Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 10 – Palabras que pesan
Briana
La tarde avanzaba lenta, como si el tiempo hubiera decidido estirarse solo para ponernos a prueba. Maicol estaba en el comedor, con los papeles desparramados frente a él y la mirada fija en uno de los planos. La seriedad en su rostro era como un muro que nadie se atrevía a atravesar.
—¡Papá! ¿Podemos salir hoy? —preguntó Pía, con la ilusión brillando en los ojos—. Quiero ir al parque, hace mucho que no vamos.
Por un segundo pensé que él levantaría la vista y sonreiría, pero lo único que hizo fue negar con la cabeza.
—No, Pía. Tengo que trabajar.
La sonrisa de la niña se borró en el acto. Bajó los hombros y se quedó inmóvil, con los ojitos humedecidos. Teo se levantó de su lugar y, sin decir palabra, tomó la mano de su hermana.
—Vamos arriba —le susurró.
Ella asintió y ambos se marcharon a su habitación. El silencio que dejaron atrás pesó como una losa.
Yo me quedé de pie, con las manos entrelazadas, sintiendo una presión en el pecho que me obligaba a hablar. Respiré hondo y me acerqué al comedor.
—Maicol… —mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. No quiero meterme en lo que no me corresponde, pero… creo que deberías pasar más tiempo con ellos.
Él levantó la vista lentamente. Sus ojos oscuros me atravesaron, serios, inquisitivos.
—¿Qué quieres decir?
Tragué saliva.
—Ellos sienten que son una carga para ti. Que no quieres estar con ellos. Y que por eso estoy aquí, para ocuparme, para que no molesten.
Vi cómo apretaba la mandíbula, sus dedos tensándose sobre el bolígrafo. Cerró los ojos un segundo y soltó un suspiro largo, como si llevara años conteniendo el aire.
—No es que no quiera estar con ellos —dijo al fin, con la voz baja, cargada de cansancio—. Es que… después de la muerte de su madre, todo cambió.
Guardó silencio unos segundos, como si las palabras fueran demasiado pesadas para salir.
—Pía era un bebé. Apenas sabía cómo sostenerla sin que llorara. Teo me buscaba todas las noches, preguntando por ella… y yo no tenía respuestas. No tuve apoyo de mi familia, nunca lo tuve. El único que estuvo fue Bastian, mi mejor amigo. Sin él, no sé cómo habría sobrevivido. Ahora está en Europa, pero… en ese entonces, fue él quien me sostuvo cuando yo mismo me rompía.
Su voz se quebró levemente al final. Yo lo miraba, sintiendo que por primera vez me estaba mostrando la grieta en su armadura. El hombre fuerte, el arquitecto exitoso, el padre severo… se desmoronaba frente a mí.
Me acerqué un poco más, con cuidado, como si un movimiento brusco pudiera hacerlo huir.
—Lo entiendo, Maicol. Sé que debió ser insoportable perder a tu esposa.
Él me miró, con los ojos cansados, oscuros, llenos de recuerdos.
—Ese día yo perdí a mi mujer —murmuró.
Me atreví a dar un paso más y puse mi mano sobre la suya. El contacto fue cálido, inesperado, íntimo.
—Sí… pero ese mismo día, Pía y Teo perdieron a su madre. Para ellos también fue duro, aunque no sepan expresarlo. Los niños solo intentan aferrarse a ti, porque eres su padre. Eres quien debe protegerlos, quien debe estar allí para ellos.
Sentí cómo su mano se tensaba bajo la mía, y luego cómo lentamente se relajaba. Su mirada se quedó fija en mí, intensa, como si mis palabras lo hubieran alcanzado en un lugar donde nadie más lo había hecho.
Mi corazón latía rápido. Había algo en esa cercanía que me removía, un calor que me subía por la piel.
Entonces, la voz de Teo rompió el momento.
—¡Papá! —apareció en la entrada de la sala, con el ceño fruncido—. Pía está llorando por tu culpa.
Retiré mi mano enseguida, como si nos hubieran descubierto en algo prohibido. Maicol se levantó de golpe, con el rostro serio.
—¿Dónde está?
—En la habitación —respondió Teo, cruzándose de brazos—. Dice que siempre la dejas para después.
La expresión de Maicol cambió. Su seriedad se quebró en una mezcla de culpa y decisión. Se pasó una mano por el cabello y suspiró.
—Está bien —dijo finalmente—. Dejaremos el trabajo para mañana.
Los ojos de Teo se abrieron un poco, incrédulos.
—¿De verdad?
—De verdad. Vamos a salir ahora mismo.
En ese momento, Pía bajó corriendo las escaleras, todavía con lágrimas en el rostro. Al escuchar las palabras de su padre, se lanzó a sus brazos y lo abrazó con fuerza.
—¡Gracias, papá!
Él la levantó y la sostuvo contra su pecho.
Teo, con una media sonrisa, añadió:
—Pero Briana tiene que venir también.
Maicol levantó la mirada hacia mí. Por un instante, hubo un silencio cargado de algo que me hizo contener la respiración. Finalmente, asintió.
—Está bien. Vamos los cuatro.
Pía dio un grito de alegría y Teo sonrió abiertamente por primera vez en mucho tiempo.
Yo me quedé en el comedor, con el corazón acelerado. El eco del contacto de su mano en la mía seguía vivo en mi piel.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce