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Ángel De La Muerte

Ángel De La Muerte

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Mafia / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.

¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?



Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17: El Día de la Verdad

El amanecer encontró a Kaeil ya despierto, sentado al borde de la cama, mirando por la ventana cómo la luz teñía de rosa las copas de los robles. Jessica dormía aún, su respiración acompasada, una mano extendida hacia el lugar donde él había estado.

No la despertó. Necesitaba un momento a solas, para ordenar sus pensamientos, para prepararse para lo que venía.

Hoy era el día.

Bajó al sótano con cuidado, la herida protestando ante cada movimiento, pero con una determinación que le daba fuerzas. Los equipos parpadeaban en la penumbra, esperando. Encendió la pantalla principal y revisó una vez más los archivos. Todo estaba listo. Los documentos, las fotografías, los vídeos. La verdad, empaquetada y preparada para ser lanzada al mundo.

—¿No dormías?

La voz de Jessica lo sobresaltó. Se volvió y la vio en la puerta, envuelta en una manta, el pelo revuelto.

—No podía.

—La herida.

—Los nervios.

Ella se acercó y puso una mano en su hombro.

—Todo saldrá bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo sé. Porque te tengo a ti.

Kaeil sonrió débilmente y apoyó su mano sobre la de ella.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por creer en mí. Por estar aquí. Por todo.

Jessica se inclinó y lo besó suavemente.

—Siempre.

---

Arriba, Mateo ya estaba en su puesto de vigilancia, el catalejo pegado a los ojos. Elena preparaba café en la cocina, con Daniel jugando a sus pies.

—¿Todo tranquilo? —preguntó Jessica al entrar.

—Sí. Demasiado tranquilo. Me pone nervioso.

—A mí también. Pero no podemos hacer nada excepto estar preparados.

Desayunaron rápido, casi en silencio. La tensión era palpable, una electricidad estática que cargaba el aire. Kaeil apenas probó bocado.

—Voy a empezar —dijo, levantándose.

—Te acompaño —dijo Jessica.

—No. Tú quédate aquí. Vigila. Si algo pasa, necesito que estés arriba.

Ella dudó, luego asintió.

—De acuerdo. Pero si oyes algo, subes. Sin héroe.

—Sin héroe.

Kaeil bajó al sótano y se sentó frente a la pantalla. Respiró hondo y comenzó.

El proceso era complejo. No se trataba solo de subir archivos a una web. Había que asegurarse de que se replicaran en cientos de servidores, de que fueran imposibles de eliminar, de que llegaran a los periodistas, a las organizaciones de derechos humanos, a la opinión pública. Había que crear un torrente de verdad que nadie pudiera detener.

Sus dedos volaron sobre el teclado. Líneas de código, comandos, conexiones cifradas. El sudor le corría por la frente, pero no se detenía.

Arriba, Jessica paseaba de la ventana a la puerta, de la puerta a la ventana. Mateo seguía inmóvil en su puesto. Elena había sentado a Daniel en su regazo y le leía un cuento en voz baja, un murmullo que apenas rompía el silencio.

Pasó una hora. Dos.

—¿Cómo va? —preguntó Jessica por el interfono que habían instalado.

—Bien. Los archivos ya están en los primeros servidores. Ahora empieza la replicación.

—¿Cuánto falta?

—Otra hora. Tal vez dos.

—Avísame si pasa algo.

—Lo haré.

Jessica volvió a la ventana. El bosque seguía inmóvil, tranquilo. Demasiado tranquilo.

—No me gusta —murmuró Mateo.

—A mí tampoco.

El sol alcanzó su cenit y empezó a declinar. Kaeil seguía en el sótano, absorto en su tarea. Jessica había perdido la noción del tiempo.

De repente, Mateo se tensó.

—Ahí —dijo, señalando—. Algo se mueve. Entre esos robles.

Jessica agarró el catalejo y miró. Al principio no vio nada. Luego, una sombra. Luego otra.

—Tres —dijo en voz baja—. Tal vez cuatro.

—¿Qué hacemos?

—Tú te quedas aquí. Protege a Elena y a Daniel. Yo voy a buscar a Kaeil.

Bajó las escaleras de tres en tres.

—Tenemos compañía —dijo sin preámbulos—. ¿Cuánto falta?

—Media hora. Tal vez menos.

—No tenemos media hora.

Kaeil la miró, el terror en los ojos.

—¿Qué hacemos?

—Tú sigue. Yo los detengo.

—Jessica, son muchos...

—No me digas cuántos son. Haz tu trabajo. Yo haré el mío.

Subió las escaleras antes de que él pudiera responder. En el salón, Mateo ya había armado a Elena y la había colocado en un rincón con Daniel.

—¿Seguro que quieres hacer esto? —preguntó Mateo.

—No tengo otra opción. Vosotros quedaos aquí. Si entran, disparad a todo lo que se mueva.

Salió al porche. El aire fresco golpeó su rostro. Sacó la pistola y esperó.

Las sombras se acercaban. Hombres armados, moviéndose con la precisión de los profesionales. Cuatro. No, cinco. Uno más cubriendo la retaguardia.

Jessica calculó distancias, ángulos, posiciones. Luego disparó.

El primer hombre cayó sin un grito. Los otros se dispersaron, buscando cobertura. Los disparos comenzaron a llover sobre la cabaña, astillando la madera, rompiendo cristales.

