Sin spoiled
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Capitulo 4
Narrador: Bruno Ubicación: El gimnasio / El patio del Instituto San Lorenzo
El sudor me escocía en los ojos, pero no solté la barra. Ochenta kilos. Arriba. Abajo. Arriba. El metal estaba frío y olía a óxido y a esfuerzo ajeno. En este gimnasio de mierda, el aire no circula; se pudre.
—¡Una más, Bruno! ¡No seas nena! —gritó el Gordo Javi, mi sombra de cien kilos, mientras me vigilaba desde la cabecera del banco.
Solté un gruñido y empujé el hierro hacia el techo con un grito sordo que me desgarró la garganta. Bloqueé la barra en el soporte y me senté, jadeando, con las manos temblando de puro agotamiento. Me gustaba esa sensación. Si mis músculos dolían, mi cabeza callaba.
—Estás hecho una bestia, tío —dijo Javi, pasándome una toalla que olía a humedad—. A este paso, el entrenador te pone de capitán antes de que termine el mes.
—El entrenador es un imbécil —respondí, secándome la cara con brusquedad—. Solo le importa que no perdamos contra el Central el viernes.
—Bueno, después de la paliza que nos dieron, es normal. Oye, ¿has oído lo del nuevo? —Javi se sentó a mi lado, bajando la voz como si estuviéramos conspirando en el Vaticano.
—¿Qué nuevo? —pregunté, aunque sabía perfectamente de qué hablaba. En este instituto, un estornudo en la primera planta se escucha en el sótano en cinco minutos.
—El de España. Dicen que llega hoy. Un tal Mateo. Mi prima trabaja en secretaría y dice que el pavo tiene un expediente que parece un álbum de fotos de la Interpol. Expulsiones, peleas... y viene forrado de pasta, o eso dicen.
—Me importa una mierda de dónde venga —mentí, poniéndome de pie y agarrando mi camiseta del suelo—. Si viene a joder, se va a encontrar con una pared.
—Dicen que conoce a Candelario.
Me detuve en seco, con la camiseta a medio poner. La sola mención de ese nombre me revolvió el estómago de una forma que no sabía explicar. Leo Candelario. El chico de cristal. El que camina por los pasillos como si estuviera pidiendo permiso para existir.
—¿Al maricón de Leo? —pregunté, tratando de sonar indiferente.
—Eso dicen. Que eran amigos de pequeños o algo así. Imagínate, dos bichos raros juntos. Si uno ya da grima, dos van a ser un circo.
—Cállate, Javi. Vamos a clase.
Caminamos por el pasillo principal. Yo iba delante, como siempre, marcando el ritmo. La gente se apartaba. No era respeto, era miedo, y yo me alimentaba de eso. Era la única moneda que entendía en este lugar.
Al llegar a la zona de los casilleros, vi a Leo. Estaba allí, apoyado contra su taquilla, mirando su teléfono con una intensidad que casi hacía que la pantalla echara humo. Estaba pálido, más de lo habitual. Sus dedos se movían frenéticamente.
—Mira a tu novio, Bruno —susurró Javi con una risita—. Parece que está esperando que le baje la regla.
Me acerqué a él. No pude evitarlo. Era como una fuerza magnética. Me gustaba ver cómo se tensaba cuando yo estaba cerca. Me gustaba saber que yo era el dueño de su tranquilidad.
—¿Qué pasa, Candelario? —le solté, dándole un golpe en el casillero justo al lado de su cabeza. El sonido del metal chocando resonó en el pasillo—. ¿Estás reservando sitio para tu guardaespaldas internacional?
Leo levantó la vista. No se encogió esta vez. Sus ojos tenían un brillo extraño. Miedo, sí, pero también algo más. Una anticipación que me molestó profundamente.
—Déjame en paz, Bruno —dijo, su voz era un hilo, pero no tembló.
—Uy, el gatito tiene garras hoy —intervino Javi, poniéndose detrás de mí—. ¿Qué pasa? ¿Tu amiguito de Barcelona te ha dado clases de valentía por Skype?
—Se llama Mateo —respondió Leo, mirándome directamente a los ojos. Fue un desafío de un segundo, pero se sintió como una eternidad—. Y no es un guardaespaldas. Es... alguien que no te tiene miedo.
