¿Será que una mujer solo tiene una única oportunidad para amar?
Mi Salvaje Concubina es una novela sobre libertad, identidad femenina y el precio de amar sin perderse.
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El Inicio De La Grieta
Habían pasado horas desde que las gemelas se acostaron, pero Melia seguía despierta.
Mina dormía profundamente a su lado. Su respiración tranquila contrastaba con el torbellino que no dejaba descansar la mente de Melia.
Cerraba los ojos… y regresaban las palabras del príncipe.
«Tu esposa no valía el sacrificio.»
Y luego la imagen de su tía Ramelia, erguida, sonriendo con dignidad frente a un sistema que la había humillado durante años.
Melia se incorporó con cuidado. Necesitaba aire.
El jardín estaba bañado por la luz de la luna. Caminó hasta el puente del lago, dejó que el frío le despejara la cabeza… y entonces lo escuchó.
Metal contra metal.
Espadas.
Se acercó con cautela, ocultándose entre las rocas.
Los príncipes de Kandor entrenaban.
Su técnica era impecable.
—Como era de esperarse —pensó.
Entonces vio llegar a Rafell… acompañado de tres jóvenes.
Su estómago se contrajo.
—Su alteza —dijo Rafell tras una reverencia—. Estas señoritas han sido preparadas conforme a la tradición.
Melia sintió que la sangre le ardía.
No esperó más.
—¿Estás escuchándote, Rafell? —salió de entre las sombras—. ¿Crees que por estar en Casa Alada puedes traer aquí las reglas de Kandor?
El silencio cayó pesado.
Los príncipes la reconocieron.
Kramín comprendió de inmediato.
Kailer alzó la vista lentamente.
La recorrió de arriba abajo.
Sin disimulo. Sin prisa. Con una mirada que no buscaba conocerla, sino clasificarla.
Sus ojos se detuvieron en su cabello suelto, en la ausencia de joyas, en la sencillez casi ofensiva de su ropa. En Kandor, esa apariencia no era neutral: era una declaración de inferioridad.
La evaluó como se evalúa una cosa fuera de lugar.
Una cosa mal presentada.
—Así que esta es la salvaje —dijo con frialdad.
Y entonces se dio media vuelta, ignorándola.
Rafell bajó la mirada.
—Estás deshonrando a mi padre —murmuró.
Melia tembló de rabia.
Se volvió hacia las jóvenes.
Ellas no la miraban. Lloraban en silencio.
—¿Por qué aceptaron esto? —preguntó.
—Para salvar a nuestros padres —dijo la mayor—. Nos pidieron ciento veinticinco monedas. Si no… seguirán presos.
El mundo de Melia se resquebrajó.
—¿Quién les hizo esta propuesta?
—Su tío Kroner.
El nombre cayó como una piedra.
Cuando Melia volvió a su habitación, ya no era la misma.
Había entendido algo que cambiaría su vida:
No todos los monstruos llevan coronas. Algunos se sientan a la mesa como familia.
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El sol caía oblicuo sobre el gran salón de competencias.
Las siete escuelas formaban un semicírculo solemne alrededor del cuadrilátero sagrado.
Una competidora enmascarada cruzó el umbral.
No llevaba joyas.
No llevaba ornamentos.
Solo la túnica sencilla de Ranson… y una presencia que incomodaba.
Desde el palco de honor, Kailer la observó.
No la reconoció.
Pero supo de inmediato que era una mujer.
Y eso lo irritó.
No por su belleza —no la había visto—
sino por la forma en que caminaba.
Libre.
Sin cálculo.
Sin reverencia.
—¿Quién es esa? —murmuró para sí.
Kramín también la miró, intrigado.
Algo en esa postura, en la forma de mover los hombros, le resultaba extrañamente familiar.
Uno a uno, los representantes de las escuelas fueron cayendo.
La competidora no combatía con furia, sino con claridad.
Cada movimiento era limpio.
Exacto.
Implacable.
Kailer empezó a inclinarse hacia adelante sin darse cuenta.
No por admiración.
Por inquietud.
Cuando la lucha final terminó y el oponente cayó, ella seguía en pie.
