Renace en un mundo mágico para cobrar venganza.
* Novela parte de un gran mundo mágico *
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Mansion Evenson 1
Cuando el duque volvió a entrar a la mansión Evenson, su mal humor era evidente. Caminaba con paso firme, el ceño fruncido, la capa apenas acomodada sobre los hombros. No había olvidado la imagen del carruaje alejándose ni las palabras de Cora clavándosele como una acusación silenciosa.
Sin perder tiempo, ordenó reunir a los sirvientes en el salón principal.
Pocos minutos después, hombres y mujeres de distintas edades se alinearon con la cabeza baja, las manos cruzadas al frente. El ambiente estaba cargado de expectativa. Jason se colocó frente a ellos, erguido, imponente.
—Presten atención —dijo con voz grave—. Lady Cora Morgan es mi prometida.
Un murmullo apenas perceptible recorrió el salón, como un susurro que se desliza por las paredes.
—Desde hoy —continuó—, se la tratará con el mismo respeto que a la duquesa de esta casa. Sus órdenes se obedecerán. Su bienestar es responsabilidad de todos ustedes. ¿Quedó claro?
—Sí, mi lord —respondieron, aunque no con la firmeza que él esperaba.
Fue entonces cuando Jason lo oyó.
Primero fue un comentario ahogado, casi inaudible. Luego otro. Comparaciones. Nombres que no deberían haberse pronunciado.
—…la primera duquesa siempre fue tan amable…
—…nunca alzaba la voz…
—…es una lastima que se haya ido…
—…Lady Florence era tan especial…
—…sabía tratar al servicio…
Jason sintió cómo la sangre le subía al rostro.
Sus ojos se oscurecieron y el aire pareció volverse más pesado. Dio un paso al frente.
—¡Silencio! —tronó su voz, haciendo que varios se estremecieran.
El murmullo murió al instante.
—No les he pedido opiniones —continuó, con una calma peligrosa—. No les he pedido recuerdos. Mucho menos comparaciones.
Recorrió el salón con la mirada, deteniéndose en cada rostro.
—La primera duquesa ya no vive en esta casa. Lady Morgan sí. Y les aseguro algo: el respeto que no sean capaces de ofrecerle por voluntad, lo aprenderán por obligación.
Un silencio absoluto cayó sobre los sirvientes. Nadie se atrevía a levantar la vista.
Jason respiró hondo, conteniendo la furia que le ardía en el pecho. No solo lo enfurecía la falta de disciplina… le enfurecía que usaran a Florence como medida, como excusa, como arma.
—Pueden retirarse —ordenó finalmente—. Y más les vale recordar cada palabra que he dicho.
Cuando el salón quedó vacío, Jason apretó los puños.
Por primera vez en mucho tiempo, entendió que defender a Cora no sería solo parte del contrato.
Sería una batalla contra los fantasmas de su propio pasado.
Al día siguiente, cuando Cora regresó a la mansión Evenson, no perdió tiempo. Descendió del carruaje y caminó directo hacia la oficina, como si aquel lugar ya le perteneciera por derecho propio.
No tardó en notar el cambio.
Los sirvientes la saludaban con corrección impecable, inclinando la cabeza, cuidando las formas. Ya no había desdén ni descuido, pero tampoco calidez. Era un trato respetuoso, profesional… distante. Exactamente como se trataba a alguien a quien se debía obedecer, no necesariamente querer.
Cora lo percibió al instante.
Y, para su propia sorpresa, no le importó.
No estaba allí para ganar afecto ni aprobación. Tenía objetivos más grandes, más urgentes. Así que tomó asiento, ordenó documentos, pidió informes y comenzó a trabajar sin dedicarles más pensamientos.
Mientras tanto, en las caballerizas, Jason ajustaba correas y revisaba monturas con la atención meticulosa que ponía en todo lo que hacía. Un soldado se acercó y anunció:
—Mi lord, Lady Morgan ha llegado.
Jason se detuvo apenas un segundo.
Asintió.
—Bien.
No preguntó nada más. No se movió.
Por dentro, sin embargo, algo tironeó de él. Una parte de su mente le decía que debía ir a verla, comprobar si estaba bien, si había comido, si seguía molesta. La imagen de Cora concentrada, con el ceño fruncido sobre los papeles, apareció con claridad incómoda.
Pero Jason cerró ese pensamiento con la misma disciplina con la que cerraba una herida.
El trabajo siempre era primero.
El ducado siempre iba antes.
Así había sido siempre.
Y, sin saberlo aún, ese hábito sería lo único capaz de ponerlos verdaderamente en conflicto.
Más tarde, el mayordomo se acercó con cautela.
—Mi lord —dijo—, Lady Morgan solicita hablar con usted.
Jason apretó los labios.
Por un instante pensó en ir de inmediato. La imagen de Cora, seria, quizá molesta, cruzó por su mente. Pero miró a los soldados que esperaban instrucciones..
—Dile que iré cuando termine —respondió finalmente—. No tardaré.
El mayordomo asintió y se retiró.
Jason siguió trabajando, concentrado, convencido de que hacía lo correcto. El ducado no podía esperar. Siempre había sido así. Sin embargo, cuando por fin terminó y se encaminó hacia la oficina, una sensación incómoda se le instaló en el pecho.. se habia tardado mucho mas tiempo del que creyó..
Al abrir la puerta, la escena lo golpeó de lleno.
Cora estaba sentada a la mesa, inclinada sobre varios documentos. A su lado, demasiado cerca para su gusto, estaba Oliver. Él le explicaba algo señalando una hoja, y Cora reía suavemente, relajada, interesada. No había tensión. No había enojo. Había complicidad.
Jason sintió cómo la ira le subía de golpe.
—¿Para qué me mandaste a buscar? —preguntó con voz dura, cerrando la puerta tras de sí.
Ambos levantaron la vista.
Cora lo miró apenas un segundo. Su expresión fue neutra, casi indiferente.
—Ya no es necesario —respondió—. Te necesité hace horas. Como no viniste, Oliver me ayudó. Así que ya no te necesito.
Las palabras fueron claras. Precisas. Cortantes.
Jason abrió la boca para decir algo, pero no alcanzó.
—Continúa, Oliver —añadió Cora con tranquilidad, volviéndose hacia él—. Me estabas explicando lo de los negocios fuera del reino..
Oliver dudó un instante. Miró a Jason, incómodo, pero al ver que Cora seguía concentrada, retomó la explicación.
Jason sintió cómo algo se quebraba.
No era solo enojo.
Era celos.
Era orgullo herido.
Era darse cuenta de que, por primera vez, alguien había seguido adelante sin esperarlo.
Se quedó allí de pie, con los puños apretados, observando cómo Cora escuchaba a otro hombre con atención, cómo reía con facilidad, cómo trabajaba sin necesitarlo.
Y comprendió, con una furia silenciosa que le ardía en el pecho, que el mayor error no había sido dejarla esperando.
Había sido creer que siempre lo haría.
que no pierde tiempo para recordarte directa e indirectamente tus errores pasados!, detesto ese/Smug/ Callalos Jason
ya está muerto y no se ha dado cuenta mi amigo, con esas palabras que le dijo a Jason, creó su propia tumba😡