A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.
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Capítulo 18
Al salir de la oficina, la noche había caído sobre la ciudad. Zhi Zhi decidió caminar un poco antes de que su chofer la recogiera. Las calles estaban inundadas de parejas tomadas de la mano, de escaparates llenos de corazones y de vendedores de flores. San Valentín. Odiaba esa fecha. La odiaba con cada fibra de su ser porque le recordaba el 14 de febrero en que alguien trabajó doble turno para comprarle rosas que terminaron marchitas en un casillero.
Se detuvo frente a un escaparate de una tienda de relojes de lujo. Allí, un anuncio proyectaba imágenes de éxito y sofisticación. Pero en el reflejo del cristal, vio a una mujer que no reconocía. Una mujer que tenía todo el poder del mundo, pero que guardaba un trozo de chatarra en su bolso de mil dólares como si fuera un tesoro sagrado.
—¿Buscando algo para alguien especial, señorita Zhao?
La voz la sobresaltó. Era Mei, su antigua compañera de la academia, ahora una socialité dedicada a las obras de caridad y a los chismes de alto nivel. Mei lucía un abrigo de piel y una sonrisa de suficiencia.
—Mei. No sabía que estabas en la ciudad —dijo Zhi Zhi, recuperando su máscara de frialdad.
—He vuelto para la reunión de ex-alumnos. ¿Has recibido la invitación? Todo el mundo habla de ello. Dicen que el patrocinador de la cena es alguien... inesperado.
—Kuang la organiza —respondió Zhi Zhi con indiferencia—. No creo que sea para tanto.
Mei soltó una risita nerviosa, ajustándose el bolso.
—Oh, Zhi Zhi, siempre tan desconectada de los rumores de la calle. Kuang es solo el nombre en el sobre. El dinero viene de alguien que ha comprado medio Distrito Norte en los últimos dos años. Alguien que llaman "El Rey del Hierro".
Zhi Zhi sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la nieve.
—¿El Rey del Hierro?
—Un magnate de la tecnología y la infraestructura que salió de la nada —explicó Mei, bajando la voz—. Dicen que es despiadado en los negocios. Y que estudió con nosotros, aunque nadie recuerda haber visto a alguien así en los pasillos de St. Jude. ¿Irás?
—No lo sé. Tengo mucho trabajo —mintió Zhi Zhi.
—Deberías ir. Lin Feng estará allí. Y tu padre me comentó que esperaba que hicieran el anuncio de su compromiso esa noche. Sería el cierre perfecto para San Valentín, ¿no crees?
Zhi Zhi no respondió. Se despidió con un gesto seco y subió a su coche cuando este se detuvo frente a ella. Dentro del vehículo, el silencio era absoluto. Se quitó el moño, dejando que su cabello cayera sobre sus hombros, y sacó la arandela de nuevo.
La miró bajo la luz interior del coche. El óxido se había ido en algunas partes por el roce de sus dedos, revelando un acero oscuro y resistente.
—Siete inviernos, JiNian —susurró para sí misma, y su voz sonó quebrada, como una hoja seca bajo la nieve—. Siete inviernos desde que me dejaste en ese pasillo. Siete inviernos desde que mi padre me dijo que me habías vendido por un billete de avión y una vida tranquila.
El dolor de la traición seguía ahí, fresco como si hubiera ocurrido ayer. Pero junto al dolor, había una curiosidad tóxica, una chispa de esperanza que se negaba a morir. ¿Y si su padre había mentido? ¿Y si ese "Rey del Hierro" era el mismo chico de barro que una vez prometió que no habría vuelta atrás?
Si él regresaba, no sería el mismo. Ella tampoco lo era. Ya no eran dos adolescentes besándose bajo la luna; eran dos extraños con cicatrices profundas y ejércitos a su mando.
—Lléveme a casa —le dijo al chofer—. Y reserve una cita en la boutique de alta costura para mañana. Necesito un vestido.
—¿Algún color en especial, señorita?
Zhi Zhi miró por la ventana la ciudad roja de San Valentín.
—Negro —sentenció—. Como una noche sin luna.
Mientras el coche se alejaba, Zhi Zhi apretó la arandela una última vez antes de guardarla en el compartimento más oculto de su bolso. Si él iba a estar allí, si el destino les estaba tendiendo una trampa después de siete años, ella no llegaría como una víctima. Llegaría como la mujer que el mundo le obligó a ser.
Sin embargo, en la profundidad de su pecho, la pequeña Zhi Zhi, la de la rosa de la azotea, gritaba de terror. Porque sabía que, sin importar cuánto éxito hubiera acumulado, un solo "hola" de aquel chico de barro podría reducir todo su imperio de cristal a cenizas.
Siete inviernos después, el hielo estaba a punto de encontrarse con el fuego. Y en esa colisión, alguien iba a terminar destruido. O, quizás, finalmente libre.