Ella pasa una noche apasionada y fruto de esa noche queda embarazada su madre hace todo lo posible por separarlos
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Capitulo 22
Se quedaron acostados al lado del pequeño hasta que finalmente se durmió.
Alejandro levantó la mano discretamente, haciendo un gesto a Valeria.
Con cuidado, ambos se levantaron para no despertar a Mateo.
—Necesitamos hablar —dijo Alejandro en voz baja, mientras caminaban hacia la cafetería del hospital.
Se sentaron frente a frente en una mesa aislada. Alejandro tomó aire y le pidió:
—Dime… ¿por qué te fuiste? ¿Por qué no me dijiste que ese hijo era mío?
Valeria bajó la mirada, tragando saliva, y apenas susurró:
—Porque… tenía miedo.
—Ya no debes temer estoy contigo, Es por eso que quiero escucharte y tratar de entenderte Pero tengo muchas preguntas y dudas— Exclamó Alejandro
—Ahora dime ¿Y qué hay del dinero que Te dio mi madre? —preguntó Alejandro, con un hilo de reproche en la voz.
Valeria cerró los ojos, con el corazón latiendo con fuerza.
—Ese dinero… —comenzó, la voz temblando—. Ese dinero fue lo que ella me ofreció para que desapareciera. Me amenazó muchas veces para que me fuera de tu vida.
Tomó aire, intentando mantener la compostura, aunque sus ojos brillaban de tristeza.
—Y… me enteré que estaba embarazada, así que… usé el dinero para irme lejos. Y te juro que jamás habría vuelto si no fuera por Mateo y su tratamiento.
Alejandro la miró, con la mandíbula apretada, sintiendo la mezcla de dolor y ternura en su pecho.
—Sé que lo que hice fue imperdonable —continuó Valeria, con lágrimas que ahora caían libremente—, pero tenía miedo de que tu madre quisiera quitarme a mi hijo… ella me odia tanto.
Alejandro la observó en silencio. Su corazón se conmovió, pero también ardía de frustración y amor. Sabía que todo lo que hizo Valeria fue por proteger a Mateo, y al mismo tiempo, se sentía impotente por no haber estado ahí para ella y su hijo.
El silencio entre ellos estaba lleno de palabras no dichas, de culpas, miedos y deseos, pero también de algo más fuerte: un amor que ni la distancia ni el miedo pudieron apagar.
—Por favor… entiéndeme —dijo Valeria, con la voz quebrada—. Estaba sola, embarazada, tenía miedo… y hice lo que creí que era mejor para la paz de mi cabeza.
Se tomó un instante, tragando saliva y mirando a Alejandro—. Aunque jamás podré perdonarme… porque hice que perdieras tiempo con tu hijo.
Alejandro se levantó lentamente y se sentó a su lado, envolviéndola con cuidado en sus brazos.
—No… perdóname tú —susurró él, con el corazón latiendo a mil—. Yo también me equivoqué. Debí haberte buscado más,
Valeria apoyó la cabeza en su pecho, sintiendo cómo sus brazos la sostenían con firmeza y ternura al mismo tiempo.
Pero en el fondo, Alejandro estaba lleno de furia, no hacia Valeria, sino hacia su propia madre.
¿Cómo se atrevió a mentirles, a sembrar miedo en Valeria, a obligarla a huir y hacerles perder años de tiempo juntos?
—Maldita sea… —murmuró para sí mismo, con los dientes apretados—. ¡Mi madre! Ella casi arruina todo…
En ese instante, mientras abrazaba a Valeria y sentía la respiración tranquila de Mateo en la habitación del hospital, Alejandro comprendió algo: su hijo y Valeria eran lo único que realmente importaba, y ninguna mentira, ninguna amenaza, volvería a separarlos.
Alejandro se sentía culpable.
Cada vez que miraba a Mateo, conectado a esos aparatos, no podía evitar pensar en todo lo que se había perdido. Cada risa, cada palabra, cada noche en la que no estuvo ahí.
—¿Por qué no vas a descansar? —dijo finalmente, mirando a Valeria con suavidad.
Ella negó de inmediato.
—No… quiero quedarme. No quiero volver a dejarlo solo —respondió, con la mirada fija en su hijo.
Alejandro asintió lentamente. La entendía. Demasiado bien.
—Entonces… lo mejor es que nos turnemos —propuso.
Valeria lo miró, sorprendida por la naturalidad de sus palabras… como si siempre hubieran sido un equipo.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Está bien —asintió.
Alejandro dio un paso más cerca de la cama.
—En la noche volveré para quedarme con él —dijo con firmeza—. Tú puedes volver mañana por la mañana.
Valeria volvió a asentir, sintiendo cómo algo dentro de su pecho se aflojaba. Por primera vez en mucho tiempo… no estaba sola.
Hablaron un poco más, en voz baja, compartiendo silencios cómodos y miradas que decían más que cualquier palabra.
Finalmente, Alejandro se acercó a Mateo, se inclinó con cuidado y besó su frente.
—Descansa, campeón… papá vuelve en la noche —susurró.
Luego se giró hacia Valeria. Sus miradas se encontraron por un segundo… cargadas de todo lo que aún no sabían cómo decir.
Y se fue.
Valeria dejó escapar un suspiro largo cuando la puerta se cerró.
Se sentó junto a la cama, tomando la manita de su hijo con suavidad.
—Ya no estamos solos… —murmuró, más para sí misma que para él.
Y por primera vez desde que todo comenzó… sintió alivio.
Pero Alejandro no sentía lo mismo.
Cuando regresó a la mansión, su expresión era completamente distinta.
Ya no era el hombre sereno del hospital.
Era un hombre furioso.
Cada paso que daba resonaba con fuerza en el suelo de mármol. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos oscuros brillaban con una ira contenida que amenazaba con explotar en cualquier momento.
No podía dejar de pensar en una sola cosa.
Su madre.
Todo el dolor de Valeria.
Todo el tiempo perdido.
Todo el miedo que la obligó a huir.
Todo… había sido por ella.
—Esto se terminó… —murmuró entre dientes.
Y esa noche, en la mansión Mendoza, algo estaba a punto de romperse para siempre.