Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 7 Rumores que cruzan muros
El castillo de los Ravenna tenía una habilidad extraordinaria para exagerar.
Alessandro di Ravenna descubrió que el simple hecho de haber salido al mercado con Luca Avenni se había convertido, para la hora del té, en “el heredero paseando a su prometido por el pueblo”. Y para la cena, en “el heredero presentando a su futuro consorte ante los comerciantes”.
—Esto es absurdo —murmuró, mirando la cara divertida del mayordomo Giovanni.
—Las historias necesitan héroes —respondió el hombre—. Y el castillo estaba aburrido.
—No somos una historia.
—Aún no —sonrió Giovanni.
Eso no tranquilizaba.
Los tutores convocaron a Alessandro esa misma tarde.
—Salir del castillo sin escolta no es prudente —dijo uno, con voz grave.
—No estaba solo —respondió Alessandro—. Yo… —se detuvo—. Yo podía encargarme.
—Ese no es el punto —replicó otro—. Usted es el heredero.
—Y el niño omega es vulnerable —añadió una tutora—. No debe exponerse a peligros del pueblo.
Alessandro apretó los puños.
—No estuvo en peligro.
—Estuvo fuera de la protección del castillo —corrigió la tutora—. Eso ya es un riesgo.
La “consecuencia” fue simple y humillante: una semana sin salidas al exterior. Alessandro lo aceptó sin quejarse. Luca, en cambio, frunció el ceño como si le hubieran robado un secreto importante.
—¿Fue por mi culpa? —preguntó Luca, caminando a su lado por el pasillo.
—No —respondió Alessandro—. Fue por la mía.
—Entonces yo también debería tener castigo —dijo Luca con lógica infantil—. Así estamos iguales.
—No funciona así.
—Debería.
Alessandro se detuvo.
—Escucha —dijo—. No tienes que cargar con mis decisiones.
Luca pensó un momento.
—Entonces tú no cargues con las mías —respondió—. Caminemos igual.
Eso era… imposible de refutar con argumentos simples.
Los rumores no se quedaron dentro del castillo.
Dos nobles del sur llegaron con sonrisas corteses y ojos curiosos.
—Así que este es el pequeño músico —comentó una dama—. He oído que acompaña al heredero a todas partes.
—No a todas —corrigió Alessandro.
—Solo a las importantes —sonrió la dama.
Luca hizo una pequeña reverencia, imitando lo que había visto hacer a otros niños nobles.
—Toco para el castillo —dijo—. Y para que Alessandro no esté triste.
Silencio.
—Qué adorable —murmuró alguien.
Alessandro sintió calor en las orejas.
Esa tarde, Luca decidió “arreglar” los rumores a su manera.
Se subió a una banquita en el salón principal.
—Atención —anunció—. Alessandro no es mi prometido.
El castillo entero pareció contener la respiración.
—Es mi… —Luca dudó—. Mi persona importante.
Eso fue peor.
—No tienes que anunciar nada —dijo Alessandro, tirando suavemente de él para bajarlo—. La gente inventa cosas y se cansa sola.
—¿Seguro? —preguntó Luca—. A mí me gusta decir la verdad en voz alta.
—La verdad en voz alta a veces se vuelve ruido —respondió Alessandro.
Luca lo miró con atención.
—Entonces la diré bajito.
Se inclinó hacia él.
—Eres importante para mí.
Alessandro sintió que el corazón le daba un golpe torpe.
—Eso… no se dice así.
—¿Cómo se dice?
—No se dice —respondió, demasiado rápido.
Luca asintió, pensativo.
—Entonces lo tocaré.
Esa noche, la música fue distinta.
No alegre.
No triste.
Intencional.
El mini conflicto llegó al día siguiente.
Un joven noble, molesto por los rumores, empujó a Luca en el pasillo.
—Deja de llamar la atención —le dijo—. No eres de aquí.
Luca sostuvo su arpa con fuerza.
—Toco porque quiero —respondió—. No para ti.
El noble rió.
—Eso no cambia lo que eres.
Antes de que Alessandro llegara, la voz del mayordomo Giovanni se interpuso.
—El castillo cambia a quien entra —dijo con calma—. Y quien entra cambia al castillo.
El joven noble se retiró, molesto.
Alessandro llegó tarde… y eso lo incomodó más de lo que admitiría.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —respondió Luca—. No todos escuchan. Pero algunos sí.
Alessandro apretó los labios.
—No debiste enfrentarlo solo.
—No estaba solo —sonrió Luca—. Giovanni escuchó.
Eso no era consuelo suficiente.
Esa noche, Alessandro habló con Giovanni.
—No puedo estar en todas partes —dijo.
—Nadie puede —respondió el mayordomo—. Por eso el castillo cuida a los suyos.
—¿Y si el castillo no es suficiente?
Giovanni sonrió con una gravedad nueva.
—Entonces usted aprenderá a confiar.
Esa palabra volvió a doler.
Alessandro encontró a Luca en el jardín interior, afinando su arpa.
—No te enfrentes a nobles —dijo—. No vale la pena.
—No me enfrenté —respondió Luca—. Me quedé de pie.
Alessandro se sentó a su lado.
—Eso ya es enfrentarse, a veces.
Luca pensó un segundo.
—Entonces… ¿me quedo sentado?
Alessandro soltó una risa corta.
—No. Quédate como eres.
Se miraron.
—Hoy no te besaré —anunció Luca—. Es un día de aprender.
—Gracias.
—Mañana vemos.
La música sonó suave esa noche.
Y Alessandro entendió que los rumores no se detendrían por sí solos…
pero él ya no quería que se detuvieran del todo.
Porque, de alguna manera incómoda, los rumores decían en voz alta
lo que él aún no se atrevía a aceptar ni en silencio.