León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 13
Kim suspiró aliviada mientras el té caliente reconfortaba sus manos, pero la tristeza seguía anclada en el fondo de sus ojos. Su madre seguía en esa casa. Seguía en ese infierno. Y ella estaba aquí, a salvo, mientras allá las cosas podían estar empeorando.
—Sabes —dijo de repente, rompiendo el silencio de la cocina.
Mateo volteó, prestando atención inmediata. Con Kim siempre estaba alerta a esas pequeñas señales, a los momentos en que su amiga dejaba caer la máscara.
—Eres un alfa tan maravilloso —continuó Kim, su voz temblando ligeramente—. Y yo... tengo tanto miedo de ser como mi padre.
Las palabras cayeron como piedras en el agua quieta.
—Por eso me hice tu amiga —sus ojos se humedecieron, pero su boca intentaba mantener esa sonrisa que siempre llevaba puesta, esa sonrisa que escondía un océano de dolor—. Tú nunca me dejarás convertirme en un monstruo, ¿verdad?
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero la sonrisa seguía ahí, desesperada, aferrándose a la esperanza como un náufrago a una tabla.
Mateo sintió que el corazón se le partía en pedazos. Recordó la sonrisa de su propia madre, siempre presente, siempre genuina. Y pensó en la madre de Kim, en cómo esa sonrisa se había ido borrando con los años, reemplazada por moratones y tristeza.
—No digas eso —respondió con firmeza, acercándose a ella—. Eres una amiga maravillosa. Eres un alfa maravillosa.
Y la abrazó.
Kim se derrumbó en sus brazos como un castillo de naipes. Por primera vez en años, no tuvo que mantener la imagen del alfa fuerte. No tuvo que fingir que todo estaba bien, que podía con todo, que el dolor no la atravesaba como cuchillos. Por primera vez, podía sentir y dejar que la consolaran.
—Él siempre golpea a mi mamá —sollozó contra el hombro de Mateo—. Me siento tan inútil... tan inútil por no poder protegerla.
Mateo la sostuvo en silencio, dejando que el dolor fluyera, sabiendo que a veces las palabras sobran.
...
Esa noche, cuando Kim finalmente se durmió en una de las habitaciones de la mansión, Mateo tomó su teléfono. Dudó un momento, el dedo suspendido sobre la pantalla, pero luego escribió el mensaje.
Sabía que León entendería. León había vivido cosas que él no podía ni imaginar. León sabría qué hacer.
"Necesito tu consejo. Es sobre Kim. ¿Podemos hablar mañana?"
La respuesta llegó antes de lo que esperaba.
"Dónde y cuándo"
...
A la mañana siguiente, Kim se despertó con una determinación que no había sentido en años. Su padre no estaría en casa hasta el mediodía. Tenía tiempo para ver a su madre, para abrazarla, para decirle todo lo que no había podido decirle.
Se vistió rápido y salió sin hacer ruido, agradeciendo mentalmente a la familia de Mateo por el refugio, pero sabiendo que su lugar ahora estaba allá.
Mientras tanto, en una cafetería del centro, Mateo esperaba nervioso la llegada de León. Cuando lo vio entrar, su corazón dio un vuelco, como siempre. Pero se obligó a concentrarse en lo importante.
—Gracias por venir —dijo cuando León se sentó frente a él—. Realmente no sé cómo afrontar esta situación, pero necesito ayudar a mi amiga.
León asintió, serio, pero con una suavidad en la mirada que solo aparecía cuando estaba con Mateo. Suspiró, como si estuviera decidiendo cuánto compartir.
—Escucha —comenzó, bajando la voz—. Existe una ONG que ayuda a omegas en estas situaciones. A mí... a mí me ayudaron mucho.
Mateo sintió un nudo en la garganta. No preguntó. No hizo comentarios. Solo escuchó.
—Ahora soy voluntario allí —continuó León, desviando la mirada por un momento, como si revelar eso lo hiciera vulnerable—. Puedo conseguir ayuda para la madre de Kim.
Mateo lo miró con una mezcla de admiración y orgullo tan inmensa que casi dolía. Comprendió tantas cosas en ese momento. Las cicatrices que León llevaba por dentro, los miedos, las desconfianzas. Todo tenía sentido.
Pero también sintió un orgullo inmenso. Su omega, porque en el fondo de su alma siempre sería su omega, era tan valiente. Tan fuerte. Había convertido su dolor en herramientas para salvar a otros.
—Eres increíble —murmuró Mateo sin poder evitarlo.
León se sonrojó y apartó la mirada, farfullando algo sobre "solo hacer lo correcto".
...
