Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Dinámica
Habían pasado cuatro días desde la visita de Knox.
Cuatro días en los que no había aparecido en mi puerta.
Y, sinceramente, me había acostumbrado a que apareciera.
Lo cual era un problema.
Porque cada vez que escuchaba el timbre del departamento, una parte de mí esperaba encontrarlo del otro lado.
Y cuando no era él…
Me molestaba.
Muchísimo.
—Esto es ridículo —murmuré.
Estaba sentada frente a la mesa de la cocina, rodeada de apuntes.
Tenía que estudiar.
Pero llevaba diez minutos leyendo la misma oración.
Suspiré y apoyé la frente sobre el cuaderno.
Mi teléfono vibró.
Lo levanté.
Knox: ¿Comiste?
Entrecerré los ojos.
Yo: Sí.
La respuesta llegó inmediatamente.
Knox: ¿Qué?
Yo: ¿Ahora tengo que darte un informe?
Knox: No.
Un segundo.
Knox: Pero me gustaría.
Puse los ojos en blanco.
Yo: Comí pasta.
Knox: ¿Y?
Yo: ¿Qué significa “y”?
Knox: Que si vas a alimentar a mi hijo con pasta todos los días, voy a tener que intervenir.
Fruncí el ceño.
Yo: Nuestro hijo.
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Knox: Nuestro.
Sonreí sin querer.
Y enseguida dejé el teléfono sobre la mesa.
No.
No iba a sonreír por un mensaje de Knox.
Eso era exactamente lo que no iba a hacer.
...⸻...
Al día siguiente tuve que ir a la biblioteca de la universidad.
Necesitaba unos libros para un trabajo y, después de casi una hora buscando, encontré uno en una de las estanterías superiores.
Me puse de puntillas.
Nada.
Estiré el brazo.
Mis dedos rozaron el borde.
—Vamos…
Volví a intentarlo.
Esta vez conseguí tocarlo.
Pero el libro se deslizó hacia adelante.
—¡Ay!
Antes de que pudiera caerme, una mano apareció sobre mi hombro y sostuvo el libro.
Me quedé inmóvil.
Conocía esa voz incluso antes de girarme.
—¿Siempre haces las cosas difíciles?
Cerré los ojos.
—No.
Me giré lentamente.
Knox.
Otra vez.
—¿Qué haces aquí?
—Buscar un libro.
—Qué casualidad.
—No tanto. Es una biblioteca.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
Él sonrió.
—Sí.
Me entregó el libro.
Nuestros dedos se rozaron.
Fue apenas un segundo.
Pero ninguno apartó la mano inmediatamente.
Lo miré.
Él me miró.
Y por alguna razón…
El silencio se volvió demasiado largo.
Retiré la mano.
—Gracias.
—De nada.
Intenté pasar junto a él.
Pero Knox no se movió.
—¿Podrías…?
—¿Qué?
—Dejarme pasar.
—Ah.
Se hizo a un lado.
Pasé.
Y entonces escuché:
—Estabas haciendo equilibrio bastante mal.
Me giré.
—¿Me estabas mirando?
—Te estaba viendo intentar sacar un libro.
—Eso es mirar.
—Puede ser.
—No vuelvas a hacerlo.
Knox arqueó una ceja.
—¿A ayudarte?
—A mirarme así.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—¿Así cómo?
Me quedé callada.
Porque no sabía responder.
Él dio un pequeño paso hacia mí.
—¿Cómo te estaba mirando, Blair?
Tragué saliva.
—No sé.
—Entonces no puedes decirme que no lo haga.
—Sí puedo.
—Claro.
Su tono tenía esa seguridad que me volvía loca.
—Eres insoportable.
—Eso ya lo sabía.
—Y arrogante.
—También.
—Y…
Me quedé sin palabras.
Porque estaba demasiado cerca.
Mucho más cerca de lo necesario.
Podía sentir su perfume.
Y eso me hizo retroceder.
—Tengo que estudiar.
—Claro.
Pasé junto a él.
Esta vez me dejó ir.
Pero mientras caminaba hacia otra mesa, sentí su mirada sobre mí.
Y lo peor fue que…
No me molestó.
...⸻...
Intenté concentrarme.
De verdad.
Pero cada cierto tiempo levantaba la vista.
Y Knox seguía ahí.
Sentado al otro lado de la biblioteca.
Leyendo.
Completamente tranquilo.
Como si no hubiera pasado nada.
Hasta que nuestras miradas volvieron a encontrarse.
Él sonrió.
Yo fruncí el ceño.
Bajó la mirada a su libro.
Yo hice lo mismo.
Cinco minutos después, recibí un mensaje.
Knox: Sigues mirándome.
Levanté la cabeza.
Él estaba mirándome.
Yo: Tú empezaste.
Knox: No.
Yo: Sí.
Knox: Entonces estamos empatados.
Apreté los labios para no sonreír.
Yo: No estamos jugando.
Knox: Contigo siempre parece un juego.
Lo bloqueé.
Solo por diez minutos.
Cuando desbloqueé el teléfono, tenía otro mensaje.
Knox: Dramática.
Resoplé.
—Idiota.
—¿Dijiste algo?
Levanté la mirada.
Knox estaba frente a mí.
—¿Cuándo viniste?
—Hace unos segundos.
—No te escuché.
—Estabas ocupada insultándome.
—Era una conversación privada.
—¿Con quién?
—Conmigo misma.
Él soltó una risa.
—Eso sí es preocupante.
—Vete.
—Necesito que vengas conmigo.
Lo miré confundida.
—¿A dónde?
—A comprar algo.
—¿Qué cosa?
—Algo para el bebé.
—¿Y por qué tengo que ir?
—Porque no sé qué comprar.
—Ese no es mi problema.
—Es nuestro hijo.
Me quedé callada.
Otra vez esa frase.
Nuestro hijo.
No sabía por qué, pero cada vez que la decía Knox sonaba diferente.
Más real.
Más cercana.
Finalmente cerré el libro.
—Una hora.
—Perfecto.
—Y tú conduces.
—Por supuesto.
Me levanté.
—Y no elijas nada horrible.
—No prometo nada.
—Entonces estamos condenados.
Knox sonrió.
—Eso ya lo sabíamos.
Y salimos juntos de la biblioteca.
Sin saber que aquella simple salida terminaría siendo mucho más complicada de lo que cualquiera de los dos esperaba.
Vale la pena leerla, no nos vayas a dejar en el abandono