón del Trono. La opulencia era insultante: alfombras tejidas con hilos de sol, estatuas de ángeles que nos miraban con juicio de piedra y, al fondo, sentado con una rigidez que delataba el colapso de su alma, el Rey Sol. Llevaba una corona de diamantes tan pesada que parecía hundir su cabeza, intentando desesperadamente reflejar una luz que mis sombras ya habían devorado en las afueras.

—Habéis traído la condenación —dijo el Rey. Su voz no era la de un soberano, sino la de un niño asustado ante el fin del mundo—. Habéis roto el equilibrio sagrado. El mundo no puede sobrevivir sin el sol.

—El equilibrio era una jaula de cristal, anciano —respondí. Cada uno de mis pasos transformaba el mármol blanco en obsidiana líquida que se solidificaba al instante. Mi voz ya no era humana; era un coro de susurros que emanaba de las paredes mismas—. Vuestro sol exigía el sacrificio del silencio. Exigía que seres como Valerius y yo nos arrastráramos por los rincones para no ofender vuestra pureza. Ese contrato se ha quemado.

Valerius se adelantó, desenvainando a Devoradora de Luz. La hoja negra no brillaba; absorbía la poca visibilidad que quedaba en la estancia, creando un túnel de nada absoluta a su alrededor.

—Bájate del trono —ordenó Valerius. No hubo furia en su tono, solo una finalidad gélida—. Ese asiento fue forjado para hombres que necesitan la luz para sentirse valientes. Nosotros somos la razón por la que inventasteis la luz.

El Último Aliento de la Luz

El Rey Sol, en un arranque final de locura o fe, golpeó el pedestal de su trono. Una explosión de luz solar pura, acumulada durante centurias en las entrañas del palacio, estalló hacia nosotros. Fue una supernova contenida en cuatro paredes, un intento de purificación final que debería haber desintegrado cualquier rastro de materia oscura.

Pero yo ya no era una criatura de las sombras. Yo era la dueña del Abismo.

Extendí mis manos y abrí cada poro de mi ser. No bloqueé la luz; la invité. El rayo sagrado entró en mí, y por un segundo, mis venas brillaron con un fuego blanco insoportable. Pero el Vacío dentro de mí no se destruyó; se alimentó. Usé la luz del Rey Sol como combustible, transmutándola en una oscuridad tan pesada que el aire se volvió líquido. El salón se sumió en un eclipse total, una penumbra tan absoluta que el Rey Sol gritó al descubrir que ya no podía ver ni sus propias manos.

Valerius se movió en la negrura como un pez en el agua. Hubo un destello de acero negro, un suspiro de aire cortado, y el reinado de la luz terminó. La corona de diamantes rodó por las gradas, perdiendo su brillo hasta convertirse en trozos de carbón inútil.

La Fundación del Imperio Eterno

Valerius me miró a través de la penumbra. Sus ojos violetas buscaban los míos, encontrando en ellos el reflejo de la misma ambición infinita. Se acercó al trono de oro y, con un gesto de su mano, invocó las sombras del palacio. El metal dorado empezó a derretirse, retorciéndose bajo la influencia del Vacío hasta fundirse con la piedra negra que yo había invocado.

El resultado fue algo que ningún mortal había visto: el Trono del Eclipse. Una estructura de vidrio de abismo y hierro estelar, fría al tacto pero vibrante de poder, diseñada para dos soberanos.

Valerius se sentó y, con una solemnidad que me hizo estremecer, me tendió la mano.

—El mundo ha dejado de gritar, Elena —dijo, tirando de mí para que me sentara a su lado. El trono era vasto, un altar a nuestra unión—. Todo lo que el sol tocaba ahora nos pertenece. No como conquistadores, sino como su propia naturaleza.

Me apoyé contra él, sintiendo cómo nuestras magias se entrelazaban definitivamente, creando una red que cubría el continente entero. A través de los ventanales rotos de Luminaris, vi cómo la oscuridad se asentaba de forma permanente. No era una muerte; era una paz nueva. La gente aprendería a ver en la penumbra, a adorar los astros que nosotros permitiéramos brillar y a temernos como se teme a la propia respiración.

—No es solo un imperio, Valerius —dije, cerrando los ojos y sintiendo el latido del mundo bajo mi mando—. Es nuestra eternidad escrita en las sombras.

—Que así sea —respondió él, sellando el destino de la humanidad con un beso que sabía a victoria y a un fin que era, en realidad, el más glorioso de los principios.

Afuera, la primera nieve negra comenzó a caer sobre la capital del Sur, cubriendo el mármol y el oro, borrando el pasado para dar paso a la Era del Eclipse Eterno. El juego de la paloma y el cuervo había terminado; ahora, solo quedaban los Dioses de la Noche.

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