Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 23
Cap 23: Cara de sapo
La tienda de bubble tea seguía ahí, aplastada entre una papelería y un negocio de uniformes escolares. Dante empujó la puerta y el olor lo golpeó de inmediato: tapioca, leche condensada, y algo artificial que pretendía ser durazno.
"Sigue igualita."
Y en el fondo, la pared. La famosa pared del tiempo.
Toda la superficie estaba cubierta de post-its, stickers, mensajes escritos con plumón sobre cinta adhesiva. Cualquier estudiante de Prepa San Miguel podía dejar un mensaje, y se quedaba ahí hasta que el papel se cayera solo. Había notas de hacía diez años conviviendo con otras de la semana pasada.
Dante recorrió la pared con la mirada, buscando sin saber exactamente qué.
Y entonces lo vio.
Un post-it rosa, descolorido por los años, con una caligrafía que reconoció al instante porque era la suya a los catorce: letra grande, inclinada, furiosa.
"Sebastián cara de sapo."
Se le secó la boca.
Debajo del post-it había una cascada de respuestas. Notas más recientes, con letras redondas y corazones dibujados, pegadas en defensa del honor de Sebastián Montero:
"Sebastián no es ningún sapo, es el más guapo de la prepa."
"Quien escribió esto tiene ENVIDIA."
"Sebastián si lees esto: te amamos. Atte: las de 3ro B."
"Cara de sapo tu abuela, él es perfecto."
Dante arrancó el post-it rosa de un tirón.
El papel se desprendió con un crujido seco. Lo dobló en cuatro y se lo metió al bolsillo de la chamarra.
—Oye, oye. —La doña del mostrador lo miró por encima de sus lentes—. Esa pared no se toca, mijo. Las notas se caen solas o se quedan.
—Era de mi amiga —dijo Dante sin pestañear—. Valentina. Le escribió una carta de amor a un profesor y si la ve alguien se muere de la pena.
La doña entrecerró los ojos. Luego suspiró.
—Ay, estas chavas. Está bien, pero nada más esa, ¿eh?
Dante asintió, pidió un té de mango que no pensaba tomarse, y salió.
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El celular sonó cuando iba cruzando Insurgentes.
—Dante. —La voz de Valentina tenía ese tono que usaba cuando estaba a punto de soltar una bomba con la precisión de un cirujano—. Necesito que te sientes.
—Estoy caminando.
—Pues párate. Acabo de ver a Sebastián.
Dante no se paró. Pero sus pasos se hicieron más lentos.
—¿Y?
—Estaba comiendo con Emilio. En el Pujol. Los dos solos, mesa para dos, platicando como si fueran los mejores amigos del mundo.
El ruido de la calle se volvió lejano. Dante miró hacia el semáforo sin verlo.
—Me da igual.
—Claro que te da igual. Por eso dejaste de caminar.
—No dejé de caminar.
—Dante.
—Ya te escuché. Sebastián comió con Emilio. Muy bien. Que le aproveche. —Pausa—. ¿Qué estaban comiendo?
—Ay, mijo.
—Es curiosidad general. Nada más.
—No alcancé a ver el plato. Pero Emilio estaba inclinado hacia adelante, con esa sonrisa de tiburón que pone cuando quiere algo. Y Sebastián lo escuchaba con cara de nada.
—Porque es educado.
—Porque le conviene. O porque quiere algo.
Dante colgó sin despedirse. Algo caliente y ácido le subió por el pecho.
"No son celos. No son celos porque tendría que importarme para que fueran celos."
Tiró el té en el primer bote de basura que encontró.
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Cuando llegó a la villa, Sebastián ya estaba ahí.
Traía una bolsa de farmacia en la mano y esa expresión de preocupación contenida que Dante no sabía si era real o parte del acto.
—Te traje jarabe para la tos y antigripal —dijo Sebastián, dejando la bolsa en la mesa de la entrada—. Llevas dos días con la nariz tapada.
—No lo necesito.
—Dante.
—Dije que no lo necesito. —Se quitó la chamarra y la aventó al sillón. El post-it rosa se asomó un segundo por el bolsillo antes de quedar sepultado entre la tela—. Estoy bien.
Sebastián lo miró. No dijo nada. Dejó la bolsa donde estaba y fue a la cocina.
Dante entró a la recámara, sacó el post-it del bolsillo de la chamarra, lo miró un segundo —"Sebastián cara de sapo", su letra de catorce años, furiosa y torpe— y lo hizo bolita. Lo lanzó al bote de basura junto al escritorio.
"Ridículo. Todo esto es ridículo."
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A las tres de la mañana, Dante tenía 38.5 grados y no podía tragar saliva sin que le ardiera la garganta como si hubiera comido vidrio.
Sebastián lo despertó poniéndole la mano en la frente.
—Estás hirviendo. Nos vamos al hospital.
—No voy a ningún hospital a las tres de la...
—No te estoy preguntando.
Veinte minutos después, Dante estaba sentado en una camilla del Hospital Ángeles con una aguja en el brazo y un suero que goteaba con una lentitud exasperante. Las luces fluorescentes le daban un tono verdoso a todo, y el olor a desinfectante le revolvía el estómago.