Silencio.
Rener Co se levantó.
—El título, la insignia de la Mariposa Alada y la recompensa… serán para Jin de Dar-Maeri.
Un murmullo recorrió la arena.
Entonces la voz de Rener se elevó:
—Quítate la máscara.
La competidora obedeció.
El rostro quedó al descubierto.
El coliseo estalló.
Kramín abrió los ojos.
—…Es ella.
La pordiosera del camino.
La salvaje.
Volvió la mirada lentamente hacia su hermano.
Kailer ya lo sabía.
Se notaba en la rigidez de su postura,
en la forma en que había dejado de respirar por un segundo.
No le había dicho nada.
Y en ese instante, Kramín entendió algo peligroso:
Su hermano no la había ignorado.
La había reconocido…
y la había estado observando todo el tiempo. En la cena y en el contacto que tuvieron en el jardín.
—Acepto cualquier castigo —dijo Melia—. Fui imprudente.
Hubo un segundo de silencio.
Jin, el competidor de Dar-Maeri, dio un paso al frente… y se arrodilló.
—Permítame recibir el castigo por ella, maestro.
Un murmullo recorrió la arena.
Luego otro competidor se arrodilló.
Y otro.
Después un anciano de túnica blanca.
Una mujer del público.
Un hombre que Melia había saludado alguna vez en un patio de entrenamiento.
Otro que la recordaba de niña, corriendo entre los maestros.
Las rodillas empezaron a tocar la piedra una tras otra.
No por rebeldía. No por espectáculo.
Sino porque todos, de algún modo, la conocían.
Rener Co cerró los ojos.
El cuadrilátero quedó cubierto de cuerpos inclinados.
Y en ese instante, sin que nadie lo proclamara en voz alta, Melia dejó de ser solo una joven…
y pasó a ser la hija de todos
El cuadrilátero quedó cubierto de cuerpos inclinados.
Rener Co respiró hondo.
—Basta —dijo al fin—. Nadie será castigado hoy.
Volveremos a reunirnos dentro de seis meses.
Hizo el gesto ritual con la mano.
Los ancianos lo imitaron.
El público también.
La multitud empezó a dispersarse lentamente.
El aire parecía haberse calmado.
Demasiado.
Kailer se puso de pie.
Algo dentro de él no dejaba de tensarse.
Y entonces—
Un silbido cortó el aire.
El primer hombre de negro apareció desde un pasillo lateral, espada en alto.
Luego otro.
Y otro más.
El ataque fue simultáneo.
Gritos.
Metal chocando contra metal.
Los guardias de la Casa Alada reaccionaron al instante, pero los atacantes no buscaban sembrar caos.
Buscaban al heredero.
Kramín se movió primero, cubriendo el flanco izquierdo.
Kailer avanzó al frente con una precisión letal.
Cada golpe suyo era certero.
Frío.
Implacable.
Los cuerpos empezaron a caer.
El público huía.
Los ancianos eran evacuados.
Pero el verdadero golpe aún no había llegado.
Desde las vigas altas, varios puntos oscuros se desprendieron al mismo tiempo.
Dardos.
Envenenados.
—¡Alteza! —gritó Blen.
Se lanzó hacia él.
El impacto fue seco.
Uno de los dardos se clavó en el costado de Blen.
Kailer apenas alcanzó a sostenerlo antes de que cayera.
—No —susurró.
Blen intentó hablar, pero la respiración se le quebró.
Kramín llegó corriendo.
—¡Traigan sanadores! ¡Ahora!
Kailer no escuchaba.
Tenía sus ojos puestos en el rostro pálido de Blem
Y por primera vez desde que nació…
El heredero de Kandor comprendió que el mundo podía tocarlo.
Que podía perder.
Que no era invulnerable.
Y mientras Blen era llevado entre gritos y pasos apresurados,
los ojos de Kailer se levantaron lentamente…
Hasta encontrar, al otro lado del coliseo, la figura de Melia.
Aún de pie.
Aún con la máscara en la mano.
Y en ese cruce de miradas, algo se selló.
No era amor.
No era deseo.
Era el principio de una guerra silenciosa.