Jessica respondió, moviéndose constantemente, cambiando de posición, haciendo que cada bala contara. Derribó a otro, luego a un tercero. Pero eran muchos, y estaban bien entrenados.

Una bala le rozó el hombro, quemando la piel. Otra pasó silbando junto a su oído.

—¡Kaeil! —gritó—. ¡Date prisa!

En el sótano, Kaeil tecleaba como un poseso. 90%. 95%. Los archivos se replicaban a velocidad de vértigo. 98%. 99%.

—¡100%! —gritó—. ¡Publicado!

Arriba, Jessica oyó su grito y sonrió. Luego un impacto la lanzó al suelo.

—¡Jessica! —el grito de Mateo resonó en el aire.

Ella intentó levantarse, pero el mundo giraba a su alrededor. Sangre. Había sangre. Su sangre.

—No —murmuró—. No ahora.

Kaeil subió las escaleras justo a tiempo para verla caer.

—¡NO!

Corrió hacia ella, ignorando el dolor de su propia herida, ignorando las balas que seguían zumbando. La abrazó, la apretó contra su pecho.

—Jessica, no, por favor, no...

Ella abrió los ojos con esfuerzo y sonrió.

—¿Lo logramos? —preguntó con voz débil.

—Sí. Los archivos están publicados. Ya no pueden detenerlo.

—Bien. Entonces... entonces ha valido la pena.

—No digas eso. Vas a estar bien. Tienes que estarlo.

—Kaeil...

—No. No me dejes. No después de todo. Te quiero, ¿entiendes? Te quiero.

Jessica levantó una mano manchada de sangre y le acarició la mejilla.

—Yo también te quiero, idiota. Pero... pero necesito que sigas. Sin mí. Tienes que...

—No. No sin ti.

Los disparos habían cesado. Mateo había logrado abatir a los últimos atacantes, y ahora corría hacia ellos.

—¡Jessica! —se arrodilló a su lado—. Está muy mal. Tenemos que llevarla dentro.

Entre los dos la levantaron y la metieron en la cabaña. La acostaron en el sofá, mientras Elena traía el botiquín con manos temblorosas.

—La bala entró por el hombro —dijo Mateo, examinando la herida—. No parece que haya afectado órganos vitales, pero pierde mucha sangre.

—Hay que cauterizar —dijo Elena—. ¿Tenemos algo?

—Un cuchillo. Y alcohol.

Kaeil sintió que las fuerzas lo abandonaban. Ver a Jessica así, pálida, sangrando, le partía el alma.

—Tienes que hacerlo —susurró ella, mirándolo—. Tú. Solo tú.

—Yo no sé...

—Sí sabes. Eres el más listo. Descubriste cómo hacerlo todo. Ahora descubre cómo salvarme.

Kaeil tragó saliva. Luego asintió.

—Alcohol. Cuchillo. Y algo para que muerda.

Elena le dio un trapo enrollado. Jessica lo mordió mientras Kaeil, con manos temblorosas, vertía alcohol sobre la herida. Ella gritó, ahogando el sonido contra el trapo. Luego, el cuchillo calentado al rojo vivo.

—Ahora —dijo Kaeil, y aplicó el metal sobre la carne.

El olor a quemado llenó la habitación. Jessica se convulsionó y perdió el conocimiento.

Cuando terminó, Kaeil se derrumbó a su lado, llorando.

—Por favor —susurró—. Por favor, no te mueras.

Las horas pasaron lentamente. Mateo y Elena turnándose para vigilar, por si volvían. Kaeil no se movió de junto a Jessica, sujetándole la mano, hablándole en voz baja.

—Los archivos están ahí fuera —decía—. Ya los están viendo miles de personas. Crawford va a caer. Lo vamos a lograr. Pero tienes que despertar. Tienes que verlo.

El amanecer encontró a Kaeil aún despierto, los ojos enrojecidos, la mano aferrada a la de Jessica.

Y entonces, ella se movió.

Un pequeño movimiento, apenas un temblor en los dedos. Pero suficiente.

—¿Jessica? —susurró Kaeil.

Ella abrió los ojos lentamente. Su mirada tardó un momento en enfocarse, pero cuando lo hizo, vio a Kaeil y sonrió.

—Hola, idiota —murmuró con voz ronca.

Kaeil rompió a llorar, abrazándola con cuidado.

—No vuelvas a hacerme eso nunca —sollozó.

—No pienso. Prometido.

Mateo y Elena se acercaron, con Daniel en brazos. El niño señaló a Jessica y dijo:

—Tía dormida.

Todos rieron, una risa nerviosa, liberadora.

—¿Los archivos? —preguntó Jessica.

—Publicados. Replicados en mil servidores. Crawford está acabado.

—Bien. —Cerró los ojos un momento—. Entonces hemos ganado.

—Sí. Hemos ganado.

Afuera, el sol se elevaba sobre las montañas, bañando la cabaña con su luz. Dentro, cinco personas abrazadas celebraban la victoria. Una victoria pequeña, frágil, pero suya.

Y mientras Kaeil sujetaba la mano de Jessica, sintió que, por fin, después de todo, había encontrado un hogar.

1
Maria Laura Perez
Excelente
magali cangana
Hermosa historia que nace de la Vida, te muestra como un encuentro se transforma en un amor fuerte capaz de superar las adversidades con las que se encuentran en el camino, amistades que se prolongan en el tiempo capaces de transformarse en una gran familia amorosa, fuerte y leal. Felicitaciones autora sigue escribiendo más historias tan atractivas como esta.
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