Sebastián estaba sentado a su lado en una silla de plástico, con el pelo revuelto y una sudadera sobre el pantalón del pijama. No se había quejado ni una vez. Solo estaba ahí, como si las tres de la mañana fuera un horario razonable para estar despierto en urgencias.
Dos enfermeras pasaron por el pasillo. Dante las escuchó murmurar:
—Es el de la cama cuatro. No quería que le pusieran el suero, casi le grita a la doctora.
—Ay, qué genio.
—Con esa cara y ese carácter, pobrecito del que le toque.
Dante apretó la mandíbula. Sebastián se levantó.
No fue hacia las enfermeras. Caminó hasta el mostrador de enfermería, esperó a que lo miraran, y habló en un tono tan bajo que Dante tuvo que esforzarse para escucharlo.
—Él no tiene mal carácter. Tiene fiebre, y le duele, y no le gusta sentirse vulnerable. Pero no es grosero. Agradecería que lo trataran como a cualquier otro paciente.
Las enfermeras se miraron entre sí. Una bajó la vista. La otra asintió.
Sebastián regresó a la silla como si no hubiera pasado nada.
Dante miró hacia la pared. Tenía un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con la infección.
Entonces Sebastián se inclinó hacia adelante y juntó su frente con la de Dante. Piel contra piel. Tibio contra caliente. Tan cerca que Dante podía ver cada pestaña, cada línea del iris detrás de los lentes que Sebastián ni siquiera se había quitado para dormir.
—Sigues caliente —murmuró Sebastián, y su aliento le rozó los labios—. Pero ya no tanto.
Dante no se movió. No respiró. El mundo entero se redujo a ese punto de contacto entre las dos frentes y al sonido del suero goteando.
Sebastián levantó la mano y le pasó el dorso de los dedos por la mejilla. Despacio. Como quien toca algo frágil sin darse cuenta de que lo está haciendo.
—Vas a estar bien —dijo.
Dante cerró los ojos. "No me cuides así. No me defiendas y luego me toques como si fuera algo que vale la pena conservar, porque voy a creerme que esto es real y no estoy listo para eso."
Pero no dijo nada. Solo dejó que los dedos de Sebastián le recorrieran la mejilla hasta que el suero terminó y la enfermera vino a quitarle la aguja.
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De vuelta en la villa, Dante no podía dormir.
Sebastián sí. Estaba acostado a su lado, boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama y la respiración lenta y profunda de alguien que se había dormido en el instante en que tocó la almohada.
Dante sacó el celular. Abrió Instagram. Buscó "Sebastián Montero" y lo encontró al primer intento: foto de perfil en blanco y negro, la mandíbula marcada y esos malditos lentes.
Lo siguió.
La notificación apareció al instante: "sebastianmontero ya te sigue."
Dante frunció el ceño. Abrió el perfil. Revisó los seguidores. Y ahí estaba, su propia cuenta, seguida desde hacía tres años.
Tres años. Cuando aún estaban en la prepa.
"Me seguía desde la prepa y yo ni me enteré."
Bajó por las publicaciones. Pocas fotos, todas con ese estilo minimalista de quien no necesita esforzarse. Pero los comentarios eran otra cosa. Cientos.
"guapísimoooo"
"mi amor te casas conmigo??"
"sebas estás más guapo cada día"
"novio"
"dios mío esa mandíbula"
Sin pensar, tomó el celular de Sebastián de la mesita de noche —no tenía contraseña, el imbécil—, abrió Instagram y fue directo a los comentarios de la última foto.
Buscó el comentario que decía "mi amor te casas conmigo" y respondió desde la cuenta de Sebastián: "No gracias, ya tengo planes."
Luego encontró otro que decía "¿estás soltero?" y respondió: "No."
Estaba a punto de contestar un tercero cuando notó algo. Abrió la lista de cuentas bloqueadas.
Ahí estaba su cuenta alterna. La que usaba para stalkear sin dejar rastro. Bloqueada.
"El desgraciado me tenía bloqueado."
Dante miró a Sebastián dormido. Tenía la boca entreabierta y un mechón de pelo sobre la nariz y se veía tan tranquilo que daban ganas de aventarle la almohada.
Desbloqueó su propia cuenta, dejó el celular de Sebastián en su lugar, y se recostó.
Entonces, por puro instinto, giró la cabeza hacia el bote de basura junto al escritorio.
Estaba vacío.
Dante se incorporó despacio. Había tirado la bolita de papel rosa ahí. Estaba seguro. La había visto caer.
Su mirada viajó por la recámara hasta detenerse en la chamarra de Sebastián, colgada en el respaldo de la silla. Del bolsillo derecho asomaba algo: un pedacito de papel rosa, arrugado, apretado en una bolita diminuta.
El corazón le dio un golpe seco contra las costillas.
"Sebastián cara de sapo."
Sebastián Montero había sacado la nota del bote de basura y se la había guardado.
Dante se acostó de nuevo, mirando el techo, y no durmió en toda la noche.