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Furtiva Atracción. Dejándose Amar

Furtiva Atracción. Dejándose Amar

Status: En proceso
Genre:Romance / Romance de oficina / CEO
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: @ngel@zul

Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.

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Volviéndo en sí

​El silencio que siguió al beso fue más ensordecedor que el estruendo de los expedientes al caer. En la penumbra de la sala de juntas, el tiempo parecía haberse detenido en un vacío legal donde las leyes de la física y la moral habían quedado suspendidas. Joana sentía el calor de las manos de Marco aún quemando su piel, y el latido de su propio corazón retumbaba en sus oídos como un martillo judicial dictando una sentencia de culpabilidad.

​Lentamente, como si despertara de un trance hipnótico, Joana apoyó las manos sobre la fría superficie de la mesa de caoba. La madera, que minutos antes había servido de escenario para su rendición, ahora se sentía hostil. Se separó de Marco, no con brusquedad, sino con una fragilidad que la hacía parecer de cristal. Sus dedos, temblorosos, buscaron instintivamente los botones de su blusa de seda y el desorden de su cabello, intentando desesperadamente recuperar la imagen de la socia principal que se había disuelto entre sus brazos.

​—Esto… esto está mal, Marco —susurró ella. Su voz, usualmente firme y autoritaria en los tribunales, era ahora un hilo de seda a punto de romperse.

​Marco no se movió. Se quedó allí, a escasos centímetros, con la respiración aún agitada y esa mirada avellana que parecía leer los párrafos más ocultos de su alma. No intentó volver a tocarla, pero su sola presencia llenaba el vacío que ella intentaba crear.

​—¿Mal según qué código, Joana? —preguntó él con una calma que la irritó profundamente—. ¿Según el reglamento interno del bufete? ¿O según las leyes que te impones para no volver a sentirte viva?

​—No juegues conmigo —replicó ella, recuperando un poco de su fuego habitual, aunque sus ojos estaban empañados—. Fue un error. Una debilidad momentánea debido al cansancio, a la tensión del caso… a la soledad de esta oficina. No debió suceder. No puede volver a suceder.

​Joana bajó de la mesa, alisando su falda lápiz con movimientos mecánicos. Se sentía desnuda, no por falta de ropa, sino porque Marco había visto la grieta que ella llevaba cinco años intentando sellar con cemento y ambición profesional.

​—Un error es un error de cálculo en un contrato, Joana —dijo Marco, dando un paso hacia ella, obligándola a retroceder hasta chocar con la pared de cristal que daba a la ciudad iluminada—. Un error es una cita mal citada en un alegato. Lo que acaba de pasar aquí… eso no fue un error. Fue una confesión.

​—¡Basta! —cortó ella, aunque el volumen de su voz no lograba ocultar la desesperación—. Soy tu jefa. Soy diez años mayor que tú. Soy una mujer que… que tiene una vida construida sobre el orden. Tú eres un asociado que apenas está empezando a entender cómo funciona este mundo. No hay un escenario donde esto termine bien para ninguno de los dos. Si alguien se entera, mi reputación se acaba y tu carrera se detiene antes de despegar. Es un suicidio profesional.

​Marco soltó una risa breve, carente de humor. Se apoyó en la mesa, justo al lado de donde los documentos seguían desparramados por el suelo.

​—Siempre pensando en las consecuencias, en los daños colaterales, en la responsabilidad civil de tus actos —dijo él, negando con la cabeza—. Pero te olvidas de un hecho irrefutable, abogada. Me besaste. Y no fue el beso de alguien que comete un error. Fue el beso de alguien que tiene sed y por fin encuentra agua. Me buscaste con la misma intensidad con la que yo te busqué a ti. No puedes borrar eso de los registros de tu memoria con una simple moción de desestimación.

​Joana se abrazó a sí misma, sintiendo el frío del aire acondicionado del edificio vacío. Quería replicar, quería decirle que su interpretación de los hechos era errónea, que ella tenía el control absoluto de sus impulsos, pero las palabras se le quedaban atrapadas en la garganta. La verdad era un testigo hostil que no podía interrogar.

​—Marco, por favor… —suplicó ella, y esa vulnerabilidad fue lo que más lo detuvo—. Necesito que esto se quede aquí. Mañana es otro día. Mañana volveremos a ser la socia y el asociado. Necesito que me des ese espacio. Necesito recuperar mi centro.

