Hace mil años, el sol se extinguió. Hoy, la humanidad se aferra a la vida en Aethelgard, una colosal metrópolis flotante que sobrevive drenando la energía del Abismo. En este mundo, tu valor se mide por tu Núcleo de Esencia, y el de Kaelen era basura.
Como un simple Recolector, Kaelen arriesgaba su vida en las profundidades para que la élite viviera en el lujo. Pero la lealtad no existe en el Abismo. Traicionado por su capitán y apuñalado por la espalda por sus propios compañeros, Kaelen es arrojado a las fauces de la oscuridad eterna.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. En el fondo del abismo, donde el tiempo no existe, Kaelen tropieza con los restos de una deidad olvidada. Al borde de la muerte, toma una decisión que cambiará el orden del universo: devorar el corazón de un dios.
Ahora, con un sistema de poder oscuro despertando en sus venas y una sed de venganza que podría incinerar los cielos
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El Caballo de Troya
El viento aullaba con una ferocidad inusitada en la base del Pilar de Hierro, una de las cuatro extremidades colosales que sostenían a la majestuosa Aethelgard por encima de las nubes. El aire allí abajo era una mezcla tóxica de estática y polvo de metal, pero para Kaelen, ahora un Semi-Dios del Vacío, aquel ambiente era tan natural como el agua para un pez.
Frente a la imponente estructura de seguridad del muelle de carga, una escena extraña se desarrollaba. El androide Serafín-05, con su chasis blanco pulido brillando bajo las luces de emergencia, avanzaba con paso marcial. Entre sus garras mecánicas arrastraba a un hombre encadenado, cubierto por una túnica de lino sucio y con la cabeza gacha.
—[Identificación de Unidad: Serafín-05] —la voz del androide resonó en la frecuencia oficial del Gremio—. [Misión de Recuperación: Éxito. Objetivo "Soberano" capturado en estado de colapso de núcleo. Solicitando acceso inmediato al Nivel de Procesamiento].
En lo alto de la muralla de acero, los cañones de riel automáticos se giraron pesadamente, apuntando sus bocas oscuras hacia ellos. Un escáner de retina de largo alcance barrió el área, bañando a Kaelen en una luz roja intermitente.
Dentro de la mente de Kaelen, el sistema del Devorador trabajaba a una velocidad febril, procesando el hackeo que Elara Vane ejecutaba desde la distancia.
[Protocolo de Camuflaje Activo: Suprimiendo firma de energía divina...]
[Estado visual: Simulación de muerte inminente...]
[Sincronización con la red de seguridad: 88%... 94%... 100%]
—Acceso concedido —rugió una voz sintética desde los altavoces del pilar—. El Consejo de los Soberanos espera los restos del traidor. Procedan al elevador de carga 0-1.
Las puertas de titanio, de veinte metros de altura, se abrieron con un gemido hidráulico que sacudió el suelo. El interior era un laberinto de tuberías de plasma y pistones del tamaño de edificios. El olor era diferente aquí: no era el hedor de la muerte del desierto, sino el aroma estéril de la tecnología que se alimenta de la vida.
Serafín-05 arrastró a Kaelen hacia la plataforma de elevación. Seis guardias de la Unidad de Oro, equipados con armaduras que pesaban media tonelada y rifles de partículas, los rodearon de inmediato. El capitán de la guardia, un hombre cuyo rostro estaba oculto tras un visor dorado, se acercó a Kaelen y lo golpeó en el estómago con la culata de su arma.
Kaelen no emitió ni un sonido, pero por dentro, su energía abisal comenzó a hervir.
—Parece un cadáver —escupió el capitán—. Pensar que esta basura causó tanto terror en el Sector Medio. Quítenle esa cadena de hueso; la llevaremos directamente a la bóveda de reliquias.
Cuando el guardia se acercó para tocar la Segadora de la Deidad, Kaelen levantó la cabeza. Sus ojos no estaban apagados; brillaban con una luz púrpura tan intensa que el guardia retrocedió por instinto.
—Error de cálculo, capitán —susurró Kaelen.
En ese instante, las cadenas que lo sujetaban no se rompieron; simplemente se disolvieron en sombras líquidas. Kaelen se puso de pie con una lentitud aterradora mientras la plataforma comenzaba su ascenso hacia las nubes.
—[Dominio del Soberano: Campo de Gravedad Cero] —activó Kaelen.
De repente, los guardias de oro, a pesar de sus armaduras pesadas, comenzaron a flotar. Sus rifles salieron volando de sus manos. El pánico se apoderó de ellos, pero en el vacío, no podían ni gritar.
Kaelen extendió su mano y la Segadora regresó a su brazo con un chasquido metálico. En un solo movimiento circular, la cadena recorrió la estancia. No hubo batalla, solo el sonido del metal siendo cortado y el silencio de los cuerpos que caían al suelo cuando Kaelen restauró la gravedad.
—Sora, Elara... —dijo Kaelen por el comunicador interno—. Las puertas del cielo están abiertas. Es hora de que el Abismo suba.
La plataforma siguió ascendiendo, llevando al hombre que Aethelgard había intentado destruir directamente hacia su corazón palpitante. El asalto había comenzado.