En la casa de Kim, el silencio era tan denso que podía cortarse. Kim entró con sigilo, encontrando a su madre en la cocina, preparando el desayuno como si nada, como si los moratones en sus brazos no fueran un mapa del dolor.
—Mamá —susurró Kim.
La mujer se giró y, al verla, sus ojos se llenaron de lágrimas. Corrieron a abrazarse con la desesperación de quienes saben que cada encuentro podría ser el último.
—Lo siento mucho —sollozó Kim, aferrándose a su madre como cuando era niña—. Debí protegerte más. Debí hacer algo antes.
La madre acarició su cabello, intentando consolarla, intentando ser fuerte aunque su cuerpo temblaba.
—Tú no tienes que cargar con esto, mi vida. Tú solo...
No pudo terminar la frase.
La puerta de la cocina se abrió de golpe.
El padre estaba ahí, con el ceño fruncido y los ojos inyectados en alcohol y furia.
—Te dije que no salieras de la habitación —escupió, mirando a su esposa.
Kim sintió que todo su cuerpo se helaba, pero también sintió algo más. Algo que había estado enterrado bajo años de miedo e impotencia. Algo que hoy, después de haber sido abrazada por una familia que amaba bonito, después de haber visto que otro mundo era posible, decidió despertar.
Se puso frente a su madre, bloqueando el paso.
—No te dejaré que le pongas una mano encima —dijo, y su voz no tembló.
El padre la miró con sorpresa primero, luego con diversión. Una diversión cruel que helaba la sangre.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer, escuincle?
Kim no retrocedió. Esta vez no.
Entonces todo pasó muy rápido.
La mano del padre se enredó en su cabello, tirando con furia. El primer golpe la hizo tambalear. El segundo la hizo caer de rodillas. Pero ella no gritó. No pidió perdón. No se arrastró.
—¡No! ¡Suelta a mi hija! —gritó su madre, intentando interponerse.
Kim, con la visión borrosa por el dolor y las lágrimas, vio un florero en la mesa cercana. Lo agarró con todas sus fuerzas y, cuando su padre se acercó de nuevo, lo golpeó en la cabeza.
El hombre cayó al suelo, aturdido.
—¡Vamos! —gritó Kim, tomando a su madre de la mano.
Corrieron hacia la puerta. Hacia la libertad. Hacia cualquier lugar que no fuera ese infierno.
Pero al abrir la puerta, dos hombres bloqueaban la salida. Los secuaces de su padre. Los mismos que siempre vigilaban que nadie escapara.
Las manos ásperas las atraparon, arrastrándolas de vuelta al interior. Y entonces, detrás de ellas, la voz que más temían.
—Te voy a enseñar a respetar a tu padre, maldita desgraciada.
El cinturón se deslizaba lentamente entre sus dedos, el metal del hebilla brillando amenazante.
La madre de Kim vio eso y algo dentro de ella se rompió por completo.
—¡No, por favor! —suplicó, arrodillándose—. Desquita tu furia conmigo, te lo ruego. Haz lo que quieras conmigo, pero no le hagas daño. ¡Es tu hija!
El padre sonrió. Esa sonrisa que precedía siempre a lo peor.
—Ya sabes lo que quiero —dijo, y sus ojos recorrieron el cuerpo de su esposa con un hambre que daba asco.
Tomó a la mujer del cabello y empezó a arrastrarla hacia la habitación. Ella forcejeaba, lloraba, suplicaba, pero él era demasiado fuerte.
—¡Mamá! ¡MAMÁ! —los gritos de Kim desgarraban el aire, pero los brazos de los secuaces la sujetaban con fuerza—. ¡DÉJALA! ¡NO TE ATREVAS A TOCARLA!
Pero el padre no se detuvo. La puerta de la habitación se cerró con un golpe seco.
Y Kim se quedó ahí, forcejeando inútilmente, escuchando los gritos ahogados de su madre al otro lado de la puerta, sintiendo que el mundo se derrumbaba a su alrededor.
Porque por más que había intentado ser fuerte, por más que había buscado ayuda, el monstruo siempre ganaba.
Y ella, una alfa que había jurado no ser como él, solo podía llorar y odiarse por no poder salvar a la persona más importante de su vida.
—
Mientras tanto, en la cafetería, Mateo y León seguían hablando de estrategias, de recursos, de cómo ayudar. No sabían que, en ese preciso momento, el tiempo se había agotado.
No sabían que Kim estaba pagando con lágrimas y sangre el precio de haber intentado romper el silencio.
Pero pronto lo sabrían.
Y cuando lo supieran, nada volvería a ser igual.
espero el siguiente capítulo