Renace en un mundo mágico, en un matrimonio sin amor, pero decidida a cambiar su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Escandalo 1
Al día siguiente, la mansión Lewis amaneció extrañamente en paz.
No hubo carruajes frente a la entrada.
No hubo visitas inesperadas.
No hubo escándalos.
Claud no apareció.
Helen despertó temprano, abrió las cortinas de su habitación.. esas viejas cortinas pesadas que ya detestaba.. y dejó que la luz inundara el cuarto.
Bajó a desayunar sin nudos en el estómago.
Sin tensión en los hombros.
Sin miedo a encontrarse con una humillación nueva.
Dylan ya estaba en el despacho, rodeado de libros contables y contratos.
—Hoy revisaré todos los negocios activos de la casa Lewis. Necesitamos una revision completa antes de avanzar con tus nuevos proyectos.
Helen asintió, agradecida.
—Perfecto. Yo trabajaré en los diseños.
En su estudio improvisado, Helen extendió papeles, telas finas y el libro que había comprado en el pueblo. Dibujó con carbón, probó combinaciones, escribió nombres de telas.
Pensó en cortinas que no fueran solo decorativas, sino inteligentes.
En persianas que filtraran la luz con elegancia.
En capas de tela que dieran intimidad sin oscurecer la vida.
Y escribió en grande, en la primera hoja..
LUZ Y VELO
Su marca.
Su renacer.
Su símbolo de libertad.
Se le dibujó una sonrisa pequeña, íntima.
—Esto es mío..
Mientras tanto, Dylan revisaba contratos, haciendo anotaciones con expresión cada vez más seria.
—Hay más documentos firmados por Claud de lo que pensé… Nada catastrófico aún, pero intentó mojar demasiados dedos en demasiados bolsillos.
Aun así, fue un día productivo.
Helen avanzó como no lo había hecho en semanas.
Su mente estaba clara.
Su pulso firme.
Y por unas horas… casi olvidó que Claud Opathi existía.
Pero la calma no duró.
Al anochecer del día siguiente, cuando la mansión se preparaba para la cena, un ruido tosco rompió la armonía del vestíbulo.
Una voz pastosa.
Un tropiezo.
Una risa amarga.
El mayordomo entró apresurado al despacho.
—Mi lady… Lord Opathi está en la entrada.
Helen alzó la vista.
—¿En qué estado?
El mayordomo tragó saliva.
—Ebrio.
Ella cerró los ojos un segundo.
—Déjenlo pasar al salón pequeño.. Y avisen a los guardias que estén cerca.
Dylan frunció el ceño.
—No deberías verlo sola.
—No lo estaré —respondió con calma.
Claud entró tambaleándose, sin flores esta vez.
Su traje estaba arrugado.
Su cabello desordenado.
Sus ojos enrojecidos.
Cuando la vio, su rostro se iluminó como si hubiera encontrado un salvavidas en medio del mar.
—Helen… Sabía que me recibirías.
Ella no se levantó.
No sonrió.
No lo corrigió.
—¿Qué quieres, Claud?
Él soltó una risa breve y triste.
—No puedes hablarme así… Recuerda… tú me amas.
Helen apretó los labios.
—Eso se terminó.
Claud negó con la cabeza, acercándose más.
—No… no, no… eso no es verdad.. Tú siempre me amaste. Siempre.
—No creo que realmente hayas dejado de amarme.. Solo estás enojada. Herida. Pero eso pasa.
Helen se puso de pie lentamente.
Su mirada ya no tenía rabia.
Tenía cansancio.
—Te equivocaste de mujer.. La que te amaba murió el día que la humillaste con tus amantes.
Claud se llevó una mano al pecho.
—Yo… yo puedo cambiar.. Volvamos a casa. A la mansión Opathi.. Podemos empezar de nuevo… como antes…
Ella dio un paso atrás.
—No hubo “antes” bueno, Claud. Solo hubo mentiras y abuso de poder.
Él comenzó a llorar.
Llorar de verdad.
—No me dejes, Helen… Yo… yo te necesito.
Helen lo vio con total claridad.
No estaba arrepentido.
No estaba enamorado.
Estaba asustado de perder su comodidad. Su estatus. Su fortuna.
Ella respiró hondo.
—Guardias.
Dos hombres entraron de inmediato.
Claud se giró hacia ellos, desesperado.
—¡Helen, por favor! ¡No me eches otra vez! ¡Tú me amas!
Ella lo miró por última vez.
—No. Lo que siento ahora es alivio de haberte perdido.
Los guardias lo tomaron por los brazos.
Claud empezó a sollozar mientras lo arrastraban hacia la salida.
—¡Esto no es real! ¡NO! ¡NO!
Helen no se movió.
No respondió.
Solo esperó hasta que la puerta se cerró.
Cuando el silencio volvió, Dylan habló en voz baja..
—Ya no es solo un problema legal. Es un hombre desesperado.
Helen apretó los puños.
—Y yo… ya no soy su víctima.
Miró los bocetos de Luz y Velo sobre la mesa.Y entendió algo con absoluta certeza..
Claud ya no era su pasado. Era solo un obstáculo más.
Tres días después, la vida en la mansión Lewis había entrado en un ritmo nuevo.
Más ligero.
Más ordenado.
Más vivo.
Helen ya no caminaba cabizbaja ni en silencio. Se movía por los pasillos con carpetas bajo el brazo, con bocetos doblados, con ideas que brotaban una tras otra. Hablaba de telas, de mecanismos, de proveedores, de colores que filtraban la luz como si fueran agua dorada.
Y Dylan… la escuchaba.
Iban sentados frente a frente en el carruaje rumbo al pueblo, mientras las ruedas crujían sobre el camino de tierra.
—Quiero que las persianas no solo suban y bajen.. Quiero que giren, que modulen la luz como si respiraran con la casa. Y estas telas.. podrían superponerse… una translúcida, otra más opaca, intercambiables según la estación.
Dylan asintió, apoyando un codo en la ventanilla.
—Eso no lo está haciendo nadie aquí.. Sería revolucionario para el mercado noble… y también para casas comunes.
Helen sonrió, entusiasmada.
—Exacto. No quiero algo solo para palacios. Quiero algo que la gente quiera, que necesite.
Dylan la miró un segundo más de lo necesario.
No como administrador.
No como empleado.
Sino como un hombre viendo a una mujer que había pasado del dolor al fuego creativo en cuestión de semanas.
[Es impresionante…]
Ella gesticulaba al hablar, se inclinaba hacia adelante cuando una idea le gustaba, fruncía el ceño cuando algo no cuadraba. Ya no era la esposa humillada de un barón oportunista.
Era una fundadora.
Una líder.
Una mujer renaciendo.
Dylan apartó la vista solo cuando sintió que su admiración empezaba a notarse demasiado.
El carruaje se detuvo frente a la calle principal del pueblo.
Helen bajó primero, levantando un poco el dobladillo claro de su vestido nuevo. Dylan descendió detrás de ella.
—Primero las telas, luego el herrero.. Necesito ver qué mecanismos puede hacer…
No alcanzó a terminar la frase.
—¡HELEN!
El grito rasgó el aire como un latigazo.
Ella se quedó inmóvil.
Dylan giró la cabeza de golpe.
Claud Opathi estaba a unos metros de distancia, en medio de la calle.
Desaliñado.
Ojeroso.
Con el rostro rojo de furia y vergüenza acumulada.
Varias personas se habían detenido a mirar.
—¡Mírate! ¡Paseándote como si nada! ¡Todos ahora me desprecian por tu culpa!
Helen sintió un nudo en el estómago, pero no retrocedió.
—Claud, no hagas un escándalo aquí
Eso solo lo enfureció más.
—¡¿Un escándalo?! ¡Me quitaste todo! ¡Mi nombre está manchado! ¡Nadie quiere hacer negocios conmigo! ¡Todos creen que soy un monstruo por tu maldita anulación!
Intentó acercarse.
—¡Devuélveme lo que es mío, Helen! ¡Tú eras nada sin mí!
Fue entonces cuando Dylan se movió.
Se colocó delante de ella en un solo paso, firme como una muralla humana.
—Aléjese de Lady Lewis —dijo con voz baja y peligrosa.
Claud lo miró con odio.
—¿Y tú quién demonios te crees? Solo eres un perro comprado con su dinero
Dylan no se inmutó.
—Soy su representante legal y administrador.. Y usted no tiene ningún derecho a dirigirle la palabra.
Claud intentó rodearlo.
Dylan extendió un brazo, bloqueándole el paso sin tocarlo.
—Un paso más.. y haré que lo arresten por acoso.
Claud empezó a reír, una risa rota.
—¡Mírate, Helen! ¡Te escondes detrás de otro hombre ahora! ¡Siempre fuiste débil!
Los ojos de Helen se endurecieron.
—No… Ahora solo elijo no perder tiempo contigo.
Eso fue lo que lo quebró.
Claud levantó la mano como si fuera a empujar a Dylan.
Pero no llegó a hacerlo.
Dos guardias de la casa Lewis.. intervinieron de inmediato, sujetándolo por los brazos.
—¡Suéltenme! ¡Esto no se queda así, maldita bruja! ¡Te vas a arrepentir, Helen Lewis!
La gente del pueblo murmuraba.
Algunos miraban con pena.
Otros con desprecio abierto.
Claud fue arrastrado hacia un costado mientras maldecía, escupía insultos y gritaba amenazas incoherentes.
—¡Me lo robaste todo! ¡Eras mía! ¡Nadie te va a querer como yo!
Helen no se movió.
No gritó.
No lloró.
No respondió.
Solo lo miró hasta que su figura desapareció al doblar la esquina.
Cuando el silencio volvió a apoderarse de la calle, Dylan bajó lentamente el brazo.
—¿Estás bien?
Helen respiró hondo.
—Sí… Gracias por ponerte delante.
Dylan sostuvo su mirada.
—Siempre lo haré.
Por un segundo, el mundo pareció detenerse.
Luego Helen enderezó los hombros.
—Vamos… No dejaré que un hombre así arruine mi día de compras.
Dylan sonrió, suave, casi imperceptible.
[Definitivamente… es alguien extraordinaria]
Y juntos, sin mirar atrás, entraron a la tienda de telas.
Mientras Claud Opathi, furioso y solo, era arrastrado fuera de la escena que ya no le pertenecía.