​Él la observó durante lo que pareció una eternidad. El resplandor de los neones de la ciudad se reflejaba en el cristal detrás de Joana, creando un aura casi irreal a su alrededor. Marco vio el miedo en sus ojos; no miedo a él, sino miedo a la mujer que ella estaba descubriendo ser bajo su tutela emocional.

​—Está bien, Joana —dijo él finalmente, suavizando el tono. Recogió su chaqueta del respaldo de una silla y se la puso con una elegancia que ella encontró dolorosamente atractiva—. Te daré el espacio que pides. No voy a forzar una resolución antes de tiempo.

​Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y se giró. La luz de salida de emergencia bañaba su rostro de un rojo tenue.

​—Pero no te engañes —añadió, y su voz resonó en el silencio sepulcral de la sala—. El lunes, cuando cruces esa puerta y te sientes tras tu escritorio de caoba, seguirás sintiendo el rastro de mis manos. Cada vez que leas un contrato, recordarás el sabor de este momento. Puedes intentar aplicar todas las leyes de distancia que quieras, pero el juicio ya ha comenzado, y no hay juez en este mundo que pueda absolverte de lo que sientes por mí.

​Sin esperar una respuesta que sabía que ella no podía dar, Marco abrió la puerta y salió. Joana escuchó el eco de sus pasos alejándose por el pasillo de mármol, cada golpe del tacón contra el suelo marcando una distancia que, en lugar de aliviarla, la hacía sentirse más sola que nunca.

​Cuando el sonido de los pasos desapareció y el clic lejano del ascensor confirmó que él se había ido, Joana se dejó caer en la silla. Sus manos cubrieron su rostro. El silencio de la oficina, que siempre había sido su santuario, ahora se sentía como una prisión. Miró al suelo, a los papeles desordenados que hablaban de fusiones millonarias y activos corporativos, y sintió una ganas absurdas de llorar.

​Se levantó y, con una lentitud solemne, comenzó a recoger los expedientes uno a uno. Mientras organizaba las hojas, sus dedos rozaron el lugar exacto donde Marco había estado apoyado. Cerró los ojos con fuerza, intentando borrar la imagen, pero como él bien había dicho, los hechos eran persistentes.

​Salió del edificio casi una hora después. La ciudad de noche era un mosaico de luces y sombras, un caos que ella siempre había intentado ignorar desde su pedestal de cristal. Mientras caminaba hacia su auto, el viento nocturno le recordó que ya no llevaba el moño perfecto; su cabello seguía suelto, alborotado por un hombre que acababa de poner en jaque toda su existencia.

​Al llegar a su departamento, el vacío de las habitaciones le resultó insoportable. Se sirvió una copa de vino, pero no la bebió. Se quedó mirando por la ventana, pensando en el lunes. Pensando en Marco. Pensando en que, por primera vez en su carrera, se enfrentaba a un caso que no podía ganar con lógica, ni con leyes, ni con precedentes. Un caso donde ella era, al mismo tiempo, la acusada, la víctima y la prueba principal del delito.

​La prudencia le gritaba que renunciara, que lo transfiriera a otra sucursal, que cortara de raíz la infección del deseo. Pero mientras recordaba la firmeza de la voz de Marco y la audacia de su partida, Joana supo que la verdadera batalla no sería contra él, sino contra la mujer que, en medio de esa oficina vacía, había decidido por fin dejar de fingir que estaba muerta.

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Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️❤️❤️❤️
Carmen Palencia
eres una excelente escritora y gracias por actualizar más capitulos por favor que estoy ansiosa por seguir leyendo más de esta hermosa historia
Carmen Palencia
excelente novela por favor más capitulos que estoy ansiosa por seguir leyendo más de esta hermosa historia
Carmen Palencia
excelente novela
Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️
Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️❤️❤️❤️
Nairobis Cardozo Portillo
Buenísima historia 👏👏👏
Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️❤️❤️
Nairobis Cardozo Portillo
Joana arriésgate a vivir
Nairobis Cardozo Portillo
👏👏👏👏
Nairobis Cardozo Portillo
Joana atrévete a vivir
Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
🔥🔥🔥🔥
Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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