Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 23
Capítulo 23
El cristal
El aeropuerto estaba lleno de gente que iba a algún lugar.
Valentina no iba a ningún lugar. Estaba ahí por trabajo — una entrevista rápida con un diplomático que hacía escala en Ciudad de México, cuarenta minutos de grabación en un café del terminal B, material para un segmento que Fernando le había conseguido para mantenerla activa. La entrevista había terminado hacía diez minutos. Valentina caminaba hacia la salida con la grabadora en el bolsillo y la cabeza vacía.
El pasillo conectaba el terminal B con el A a través de una sección de tránsito internacional. A la izquierda había una pared de cristal insonorizado que separaba la zona doméstica de la sala de espera internacional. El cristal era grueso — doble capa, con una cámara de aire entre las dos láminas que absorbía todo sonido. Se podía ver a través de él como a través de una pantalla de televisión apagada: la imagen era nítida pero el sonido no existía.
Valentina caminaba sin mirar. Había aprendido a caminar así en los últimos meses — con la vista al frente, sin registrar caras, sin conectar con el entorno. Era una técnica de supervivencia: si no miras, no ves. Si no ves, no recuerdas. Si no recuerdas, no duele.
Pero miró.
No supo por qué. Un movimiento en la periferia de su visión, un reflejo de luz, un instinto que venía de algún lugar anterior al pensamiento. Giró la cabeza hacia la derecha. Miró a través del cristal.
Santiago Herrera estaba sentado en la sala de espera internacional.
Valentina se detuvo. Las piernas se le bloquearon como si los pies se hubieran pegado al suelo. La grabadora se le cayó del bolsillo y rebotó en el piso de mármol con un sonido que no registró.
Era él. Santiago. A diez metros de distancia, sentado en una silla de plástico gris, con un bolso de mano entre los pies y la cabeza inclinada hacia abajo. Vestía ropa civil — pantalones oscuros, camiseta negra, una chamarra ligera. Estaba más delgado. Mucho más delgado. Los pómulos se le marcaban como cuchillos debajo de la piel. El pelo le había crecido — desordenado, sin corte militar. Y tenía algo en los oídos — unos aparatos pequeños, del color de la piel, que Valentina reconoció con un golpe de comprensión que le quitó el aire: audífonos.
Valentina corrió hacia el cristal.
Se estrelló contra él con las palmas abiertas. El cristal era frío y sólido e impenetrable. Golpeó con los puños.
—¡Santiago! —gritó—. ¡Santiago!
Su voz rebotó contra el cristal y se devolvió hacia ella. Del otro lado, nada. El cristal absorbía todo. Santiago no se movió. No levantó la cabeza. Estaba a diez metros de distancia y podría haber estado en otro continente.
—¡Santiago! —gritó más fuerte. Los pasajeros del pasillo doméstico la miraban — una mujer golpeando un cristal, gritando un nombre, con los ojos desbordados. No le importó—. ¡Soy yo! ¡Santiago!
Golpeó el cristal con ambas manos. Golpeó con los nudillos. Golpeó con la palma. El sonido de sus golpes era sólido de este lado — thump, thump, thump — y nulo del otro. El cristal tenía tres centímetros de grosor. Tres centímetros que separaban su voz de los oídos de él. Tres centímetros que eran todo el silencio del mundo.
Santiago levantó la cabeza.
No fue por el sonido — no podía escucharla. Fue por algo más. Un instinto. Una vibración que no era acústica sino otra cosa — algo que no tiene nombre en ningún idioma pero que existe entre dos personas que han sobrevivido juntas a lo que ellos sobrevivieron. Levantó la cabeza y miró hacia la izquierda.
Sus ojos se encontraron.
Santiago la vio. Valentina vio el momento exacto en que la reconoció — la dilatación de las pupilas, la apertura de los labios, el cuerpo entero reaccionando como si le hubieran dado una descarga. Se puso de pie tan rápido que la silla se volcó detrás de él. El bolso cayó al suelo. No lo recogió. Caminó hacia el cristal con pasos largos, rápidos, con la urgencia de alguien que cruza un campo minado hacia la única persona que importa. Se detuvo al otro lado. A treinta centímetros de ella.
Valentina lo vio de cerca por primera vez en meses. Los cambios eran devastadores: la mandíbula más angulosa, los ojos hundidos en sombras que no eran de cansancio sino de algo más profundo, una cicatriz nueva que le cruzaba la sien izquierda como un río seco en un mapa. Los audífonos eran pequeños y discretos pero ella los veía con la claridad terrible de quien entiende lo que significan.
Santiago puso la mano derecha sobre el cristal.
