Amelia Geraldi fue la princesa de la mafia más temida de su país. Pero una noche, después de leer hasta el amanecer una novela sin remitente, se quedó dormida... y despertó en el cuerpo de la secundaria que muere en el primer acto.
Ahora es Amelia Sandoval, una chica de diecisiete años con cara de muñeca, una familia que ya no la reconoce y una protagonista de lágrimas fáciles que se las arregla para que todos la compadezcan. Peor aún: el hombre que mandó a matar a su nueva identidad sigue ahí. Adrián William, el villano de la historia, frío, brillante y obsesionado con proteger a la heroína, la tiene en su lista negra.
Lástima para él. Esta vez, la presa sabe disparar.
Entre pistolas, intrigas escolares y un tigre blanco que ya muerde, Amelia decide reescribir el final que odió. Lo que no esperaba era que el mismísimo villano empezara a mirarla a ella.
¿Quién cazará a quién cuando el corazón del villano esté en juego?
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De vacaciones con las chicas
Llegaron las vacaciones de fin de semestre, y Jenny planeó llevarse a sus dos mejores amigas a pasar unos días en la isla privada de su familia. Por supuesto, las dos aceptaron encantadas.
En realidad, Papi también solía llevar a Amelia a la isla privada de los Geraldi. Pero en su vida anterior nunca había tenido amigas de verdad. La única que se le acercaba era Fabiola, la hija de la secretaria de su padre. Mucha gente la buscaba solo para llegar a Papi, que era viudo, o para acercarse a sus dos hermanos mayores, o por el simple peso del apellido de su familia. Esta era la primera vez que Amelia tenía una amiga que de verdad la quería.
Jenny también había invitado a Alexio, pero él se negó en seco.
Mientras Amelia preparaba todo lo que necesitaría para el viaje, Graciela no dejaba de preocuparse: su hija se iba a una isla con solo dos amigas. Al final obligó a Sebas a acompañar a su hermana, bajo la amenaza de quitarle la mesada durante un mes.
Sebas aceptó de mala gana y, por supuesto, arrastró consigo a Adrián. No pensaba ser el único hombre entre tres chicas. Al principio Adrián se negó, pero con tanta labia de Sebas terminó cediendo. Pensándolo bien, era una buena oportunidad para alejarse de Sofía por un tiempo.
No sabía por qué, pero lo que sentía por Sofía había cambiado un poco desde aquel incidente. Era como si hubiera muchas cosas de ella que Adrián no conocía. O como decía Sebas: Sofía no era tan buena como parecía. Y últimamente también se había dado cuenta de que Amelia no era tan mala como Sofía le había contado. ¿O sería el accidente lo que la había cambiado? Fuera como fuera, Amelia lo había salvado ya dos veces. Sin su ayuda, quizá Adrián estaría ahora prisionero de su padre. O, peor aún, muerto a manos de él.
A ese desgraciado tenía que darle una lección algún día, para que entrara en razón.
Viajaron a la isla privada de la familia de Jenny en el jet de la familia de Aurora. Los padres de Aurora no eran políticos ni empresarios: eran dueños del hospital más grande del país, y su madre era una psicóloga famosa en todo el territorio. Amelia, por su parte, se encargaba de organizar y pagar todo lo que hiciera falta para las vacaciones.
Por fin llegaron a una pequeña isla con una enorme villa en el centro, rodeada por un jardín de flores que se extendía a su alrededor. Las tres entraron en la villa felices. Aunque había muchísimas habitaciones, las tres chicas decidieron compartir una. A los dos hombres que las acompañaban les asignaron cuartos separados.
* * *
Aurora recorría el jardín de la villa con muchísimo entusiasmo. Pero era tan grande que terminó perdida: dio vueltas y vueltas entre las flores sin encontrar la salida.
Entró en pánico y llamó enseguida a Jenny y a Amelia. Todos corrieron al jardín y se dispersaron para encontrarla más fácilmente.
