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Desafiando Al Sistema

Desafiando Al Sistema

Status: En proceso
Genre:Aventura / Romance
Popularitas:760
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 — Trabajo Limpio

Cael no fue directo a casa.

Caminó sin rumbo fijo, varias cuadras bajo la lluvia, hasta que el cuerpo empezó a enfriarse y la herida a quejarse con más claridad. No era que no tuviera dónde ir. Tenía un departamento pequeño, funcional, con las cuentas siempre al límite.

Lo que no tenía era ganas de entrar en él.

El silencio de la ciudad, sin la radio constante del gremio, sin voces por comunicador, le resultaba extraño. Más amplio. Más honesto.

Se detuvo bajo el toldo metálico de una tienda cerrada. Apoyó la frente en el vidrio empañado.

Su reflejo no mentía.

Ojeras profundas. Cabello pegado a la piel. La venda improvisada oscureciéndose en el costado.

No parecía alguien que hubiera sobrevivido a una mazmorra oculta.

Parecía alguien que apenas había salido de un turno mal pagado.

—Perfecto —murmuró—. El héroe que nadie pidió.

Sacó el teléfono.

Notificaciones acumuladas.

El casero.

Un antiguo compañero de secundaria que probablemente necesitaba algo.

La confirmación oficial de su baja.

Abrió esta última.

“Registro actualizado. Estado: Independiente.”

La palabra le resultó más pesada de lo que esperaba.

Independiente.

No protegido.

No respaldado.

No cubierto.

Real.

Guardó el teléfono.

El olor a caldo lo distrajo.

Un pequeño local de ramen seguía abierto, con las luces cálidas filtrándose a la calle mojada. Entró sin pensarlo demasiado.

Se sentó en la barra. El dueño, un hombre mayor de manos gruesas, lo miró un segundo antes de hablar.

—Te ves como si hubieras corrido más de la cuenta.

Cael dudó.

—Algo así.

El ramen llegó humeante.

El primer sorbo lo obligó a cerrar los ojos. No por el calor. Por el alivio simple. El cuerpo necesitaba cosas básicas: comida, descanso, silencio.

La radio del local murmuraba noticias.

“…incidente controlado. Sin víctimas confirmadas…”

Cael no dejó de comer.

Pero sus dedos se tensaron alrededor de los palillos.

Sin víctimas.

El dueño lo observó en silencio. No preguntó nada más.

Eso le agradeció.

Cuando pagó, el hombre añadió:

—Cuídate. La ciudad está más rara últimamente.

Cael asintió.

—Siempre lo ha estado.

El departamento lo recibió con olor a detergente barato en el pasillo.

Subió las escaleras en lugar de usar el ascensor. No por deporte. Necesitaba sentir el peso en las piernas. Confirmar que seguían respondiendo.

Dentro, no encendió la luz.

Dejó la mochila caer.

Se sentó en el borde de la cama.

El silencio volvió, pero ahora no era tan amplio. Era íntimo.

Y con él, las preguntas.

¿Trabajos menores?

¿Mazmorras pequeñas?

¿Esperar a que alguien notara el video?

El teléfono vibró.

Número desconocido.

“¿Eres el de la espada azul?”

Cael miró la pantalla largo rato.

Respondió.

“¿Quién pregunta?”

La respuesta fue casi inmediata.

“Equipo independiente. Vimos la grabación. Tenemos trabajo. Pago limpio. Sin gremios.”

Cael apoyó el teléfono sobre la mesa.

Independiente.

Trabajo.

Dinero.

Se pasó la mano por el rostro.

No era un ascenso.

No era gloria.

Era oportunidad.

“Ubicación.”

San Telmo estaba más callado de lo que debería.

Las fachadas antiguas parecían inclinarse hacia la calle estrecha. Las luces amarillas no alcanzaban a iluminar los portales oscuros.

En la esquina, una mujer de cabello corto esperaba con los brazos cruzados. Chaqueta de cuero gastada. Mirada directa.

No parecía una cazadora de ranking alto.

Parecía alguien que sabía medir el riesgo.

—¿Cael Verdan?

—Depende.

—Lara. Equipo Gris. No tenemos patrocinio ni seguro de vida caro. Solo hacemos el trabajo.

Él la observó con atención.

No había arrogancia.

—Lo del callejón fue preciso —añadió ella.

—Fue rápido.

Ella arqueó una ceja.

—No es lo mismo.

Un sonido metálico resonó desde el interior del edificio. Algo raspando contra tuberías.

—Anomalía menor —explicó Lara—. Se alimenta de residuos de maná. Ha dejado a dos vecinos hospitalizados. Si crece, será peor.

Cael asintió.

—Entremos antes de que aprenda algo nuevo.

El pasillo olía a humedad y cables viejos.

La luz parpadeaba.

El aire tenía esa vibración leve que ya empezaba a reconocer.

La sombra emergió desde el fondo. Más definida que la del callejón. Sus extremidades se doblaban en ángulos incorrectos. Sus ojos no reflejaban luz; la absorbían.

Cael dio un paso adelante.

Activó el Filo de Energía.

El resplandor azul envolvió la hoja, más estable que antes. No deslumbrante. Controlado.

La criatura se lanzó.

Cael no buscó fuerza.

Buscó espacio.

Giró el cuerpo, dejó que el ataque pasara, cortó en diagonal. La sombra se deformó pero no cayó.

Retrocedió con un chillido agudo.

—Es más densa —dijo Lara, ya con un arma corta en mano.

—Sí.

La criatura volvió a arremeter.

Cael sintió el tirón en la herida. El cuerpo le recordó el precio del día anterior. Ajustó postura. Esta vez no golpeó el centro.

Cortó la base.

La sombra perdió estabilidad.

Un segundo tajo atravesó el núcleo oscuro que vibraba en su interior.

Se deshizo en humo que se disipó lentamente.

El pasillo quedó en silencio.

Cael bajó la espada.

Respiraba fuerte, pero no descontrolado.

Lara lo observaba con atención distinta ahora.

No evaluación superficial.

Cálculo.

—No eres rango F —dijo.

Cael limpió la hoja en la manga.

—Todavía lo soy.

—No por mucho.

Él sostuvo su mirada.

—Estoy aprendiendo a no actuar como uno.

Ella sonrió apenas.

No coqueteo.

Reconocimiento.

—Equipo Gris paga por trabajo, no por rango. Si te quedas, dividimos equitativo.

—¿Y si me voy?

—Entonces habrá sido un contrato limpio.

Cael miró el pasillo vacío.

No había aplausos.

No había rankings.

No había titulares.

Pero había claridad.

—Me quedo.

Lara extendió la mano.

No fue un gesto dramático.

Fue acuerdo.

Cael la estrechó.

El agarre fue firme.

Cuando salieron del edificio, la lluvia había cesado.

La ciudad parecía la misma.

Pero él no.

No era el inicio de una leyenda.

Era el inicio de algo más difícil.

Sostenerse.

Y por primera vez en mucho tiempo, eso no le pareció insuficiente.

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