Valentina puso la suya sobre la de él. Palma contra palma, separadas por tres centímetros de cristal insonorizado. Podía ver cada línea de su mano — la línea de la vida, la del corazón, los callos del rifle y del detector de minas. No podía sentirla. El cristal era frío donde su piel debería ser caliente.
Santiago movió los labios. Valentina intentó leer lo que decía pero no pudo — nunca había aprendido a leer los labios, y las palabras en español se parecen demasiado cuando se pronuncian sin sonido. Él lo intentó otra vez. Más lento. Sílaba por sílaba. Valentina negó con la cabeza. No entendía.
Santiago la miró. Ella vio la frustración cruzarle la cara — no la frustración del hombre impaciente sino la del hombre que tiene algo que decir y que el universo no le permite decirlo. Cerró los ojos un segundo. Los abrió.
Valentina pensó rápido. Levantó el dedo índice y trazó números en el cristal. Su número de teléfono. Dígito por dígito, grande, lento, visible. Cinco — cinco — uno — nueve — cuatro — siete — ocho — tres — dos — seis.
Santiago los miró. Los leyó. Los repitió moviendo los labios — Valentina pudo leer cada número en su boca con una claridad que no tenía para ninguna otra palabra: cinco, cinco, uno, nueve, cuatro, siete, ocho, tres, dos, seis. Los repitió una segunda vez. Una tercera. Después asintió. La precisión militar — la misma que usaba para memorizar coordenadas y códigos de detonadores y frecuencias de radio. Valentina sabía que no iba a olvidar el número. Si había algo en lo que podía confiar era en la memoria de un hombre entrenado para recordar diez dígitos bajo fuego.
Una voz por los altavoces anunció un vuelo. Santiago miró hacia arriba. Miró el tablero de salidas. Era su vuelo. Valentina lo supo por la forma en que bajó los hombros — no con derrota sino con la aceptación del soldado que recibe una orden que no puede desobedecer.
Volvió a mirarla. Puso la mano sobre el cristal otra vez. Valentina puso la suya. Palma contra palma. Tres centímetros de silencio entre ellos.
Santiago se señaló a sí mismo. Señaló a ella. Señaló el teléfono imaginario en su oreja. "Te llamo."
Valentina asintió. Le temblaba la barbilla. Las lágrimas le caían por la cara sin que pudiera controlarlas — calientes, silenciosas, tan silenciosas como todo lo que había entre ellos en ese momento. Santiago la miró llorar a través del cristal. Levantó la mano y trazó algo en el aire — un gesto que Valentina no entendió hasta que lo repitió: se limpió una lágrima imaginaria de la mejilla. "No llores."
Valentina se rio. Una risa mojada, rota, absurda. Se limpió las lágrimas con la manga. Santiago asintió. La comisura izquierda.
Dio un paso atrás. Después otro. La mano seguía levantada — abierta, con la palma hacia ella, como la mano de los muertos en las fosas de Hapir pero viva, completamente viva. Valentina levantó la suya. Se quedaron así — él retrocediendo paso a paso hacia la puerta de embarque, ella de pie contra el cristal con la mano levantada — hasta que él desapareció detrás de una columna y después detrás de una esquina y después detrás de la distancia.
Valentina se quedó de pie frente al cristal vacío. La mano de él ya no estaba del otro lado pero la marca de calor seguía en el cristal — un óvalo de condensación que se iba desvaneciendo como un fantasma que se disuelve.
Los números seguían ahí — trazados con la grasa de su dedo sobre la superficie lisa. Cinco, cinco, uno, nueve, cuatro, siete, ocho, tres, dos, seis. Diez dígitos que eran todo lo que quedaba entre ella y él. Diez dígitos escritos en un cristal de aeropuerto que alguien iba a limpiar en una hora.
Un guardia de seguridad se le acercó.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
—Sí —dijo Valentina. Y por primera vez en cuatro meses, no era completamente mentira.
Recogió la grabadora del suelo. Se la metió en el bolsillo. Caminó hacia la salida con las piernas temblándole y el corazón latiendo en un ritmo que no era el normal — más rápido, más fuerte, más vivo de lo que había latido en meses.
Lo había visto. Estaba vivo. Estaba más delgado y tenía audífonos y una cicatriz nueva en la sien y los ojos más cansados que los de cualquier persona de veintiocho años. Pero estaba vivo. Santiago Herrera estaba vivo en algún lugar del mundo y tenía su número de teléfono memorizado con la precisión de un código de desactivación.
Afuera del aeropuerto, el sol de invierno le dio en la cara. Valentina se detuvo. Respiró. El aire frío le llenó los pulmones como si fuera la primera vez que respiraba desde septiembre.
Cinco, cinco, uno, nueve, cuatro, siete, ocho, tres, dos, seis.
Por favor, que los haya memorizado bien.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.