Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.
Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón
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Capitulo 23: Las fotos del traidor
Unas horas después en n la planta baja, Damián se dirigió a su despacho. El encuentro con Javier lo había dejado con una sed que el whisky no podía calmar. Luca Ferretti apareció en el umbral, moviéndose con la discreción de un espectro. No necesitaba pedir permiso; Luca era el único que veía la podredumbre interna de Damián sin juzgarla.
—Señor —dijo Luca, extendiendo un sobre de manila—. Tenemos actualizaciones de París. Tal como solicitó.
La mandíbula de Damián se tensó. El nombre de Ángel bailaba en su mente como una promesa rota.
—¿Está bien? ¿Sigue en el distrito 1?
Luca dudó un instante. En su bolsillo guardaba información mucho más peligrosa sobre Adriano, pero sabía que Damián no estaba listo para procesar que su primo lo estaba desmantelando. El heredero solo tenía ojos para su amante perdido.
—Está más que bien, señor. Ha sido visto frecuentando los lugares más exclusivos. Pero no está solo.
Damián abrió el sobre. Sus manos temblaron ligeramente. En las fotos, Ángel Blanca sonreía con esa luz que Damián tanto extrañaba. Estaba en un restaurante con vistas al Sena, y a su lado, rodeándolo con un brazo posesivo, estaba el empresario Marco Valenti.
—Valenti está financiando su estancia allí —continuó Luca con voz plana—. Hay... proximidad física constante. Parece que Valenti lo ha tomado bajo su protección personal.
Damián sintió una oleada de celos que lo cegó momentáneamente, seguida de un orgullo herido que pedía sangre. Ángel no lo estaba esperando. Ángel estaba avanzando, usando su belleza para escalar en brazos de otro hombre poderoso mientras él se hundía en Sicilia con un esposo que lo miraba con asco. La comparación que Javier le había hecho en la habitación quemaba ahora con más fuerza: él no era el protector, era el abandonado.
A la mañana siguiente, el comedor formal de la mansión Moretti era el escenario de una farsa perfecta. Vittorio presidía la mesa, revisando informes de expansión territorial. Luca permanecía de pie a un lado, una estatua de lealtad. Damián estaba sentado frente a Javier, con los ojos inyectados en sangre.
Javier servía café con movimientos precisos. No había mirado a Damián desde que se sentaron. Había vuelto a su papel de "máquina", ocultando su frustración por tener sus planes en pausa.
—Necesitamos asegurar la ruta de Marsella antes de que el Consejo pida más explicaciones —comentó Vittorio, sin levantar la vista—. Damián, espero que esta vez te concentres.
Damián asintió distraídamente. Su mente estaba fija en la foto de Ángel y Valenti. Estaba imaginando las manos de ese hombre sobre la piel que él aún consideraba de su propiedad. Estaba tan perdido en su propia miseria y en el hábito de años que el nombre equivocado saltó de sus labios de forma natural, casi cruel.
—Ángel, pásame el azúcar.
El silencio que siguió fue absoluto, un vacío que pareció succionar el oxígeno de la habitación. La cuchara de plata de Javier cayó contra el plato de porcelana con un sonido metálico que resonó como un disparo. Luca desvió la mirada hacia la ventana. Incluso Vittorio se detuvo, observando a su hijo con una mezcla de lástima y desprecio.
Damián se congeló. El error fue tan evidente, tan humillante, que el aire se volvió irrespirable. No lo había hecho para herir, había sido un lapsus de un hombre que vivía en el pasado, pero para Javier, fue la gota que colmó el vaso de un mes de sumisión fingida.
Javier levantó lentamente la mirada. Sus ojos, usualmente gélidos, estaban ahora completamente quietos. No hubo lágrimas. Había algo mucho más peligroso: un desapego total, el momento en que una pieza de cristal decide convertirse en un arma.
—Me llamo Javier —dijo con una suavidad que hizo que Damián se encogiera internamente.
Damián apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de vergüenza genuina bajo la mirada de su padre.
—Fue un error —masculló, tratando de recuperar su postura dominante.
Javier asintió lentamente, dejando la servilleta de lino sobre la mesa con una calma aterradora.
—Lo sé. Has cometido muchos errores últimamente, Damián. Pero este es el último que voy a permitir que ocurra frente a testigos.
Javier se levantó de la silla. Su figura era imponente, una elegancia alemana que por un momento eclipsó la fuerza bruta del italiano.
—Si no hay nada más que discutir sobre la logística, me retiro. No soy un sustituto, Damián. Soy el hombre que lleva tu apellido y el que mantiene tus cuentas lejos de la ruina total. Respeta al menos la inversión que tu padre hizo en este matrimonio, ya que eres incapaz de respetar al hombre que tienes enfrente.
Javier salió del comedor con la cabeza en alta. Damián lo observó alejarse, sintiendo una inquietud nueva. No era solo la pérdida de Ángel; era la sensación de que Javier Müller acababa de declarar una guerra interna que él no sabía cómo pelear.
Esa noche, cuando Damián llegó a la habitación del ala oeste y giró el pomo de la puerta, se encontró con una resistencia inesperada. La puerta estaba cerrada con llave. Un gesto pequeño, pero devastador en una casa donde Damián siempre había tenido acceso total a todo lo que "poseía".
Damián no golpeó. Permaneció unos segundos allí, con la frente apoyada contra la madera fría. Del otro lado, Javier estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la puerta, cerrando los ojos con fuerza.
Javier Müller ya no buscaba amor ni respeto. Sabía que sus planes financieros estaban en pausa, pero su voluntad no. Si Damián quería un fantasma, Javier le daría una pesadilla. El hombre de cristal se había roto, y ahora cada fragmento era un bisturí listo para cortar.
En París, Ángel Blanca sonreía frente al espejo, ajeno a que su nombre se había convertido en el combustible que incendiaría la mansión Moretti. La guerra no se había detenido; simplemente se había vuelto personal.
Continuará...
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.