Me eché a reír, una risa seca y dura. Me acerqué tanto a él que nuestras narices casi se tocaban. Pude ver las pequeñas manchas de pintura en su cuello. Siempre estaba sucio de arte, de esa mierda que a nadie le importa.
—Escúchame bien, dibujo animado —le susurré al oído—. Me da igual si viene de España o de la Luna. En este instituto, la gravedad la marco yo. Y si tu amiguito cree que puede venir aquí a cambiar las cosas, va a aprender muy pronto que el suelo de aquí está muy duro. ¿Entendido?
Leo no contestó. Simplemente apretó el teléfono contra su pecho.
—Vámonos —le dije a Javi—. No quiero llegar tarde a Matemáticas por culpa de este desperdicio.
Entramos al aula. El calor era insoportable. El ventilador del techo giraba con un chirrido rítmico que me estaba volviendo loco. Me senté al fondo, en mi trono de madera rayada con iniciales de gente que ya ni recordaba.
—Oye, Bruno —dijo Vanessa, girándose desde el pupitre de delante. Se mascaba un chicle que olía a fresa ácida—. ¿Es verdad que el nuevo es guapísimo? He visto fotos en el Instagram de Clara y, o sea, flipas. Parece modelo.
—Vanessa, ¿por qué no te callas y te pintas las uñas o algo? —le contesté de mala gana.
—Qué borde estás hoy, de verdad —resopló ella—. Solo digo que a lo mejor te quita el puesto de "rey del insti".
—A mí nadie me quita nada, Vanessa. Tenlo claro.
La clase empezó, pero yo no podía concentrarme. Miraba hacia la puerta cada vez que alguien pasaba por el pasillo. Estaba tenso, como un perro antes de una pelea. ¿Por qué me importaba tanto? Era solo un chico más.
De repente, el director, el viejo Sánchez, apareció en la puerta. Se veía nervioso, ajustándose la corbata gastada. Detrás de él, había una sombra.
—Buenos días, clase —dijo Sánchez con su voz de funeral—. Tenemos un nuevo integrante en nuestra comunidad. Viene desde lejos, así que espero que le den una bienvenida... adecuada. Pasa, Mateo.
Y entonces entró él.
El silencio que cayó en el aula fue absoluto. Ni siquiera el ventilador parecía atreverse a chirriar.
No se parecía a nada de lo que había visto por aquí. Llevaba unos pantalones negros con cadenas, una camiseta de un grupo de rock que no conocía y una chaqueta de cuero que, solo con verla, sabías que costaba más que el coche de mi padre. Tenía el pelo rizado, alborotado, y un pendiente de aro en la oreja izquierda.
Pero lo que más me jodió fue su cara. No tenía miedo. No tenía esa mirada sumisa que todos tienen cuando entran nuevos. Miraba a la clase como si estuviera eligiendo qué comprar en un supermercado.
—Hola —dijo. Su acento era una mezcla extraña, suave pero con una seguridad que me dio ganas de darle un puñetazo en la boca—. Soy Mateo. Un placer.
Su mirada recorrió las filas. Pasó por encima de Vanessa, que casi se desmaya, pasó por encima de Javi, y se detuvo.
Se detuvo en Leo.
Vi cómo la cara de Mateo cambiaba. Fue un segundo. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero llena de una complicidad que me quemó por dentro. Fue como si estuviéramos viendo una película y ellos dos fueran los únicos con sonido.
—Mateo, siéntate allí, detrás de Candelario —dijo el profesor, señalando el único sitio libre.
Mateo caminó por el pasillo central. Caminaba con un balanceo, con una confianza que no era física, era mental. Al pasar por mi lado, ni siquiera me miró. Me ignoró como si yo fuera parte del mobiliario. A MÍ.
Se sentó detrás de Leo. Vi cómo Leo se giraba apenas un milímetro, sus hombros relajándose por primera vez en años.
—¿Has traído los pinceles? —escuché que Mateo le susurraba. Su voz era baja, pero en ese silencio se escuchó perfectamente.
—Callaos —solté desde el fondo, con más rabia de la que pretendía.
Mateo se giró lentamente en su silla. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi camiseta de tirantes y mis brazos tatuados. No se amilanó. Al contrario, levantó una ceja.