Aurora estaba hecha un ovillo, asustada, entre las magnolias en flor, cuando por fin alguien la encontró. Sebas se plantó frente a ella y le tendió la mano.
Sin darse cuenta, Aurora la tomó mientras miraba aquel rostro guapo. Se quedó embobada. Era una belleza que irradiaba dulzura, la definición misma del hombre tierno con el que sueñan tantas chicas. Era la primera vez que lo miraba directo a los ojos; antes solo se cruzaban de pasada.
Como Aurora seguía callada, agarrada de su mano, Sebas frunció el ceño.
—¿Estás bien?
Le extrañó verla así, tan ausente. Aurora solo negó con la cabeza, aunque su mente seguía ocupada en admirar ese rostro.
—Entonces, ¿por qué no te levantas? —preguntó él, mirando los ojos de Aurora, que parpadeaban de forma graciosa.
—Guapo... digo, eh, o sea... —tartamudeó Aurora.
Al verla tan nerviosa, Sebas solo le sonrió con dulzura, y Aurora se puso aún más roja.
¡Aaaaay... por Dios... qué guapo es Sebas!
Ay, ¿cómo es que Rora no se había dado cuenta antes de lo guapísimo que es Sebas?, se maravilló para sus adentros.
Pero cuando intentó ponerse de pie, un calambre le subió por la pierna y volvió a caerse. Sebas, que lo vio, no dijo nada: se agachó de espaldas a ella, justo delante.
—Sube, parece que no puedes caminar bien —ofreció.
Aurora miró aquella espalda ancha y tragó saliva con dificultad, como si de repente tuviera la garganta seca. Le rodeó el cuello con los brazos y le llegó el aroma a menta que desprendía su cuerpo. Todo el camino fue sonriendo sola, como una loca.
Cuando se reunieron con los demás, todos la molestaron. Aurora, muerta de vergüenza, salió corriendo a encerrarse en el cuarto de las chicas. Como ya la habían encontrado, decidieron descansar un rato antes de hacer otra cosa.
* * *
¡Crash! Frascos de maquillaje se hicieron añicos y quedaron esparcidos por una habitación rosa que, en ese momento, no merecía llamarse el cuarto de una chica.
Almohadas, cojines, sábanas y cobijas estaban tiradas por el suelo, junto con frascos de perfume y de todo lo demás. Y la culpable estaba sentada, furiosa, sobre la cama destrozada.
—Maldita sea... maldita Amelia... ¿Por qué tuviste que sobrevivir a ese accidente...? Te odio... ¿Por qué todo lo bueno te tiene que tocar a ti? ¿Por qué...? ¡Aaaah! —gritó Sofía, revolviéndose el pelo como una loca.
Incluso las dos empleadas que Graciela había puesto para ayudar a Sofía temblaban de miedo. Su patrona, de cara al mundo, era un ángel de dulzura. Pero en su propio departamento era un demonio que había perdido la cabeza. No pocas veces descargaba su furia gritándoles a las empleadas.
—¿Por qué tienes que juntarte tú con esos ricos? ¿Por qué no yo? ¿Y por qué tenías que seguir viva...? Te odio... te odio... ¡Ameeeel...! —volvió a gritar, cada vez más fuera de control, y las dos empleadas corrieron a esconderse antes de convertirse en su próximo blanco.
Sofía no hacía más que revolverse de rabia. Ir a una isla privada era su sueño. ¿Por qué justo Amelia tenía que conseguirlo? Costara lo que costara, debía convencer a Adrián de que volviera a intentar matarla.
Claro que Sofía sabía que había sido Adrián quien había saboteado el auto de Amelia para provocar el accidente. Pero le extrañaba que ahora pareciera moverse con tanta lentitud.
Parecía que tendría que buscar a otra persona que la ayudara a borrar a Amelia del mapa.