"Ella no tiene nada; él lo tiene todo. Pero un secreto de nueve meses cambiará las reglas del juego."
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Capítulo 23: La Calma que Precede al Trueno
POV: SEBASTIÁN
La tarde caía sobre la ciudad, bañando los edificios de cristal en tonos anaranjados. Me senté en mi despacho, rodeado de informes sobre la "Fundación San Judas". Victoria estaba a mi lado, pero su atención no estaba en el trabajo, sino en el catálogo de joyas para nuestra boda.
—Sebastián, ¿qué opinas de este diamante para el collar? —preguntó, mostrándome una pantalla—. Es un diamante de tres quilates, cortesía de la joyería real.
—Es perfecto, Victoria —respondí, manteniendo mi voz carente de emoción—. Tal como tú.
Ella sonrió, satisfecha. Su vanidad era mi mejor aliada. Mientras ella soñaba con el brillo de las piedras preciosas, yo supervisaba la logística de los camiones de ayuda.
—Por cierto —añadí con naturalidad—, he decidido que la Fundación San Judas envíe suministros básicos a los pueblos pesqueros del norte como parte de nuestra estrategia de responsabilidad social. Es una zona de poco valor, pero el impacto mediático de ser "los salvadores de los olvidados" será inmenso antes de la ceremonia.
Victoria ni siquiera levantó la vista del catálogo.
—Haz lo que quieras. Si eso ayuda a mejorar nuestra imagen pública para que el comité de ética no haga preguntas molestas sobre la fusión, adelante. Solo asegúrate de que el presupuesto no interfiera con los gastos de la recepción.
Suspiré aliviado. La falta de sospecha de Victoria era un bálsamo. Para ella, yo era simplemente el heredero frío y calculador que finalmente había decidido jugar según las reglas del juego. No tenía idea de que, en cada caja que enviaba hacia el norte, estaba escondiendo una parte de mi alma y la esperanza de encontrar, algún día, lo que me fue arrebatado.
POV: ELENA (Rosa)
El sol golpeaba con fuerza el muelle de Puerto Silencio. Había pasado una semana desde que llegaron los camiones de la "Fundación San Judas". El equipo médico era de una calidad que no pertenecía a este lugar olvidado de la mano de Dios.
Con mis manos, que recordaban el movimiento del bisturí aunque mi mente no pudiera nombrar la herramienta, atendí a una pescadora con una quemadura grave. Gabriel (Arturo) me observaba desde la puerta, con una mezcla de respeto y temor.
—Rosa, la gente del pueblo te llama "la doctora de los milagros" —dijo Gabriel, acercándose—. Pero, ¿no te parece extraño que esta fundación nos envíe suministros tan caros? Es decir... ¿por qué nosotros?
—No lo sé, Gabriel —respondí, pasando el estetoscopio por el pecho de la paciente. Al escuchar el latido, un relámpago de claridad cruzó mi mente: ritmo sinusal, nada fuera de lo normal. Las palabras técnicas surgieron de la nada—. Pero si estas herramientas están aquí, es porque alguien las puso en mi camino. Siento que... siento que esto es lo que debo hacer.
Gabriel guardó silencio, mirando hacia el horizonte. A veces, cuando se quedaba así, parecía que estaba viendo un pasado que le dolía, pero él no decía nada. Nos habíamos acostumbrado a ser dos fantasmas con una vida nueva.
POV: ARTURO (Gabriel)
Observé a Rosa trabajar. Tenía una gracia que no encajaba con la rudeza de este pueblo. A veces, cuando ella me miraba, sentía una conexión profunda que me hacía doler el pecho. No recordaba por qué, pero sabía que moriría por protegerla.
Esa noche, mientras cenábamos pan con pescado, tomé el estetoscopio que había venido en el paquete. Estaba grabado con una inscripción: "La medicina cura el cuerpo, pero la verdad libera el alma".
—Es una frase extraña —comenté.
—Me hace sentir menos perdida —dijo ella, con una media sonrisa—. Como si alguien estuviera diciendo que no importa cuánto tiempo hayamos estado en la oscuridad, la verdad siempre sale a flote.
POV: VICTORIA DE LA VEGA
Estaba en la oficina con Beatriz, analizando los últimos informes de la fusión.
—Sebastián ha estado muy eficiente con el tema de la Fundación —comenté mientras firmaba unos documentos—. Ha logrado que la prensa hable maravillas de nuestra generosidad en los pueblos pesqueros.
Beatriz asintió con desdén, sin levantar la vista de su tablet.
—Ha aprendido rápido. Los Alarcón siempre fuimos expertos en usar la caridad para limpiar nuestra reputación. Deja que Sebastián juegue a ser el santo; mientras los beneficios de las clínicas sigan subiendo y el nombre de los De la Vega se mantenga intacto, todo está bajo control.
—Tienes razón —concedí, convencida—. A veces me pregunto si debería vigilarlo más, pero su comportamiento es impecable. El compromiso avanza, los contratos están listos y la boda será el broche de oro.
SUSPENSO
En Puerto Silencio, una tormenta azota el pueblo. El muelle donde está la clínica improvisada de Elena cruje con la fuerza del viento. De pronto, un barco que se había refugiado en la bahía choca contra el muelle, dañando severamente la estructura.
Elena corre hacia la clínica para salvar los suministros. Mientras intenta rescatar las cajas, encuentra una que se ha abierto por el impacto. Dentro, además de medicina, hay una pequeña agenda de cuero que se había colado entre las donaciones por error.
Elena abre la agenda y encuentra una foto: es ella misma, vestida de médico, en el Hospital Real, meses antes del accidente.
—...¿Quién es esa mujer? —susurra Elena, sintiendo que el mundo empieza a tambalearse.
El trueno retumba, y a kilómetros de distancia, Sebastián siente un escalofrío que lo obliga a levantarse de su cama en mitad de la noche, mirando hacia el norte, donde la tormenta parece estar llamándolo........