—¿Y tú quién eres? ¿El bedel? —preguntó Mateo con una sonrisa perfecta y blanca.
La clase entera contuvo el aliento. Javi se puso tenso a mi lado, esperando mi señal para saltar.
—Soy el que va a hacer que te arrepientas de haber cruzado el charco, payaso —le contesté, levantándome a medias de mi asiento.
—Bruno, siéntate —advirtió el profesor sin mucha convicción.
Mateo no dejó de sonreír. Se giró de nuevo hacia Leo y le puso una mano en el hombro. Una mano con las uñas pintadas de negro. Vi cómo Leo cerraba los ojos por un instante, como si ese contacto fuera lo único que necesitaba para respirar.
—Ignóralo, Leo —dijo Mateo, lo suficientemente alto para que todos lo oyéramos—. En Europa ya no quedan dinosaurios, se me hace raro ver uno de cerca.
La clase estalló en murmullos. Yo sentía que la sangre me hervía. Las manos me sudaban, pero no por el ejercicio. Era una rabia fría, una necesidad de destruir esa confianza, de borrar esa sonrisa de su cara.
El resto de la clase fue una tortura. No dejaba de mirarlos. Mateo no paraba de juguetear con el pelo de Leo, o de pasarle notas. Notas que Leo leía y que le hacían sonreír. Una sonrisa de verdad, no esa mueca de miedo que yo estaba acostumbrado a ver.
Cuando sonó el timbre del recreo, me levanté antes que nadie. Me puse en la puerta, bloqueando la salida.
—¡Eh, tú! —le grité a Mateo mientras él y Leo se levantaban—. El de las cadenitas. Ven aquí.
Mateo se acercó, caminando despacio, con Leo a su lado como una sombra asustada pero fiel.
—Dime, ¿quieres un autógrafo o algo? —preguntó Mateo, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Quiero que sepas cómo funcionan las cosas aquí —dije, señalando el patio—. Ese de ahí —señalé a Leo— es mi juguete. Me divierto con él cuando me aburro. Así que búscate otra mascota si no quieres que te rompa esa carita de modelo.
Mateo dio un paso adelante, rompiendo mi círculo de seguridad. Olía a una colonia cara, algo que no podías comprar en la farmacia de la esquina.
—Escúchame bien, bulto de gimnasio —dijo Mateo, y esta vez su voz no tenía nada de broma. Era afilada como una cuchilla—. Leo no es el juguete de nadie. Y si vuelves a ponerle una mano encima, o si le dices una sola palabra más que no sea "perdón", te juro que vas a descubrir por qué me echaron de tres colegios en Barcelona. Y créeme, no fue por mis buenas notas.
—¿Me estás amenazando? —me reí, mirando a Javi que ya estaba a mi espalda.
—No es una amenaza. Es un aviso de seguridad —Mateo se giró hacia Leo—. Vamos, Leo. Tengo hambre y este sitio huele a testosterona rancia.
Se fueron. Caminaron por el pasillo, con Mateo pasando el brazo por encima de los hombros de Leo, protegiéndolo, marcando territorio. La gente se quedaba mirando. El orden natural del San Lorenzo se estaba rompiendo delante de mis ojos.
—¿Qué hacemos, Bruno? —preguntó Javi, con los puños cerrados—. ¿Le damos en el almuerzo?
Me quedé mirando la espalda de Mateo. No era como los otros. Había algo en su mirada, una oscuridad que me resultaba familiar. No era solo un chico rico. Era alguien que había visto peleas de verdad.
—No —dije, apretando los dientes—. Todavía no. Vamos a dejar que se confíe. Vamos a ver hasta dónde llega su valentía de importación.
—Pero Bruno, se ha reído de ti delante de todos.
—He dicho que todavía no, Javi —le grité, dándole un empujón—. Quiero que Leo vea cómo su héroe se desmorona. Quiero que sea Leo el que me pida que pare.
Fui hacia la cafetería, pero no tenía hambre. Sentía una presión en el pecho, una rabia que se mezclaba con algo que no quería admitir. Por primera vez en mi vida, sentía que alguien me miraba de igual a igual, o incluso desde arriba. Y eso no podía quedar así.
Leo era mío. Su miedo era mío. Y Mateo Velázquez acababa de declarar una guerra que no tenía ni puta idea de cómo terminar.