Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Abuela Rosie
Los meses que siguieron transcurrieron con una calma tan profunda que solo alguien que ha conocido la pérdida absoluta puede llegar a valorarla de verdad. Para Lavender, cada día era un regalo silencioso, uno que no pensaba dar por sentado ni una sola vez.
Abrazaba a su abuela Rosie constantemente. No esperaba a “otro momento”, no asumía que el cariño era obvio ni que las palabras sobraban. Se aferraba a ella por la cintura, por las piernas, por el cuello cuando podía, y con la voz más dulce que le permitía su corta edad le decía..
—Te quiero, abuela.
—Gracias.
Rosie reía, sorprendida al principio, enternecida después. Le acariciaba el cabello, le besaba la frente, y aunque no lo decía en voz alta, algo en su mirada había cambiado. Se veía… más liviana. Como si ese afecto explícito le quitara de encima un peso que llevaba desde hacía años.
Lavender, por su parte, hacía todo lo que estaba a su alcance para ayudar. Dentro de las limitaciones de su pequeño cuerpo, claro. Recogía flores caídas y las ordenaba con cuidado. Alcanzaba a pasar herramientas pequeñas. Se sentaba a mirar con atención mientras su abuela trabajaba la tierra, aprendiendo los nombres de las plantas, observando cuándo regar y cuándo esperar. A veces solo se quedaba cerca, en silencio, haciendo compañía, que también era una forma de ayudar.
En la casa barría torpemente, dejando más polvo del que quitaba, pero Rosie nunca la retaba. Lavender acomodaba la mesa, llevaba su propia taza con cuidado para no derramarla, y siempre preguntaba si podía hacer algo más. Esos gestos pequeños, repetidos día tras día, iban tejiendo algo nuevo entre ellas.. una convivencia llena de respeto, no solo de necesidad.
Por las noches, Lavender se dormía con una paz que jamás había conocido. Escuchaba la respiración tranquila de su abuela al otro lado de la pared, el canto lejano de los grillos, el crujir suave de la casa. Cerraba los ojos agradecida, consciente de algo que a su antigua yo le había llevado toda una vida entender..
El amor no se hereda por costumbre.
Se cultiva, como la tierra, con cuidado y constancia.
Y mientras Rosie sonreía más, reía más, descansaba mejor, Lavender sabía.. con la certeza silenciosa de quien ya vio el final.. que cada abrazo, cada “gracias”, cada intento torpe de ayudar… estaba cambiando el destino.
Así pasaron dos años.
Dos años que se deslizaron sin estruendo, marcados no por grandes acontecimientos, sino por la constancia de los días bien vividos. Lavender creció despacio, como crecen las cosas fuertes.. con raíces profundas y sin prisas.
Ya no era la niña torpe que tropezaba con todo. Sus manos, aunque pequeñas, se habían vuelto hábiles. Sabía distinguir las plantas por su forma y su olor, reconocía cuáles servían para comer, cuáles para sanar y cuáles solo para adornar la casa. Acompañaba a su abuela al campo y caminaba a su lado con paso seguro, cargando pequeños canastos, separando flores marchitas de las frescas, aprendiendo cuándo cortar y cuándo esperar.
En la casa, ayudaba de verdad. Barría sin levantar polvo, lavaba verduras, cuidaba que el fuego no se apagara. Podía preparar desayunos sencillos y llevar agua sin derramarla. Cada tarea, por mínima que fuera, la hacía con una seriedad que a veces hacía sonreír a Rosie.
—Pareces una mujercita muy responsable —le decía, con orgullo.
Lavender solo sonreía. No necesitaba explicar que, en otro tiempo, había sabido lo que era no saber hacer nada.
Seguía abrazando a su abuela todos los días. Ya no con la desesperación del miedo, sino con la gratitud tranquila de quien elige amar. Le decía que la quería, que estaba agradecida, que era feliz. Rosie, a cambio, parecía más fuerte, más erguida, como si ese amor constante le devolviera años de vida.
Por las tardes se sentaban juntas a descansar. Lavender escuchaba historias del pasado, de la juventud de su abuela, de tiempos difíciles y decisiones duras. No juzgaba. Aprendía. Guardaba cada palabra como una semilla.
Y a veces, mientras miraba el campo extendido frente a ellas, Lavender pensaba en la mujer que había visto en sueños. En lo inútil que había sido. En lo sola que terminó. No con rencor, sino con una tristeza suave, agradecida por no ser ella esta vez.
Dos años habían bastado para cambiar muchas cosas.
No el mundo entero… pero sí el rumbo de una vida.
La abuela Rosie no se conformaba con enseñarle solo lo que nacía de la tierra. Decía que así como las plantas necesitaban raíces fuertes, las personas necesitaban palabras. Por eso, algunas tardes, cuando el sol ya no quemaba y el trabajo del campo había terminado, sacaba un cuaderno viejo de tapas gastadas y lo ponía sobre la mesa.
—Ahora vamos a leer un poco, mi flor.. Y después escribir.
Lavender se sentaba derecha, con los pies colgando y la espalda muy seria, como si aquello fuera una tarea solemne. Miraba las letras con atención, fingiendo descubrirlas por primera vez. En realidad, ya sabía leer. Las palabras no le eran ajenas.. vivían en su cabeza desde antes, desde otra vida. Así que disimulaba. Se equivocaba a propósito, le pedía a su abuela que le repitiera sonidos simples, sonreía cuando Rosie la felicitaba por “aprender tan rápido”.
La escritura, en cambio, sí era difícil.
Sus manos eran pequeñas, torpes todavía. La pluma pesaba más de lo que parecía, y los trazos salían temblorosos, torcidos, a veces manchados de tinta. Las letras no siempre se quedaban en su lugar. Algunas eran grandes, otras diminutas, y muchas no se parecían en nada a lo que había visto en el cuaderno de su abuela.
Pero no se quejaba.
Fruncía la lengua con concentración, respiraba hondo y lo intentaba otra vez. Una y otra. Cada palabra escrita era una pequeña victoria. Cada línea terminada, un orgullo silencioso.
Rosie la observaba con paciencia infinita. Nunca la apuraba. Le acomodaba los dedos cuando hacía falta, le limpiaba la tinta de la piel con un paño húmedo, y le decía que estaba bien equivocarse.
—Lo importante es hacerlo con ganas..
Y Lavender lo hacía feliz.
Hacía todos sus deberes con una sonrisa, agradecida por cada corrección, por cada tarde compartida. Sabía que ese cuaderno no era solo para aprender a escribir su nombre, sino para construir un futuro distinto. Uno donde no dependería solo de la belleza ni del capricho del destino.
Mientras practicaba letras torcidas y palabras simples, Lavender entendía algo que la llenaba de calma..
Esta vez, no solo estaba aprendiendo a vivir.
Estaba aprendiendo a merecerlo.