Una historia de amor juvenil en la que Valentina Ferrer, una chica de 18 años de un pueblo costero, y Mateo Ibarra, un joven de 19 que huye del peso del escándalo de su familia, descubren que el amor verdadero no se trata de escapar del pasado, sino de enfrentarlo juntos para poder quedarse.
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Donde Empieza el Mar
...Capítulo 20...
El amanecer en Puerto Lumbre traía consigo un aire cálido, pero también un sutil nerviosismo que Valentina no podía ignorar. Caminaba hacia la universidad con pasos decididos, aunque su mente seguía repasando los últimos días: los malentendidos, los rumores y los desafíos externos que habían puesto a prueba su relación con Mateo. Sabía que hoy podría aparecer un nuevo obstáculo, y quería estar lista para enfrentarlo.
Al llegar al aula, un grupo de compañeros comenzó a murmurar a su paso. Valentina los ignoró, pero no pudo evitar sentir cómo las miradas se clavaban en ella. Entre ellos, se escuchaban comentarios sobre un proyecto de grupo que debía presentar esa semana y algunas insinuaciones sobre su cercanía con Mateo.
Mateo estaba ya en su asiento, observándola con una sonrisa tranquila, como si intentara transmitirle seguridad sin decir una palabra. Al cruzar su mirada, Valentina sintió que parte de la tensión se disipaba; su presencia era un ancla en medio de las incertidumbres del día.
Durante la clase, la profesora anunció una actividad sorpresa: los estudiantes debían formar parejas para presentar un trabajo de análisis literario, y Valentina y Mateo quedaron juntos. Para algunos compañeros, esto fue una oportunidad de lanzar comentarios y observaciones provocativas, pero Valentina estaba determinada a no dejarse afectar.
—No escuches lo que digan —susurró Mateo mientras se acercaban a su lugar—. Esto es sobre nosotros y nuestro trabajo.
—Lo sé —respondió ella, tomando su mano por un instante—. Pero a veces es difícil no dejar que los comentarios me molesten.
—Entonces confía en mí —dijo él con voz firme—. No importa lo que digan. Estoy aquí, contigo.
Durante la preparación del proyecto, Valentina y Mateo trabajaron codo a codo, intercambiando ideas, apuntes y risas tímidas que solo ellos podían entender. Cada pequeño gesto de apoyo fortalecía su vínculo y ayudaba a Valentina a sentirse más segura. Comprendió que el trabajo conjunto no solo era una actividad académica, sino una oportunidad de reafirmar su confianza mutua frente a cualquier presión externa.
Al presentar su análisis frente a la clase, notaron algunas sonrisas y miradas de aprobación que contrastaban con los comentarios anteriores. Valentina sintió una mezcla de alivio y orgullo: no solo habían demostrado sus habilidades, sino también la solidez de su relación y la capacidad de apoyarse en cualquier circunstancia.
Al salir del aula, Mateo la tomó de la mano y la miró con intensidad: —Cada desafío que enfrentamos juntos nos hace más fuertes. Hoy lo demostramos.
Valentina sonrió, dejando que la brisa marina que se colaba por la ventana acariciara su rostro. —Sí… juntos podemos con todo —dijo con convicción—. Incluso con lo inesperado.
Esa tarde, mientras caminaban hacia la playa y el sol comenzaba a ocultarse tras el horizonte, Valentina comprendió algo profundo: las pruebas y los desafíos no eran obstáculos, sino recordatorios de que lo que compartían era verdadero y fuerte. Mateo no solo estaba a su lado como pareja, sino como apoyo constante, demostrando que el compromiso no se limita a palabras, sino a acciones y presencia.
Esa noche, mientras el sonido de las olas llenaba la habitación y la luz de la luna iluminaba suavemente cada rincón, Valentina cerró los ojos con una sensación de paz y determinación. Sabía que podían enfrentar cualquier situación juntos y que, mientras se tuvieran el uno al otro, nada podría debilitarlos.