"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
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Desayuno con serpiente
La luz del sol de la mañana se filtraba por las cortinas de mi habitación, pero no traía consigo la paz de un nuevo día. Para mí, cada amanecer era una cuenta atrás.
Me desperté antes de que Rosa llamara a mi puerta. Me quedé inmóvil, mirando el techo, recordando la sensación del frío mármol en el ático y el sabor del veneno. Esa memoria era mi combustible. Me levanté y, con movimientos mecánicos, me puse una bata de seda. Al mirarme al espejo, noté la marca morada en mi brazo, el recuerdo del agarre de Julián de anoche.
—Un recordatorio de quién eres realmente, Julián —susurré, cubriendo la marca con cuidado.
Bajé las escaleras de la mansión Rossi. El aroma a café recién hecho y pan tostado inundaba el pasillo, un olor que antes me resultaba acogedor y que ahora me revolvía el estómago. En el comedor, la escena era la viva imagen de la traición doméstica.
Julián estaba sentado a la cabecera, leyendo el diario financiero en su tableta, luciendo impecable en su traje gris. A su lado, Mónica reía mientras servía mermelada sobre una tostada. Se veían tan integrados, tan dueños de mi casa, que por un segundo sentí un impulso violento de echarlos a gritos. Pero me contuve. El juego doble exigía paciencia.
—Buenos días —dije, entrando al comedor con una sonrisa ensayada que no llegaba a mis ojos.
—¡Valeria! —Mónica levantó la vista, radiante—. Pensé que seguirías durmiendo después de tu "migraña" de anoche. ¿Te sientes mejor, primita?
—Mucho mejor. El descanso hace maravillas por la claridad mental —respondí, sentándome frente a ellos.
Julián dejó la tableta y me dedicó una mirada escrutadora. Estaba buscando rastros de la rebelde de anoche, pero yo me encargué de ofrecerle a la Valeria que él creía controlar.
—Me alegra oírlo —dijo Julián, con un tono posesivo—. En un par de horas comenzará la licitación del puerto. Deberías estar pegada al teléfono, amor. Cuando gane, serás la primera en saberlo. Rossi y Asociados dará el salto que tu padre siempre soñó.
—No lo dudo —comenté, tomando un sorbo de té—. Estás tan seguro de ti mismo, Julián. Me pregunto qué pasaría si algo saliera mal. Los negocios son... impredecibles.
Julián soltó una carcajada seca, llena de arrogancia.
—En este nivel, nada es impredecible si tienes las piezas correctas en el tablero. Y yo las tengo todas. Blackwood no tiene ninguna posibilidad.
Mónica asintió con entusiasmo, tocando sutilmente el brazo de Julián sobre la mesa. Fue un gesto rápido, casi imperceptible, pero para mí fue como una bofetada.
—Valeria tiene razón en algo, Juli —intervino Mónica, clavando sus ojos en los míos—. Anoche estuviste muy extraña. Ese vestido negro... y esa forma de desaparecer. ¿Segura que no hay nada que quieras contarnos? Como familia, no debería haber secretos.
—¿Secretos? —me incliné hacia adelante, sosteniendo la mirada de mi prima—. Tienes razón, Mónica. Los secretos son como el veneno: actúan en silencio hasta que es demasiado tarde. Pero no te preocupes, no tengo nada que ocultar que no se vaya a saber a su debido tiempo.
El ambiente se tensó. Mónica dejó de sonreír y Julián frunció el ceño. Estaba empujando el límite, pero disfrutaba viendo cómo la duda empezaba a germinar en ellos, aunque fuera mínimamente.
—Hablando de familia —continué, cambiando el tono a uno más ligero—, Mónica, he estado revisando los registros de la fundación. Hay algunas discrepancias en los gastos de representación que tú manejas. Nada grave, seguro, pero me gustaría que los revisáramos juntas esta tarde.
Mónica palideció un poco. Ella usaba la fundación para desviar dinero a las cuentas privadas de Julián.
—¿Hoy? Estoy algo ocupada, Valeria...
—Oh, insisto. Después de que Julián gane su licitación, tendremos mucho tiempo. Es importante que las cuentas de la familia estén impecables, ¿no crees, Julián?
Julián, sin sospechar que yo sabía la verdad, asintió distraído.
—Haz lo que dice Valeria, Mónica. No queremos auditorías externas ahora que vamos a estar bajo la lupa por el contrato del puerto.
Mónica apretó los cubiertos con fuerza, lanzándome una mirada de puro odio que ocultó rápidamente bajo una máscara de obediencia. Había sembrado la primera semilla de discordia entre ellos. Julián, en su egoísmo, no dudaría en sacrificar a Mónica si pensaba que ella ponía en riesgo sus negocios.
—Bueno, debo irme —Julián se levantó y rodeó la mesa para besar mi frente. Me obligué a no retroceder—. Deséame suerte, Valeria.
—No la necesitas, Julián. Vas a obtener exactamente lo que te mereces —respondí.
Él sonrió, interpretándolo como un cumplido, y salió del comedor. Mónica lo siguió poco después, no sin antes dedicarme una última mirada sospechosa.
En cuanto estuve sola, dejé caer la máscara. Mis manos temblaban. Miré el reloj de pared: las 9:15 AM.
La licitación empezaba en quince minutos. Y a las diez, debía estar en el muelle para encontrarme con Damián.
Subí rápidamente a mi habitación y me cambié. Me puse unos pantalones de cuero negro, botas y una gabardina. Necesitaba moverme rápido. Salí por la puerta trasera de la mansión, evitando a los guardias de seguridad que Julián había puesto "para mi protección", y tomé un taxi común en la esquina.
Mientras el coche avanzaba hacia la zona portuaria, mi teléfono vibró. Era un mensaje de texto de un número desconocido.
"El comité ha recibido la información. La bomba ha estallado. El muelle, almacén 7. No me hagas esperar."
Era él. Damián había mordido el anzuelo. Había usado la información parcial y ahora Julián estaría, en este preciso momento, viendo cómo su mundo empezaba a desmoronarse en plena reunión de negocios.
Pero Damián no era un aliado, era un depredador. Y ahora yo iba a entrar en su territorio para negociar el resto de mi vida.