Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
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CAPÍTULO 9: La nueva piel II: El shock
El auto me dejó en la entrada del instituto, bajé y el mundo no se detuvo: el mundo explotó.
Las miradas se clavaron en mí como cuchillos. Pero no eran las miradas de ayer, de curiosidad o sorpresa, eran miradas de shock puro, de incredulidad. De "no me jodas, ¿ese es Ian?". Avancé por el camino principal con la mirada al frente, dejando que el pelo me tapara medio ojo, con las manos en los bolsillos de la sudadera, con ese caminar despreocupado que tenía en mi barrio, el de quien no le pide permiso a nadie para existir.
Los susurros no eran susurros, eran oleadas.
"¿¡Qué coño!?"
"No puede ser."
"Ese no es Ian. No puede ser."
"¿Viste cómo viene vestido? ¿Y el arete?"
"Está... está buenísimo. Pero buenísimo de verdad."
"Buenísimo no, está... salvaje. Como peligroso."
"Dios, mírale la cara. Ya no es el mismo, es otro."
"Es más... no sé, más dominante. Impone."
Llegué hasta la entrada principal y ahí estaban, Karl con su grupo de amigos alfas y Valeria pegada a él como una lapa. Pero cuando Karl me vio, la lapa dejó de existir.
Se quedó paralizado.
No es broma, literalmente se quedó con la boca abierta, los ojos recorriéndome de arriba abajo como si estuviera viendo a alguien que no existía. Sus amigos alfas también se giraron y esta vez no silbaron, se quedaron en silencio. Respeto o confusión, o las dos cosas.
—¿Ian? —dijo Karl, y su voz sonó ronca, débil, como si le costara trabajo respirar.
Me acerqué con paso tranquilo, sin prisa, con esa calma de quien sabe que tiene el control. Cuando estuve frente a él, mantuve la distancia, nada de abrazos, nada de sonrisas falsas, solo una mirada directa, fija, sostenida.
—Karl —respondí, seco.
Él tragó saliva, su olor a cuero y tabaco llegó hasta mí, pero ahora lo percibía diferente: confuso, alterado, desesperado. Noté cómo inspiraba hondo, como si intentara beberse mi olor, descifrarlo.
—Estás... —empezó, pero no supo cómo terminar la frase, nunca sabía.
—¿Estoy qué? —pregunté, inclinando ligeramente la cabeza, dejando que el mechón de pelo se apartara un poco, mostrando el arete—. ¿Vivo? Sí, eso ya lo sabías.
—No, es que... —señaló mi ropa, mi oreja, mi pelo—. Todo. Estás... diferente, muy diferente, no pareces...
—¿No parezco qué? ¿El Ian que se tragaba tus excusas? No, ese ya no está.
Se quedó sin palabras. Sus amigos alfas intercambiaron miradas, alguno soltó una risita nerviosa.
Pasé de largo sin esperar más, dejándolo plantado en medio del camino, pero alcancé a ver de reojo a Valeria. Estaba en la entrada, mirándonos, su rostro era una máscara de furia mal contenida, sus manos apretaban el teléfono como si quisiera romperlo. Había visto todo. Había visto a Karl separarse de ella para venir a mí, había visto cómo él me miraba como si yo fuera agua en el desierto. Había visto cómo yo lo dejaba con la palabra en la boca.
Y su teléfono, ese teléfono. Rosa, con purpurina, como el del sueño. Aún no podía asegurar nada, pero algo en mi interior se tensó.
Y eso, pensé, era solo el desayuno.
———
Marta y Julia me esperaban junto a las taquillas, cuando me vieron, Marta soltó un grito que se escuchó en todo el pasillo.
—¡NO MAMES!
Se llevó las manos a la cabeza, los ojos como platos, la boca abierta en una O perfecta. Dio dos pasos hacia atrás, como si le hubiera dado un vuelco el corazón.
—¿Eres tú? ¿ERES TÚ? ¡No puede ser! ¡Dios mío, Ian, qué... qué... NO PUEDO!
Julia, más serena, se quedó quieta, pero su expresión era de asombro total. Sus ojos recorrieron cada detalle: la sudadera, los pantalones, los botines, el arete, el pelo al descuido, la postura, la mirada. Todo.
—Ian... —dijo, y su voz era casi un susurro—. Eres... no sé ni qué decir.
Marta ya estaba dando vueltas a mi alrededor como un cachorro emocionado.
—¡Estás... estás... ¡GUAPÍSIMO! Pero no guapo de "ay qué lindo", sino guapo de "madre mía, qué peligro". ¡Estás sexy! ¡Salvaje! ¡Pareces de otro planeta! ¿Qué te pasó? ¿Te mordió una araña radioactiva? ¿Te cayó un rayo? ¡Porque quiero que me pase a mí también!
Me reí, una risa auténtica.
—No me mordió nada, solo soy yo.
—Pues si ese es el verdadero tú, ¿dónde has estado toda la vida? —Marta me agarró del brazo—. ¿Viste la cara de Karl? Se quedó bizco y Valeria parecía que iba a echar humo por las orejas. Vi la escena desde lejos pero no sabía que eras tú.
Julia asintió, más seria.
—Yo también los vi, esto va a dar mucho de qué hablar.
—Esa es la idea —dije.
Julia me miró largamente, con esa intensidad suya que siempre me hacía sentir que veía más de lo que debía.
—¿Estás seguro de lo que haces?
—Completamente.
No dijo nada más, pero asintió, como si hubiera llegado a una conclusión privada.
———
Las primeras horas fueron un caos de miradas y susurros, pero logré concentrarme en lo importante: observar. Valeria estaba nerviosa, la vi en el recreo hablando por teléfono en un rincón, con gestos bruscos. Su teléfono, ese teléfono. Karl, por su parte, no dejaba de buscarme con la mirada. En cada cambio de clase, ahí estaba él, apareciendo como por arte de magia en los pasillos por los que yo pasaba. Sus amigos ya no se reían, lo miraban con lástima.
Justo antes del almuerzo, cuando estaba con Marta y Julia en el patio, apareció Karl. Se acercó con esa sonrisa que debía ensayar frente al espejo, pero hoy le salía tensa, forzada.
—Ian —dijo, ignorando a mis amigas—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
Marta y Julia intercambiaron una mirada, yo asentí y ellas se alejaron unos pasos, pero lo suficiente para oír todo.
—Dime —respondí sin moverme.
Karl se acercó más de lo necesario, su olor me envolvió, pero ya no me molestaba, me daba pena. Pena ajena.
—Oye —dijo, bajando la voz—. Hoy tengo entrenamiento hasta tarde, pero si quieres, puedes quedarte a verme y luego te llevo a casa. O podemos ir a tomar algo después, como antes.
Sonreí por dentro, qué rápido cambiaron las cosas. Hace unas semanas, él me ponía excusas, ahora era yo quien las ponía.
—Hoy no puedo —dije con toda la naturalidad del mundo—. Quedé con Marta y Julia después de clases, vamos a hacer no sé qué. Además, tú entrenas hasta tarde, ¿no? No quiero molestarte, ya nos veremos otro día.
Karl parpadeó, descolocado.
—Pero... podemos vernos otro día. Mañana, pasado...
—Ya veremos, tengo muchas cosas que hacer. La amnesia, los estudios, conocerme a mí mismo... ya sabes.
Su olor se volvió más intenso, más necesitado, casi desesperado.
—Ian, yo... quería decirte que...
—Luego, Karl —lo corté—. Ahora tengo que irme con mis amigas.
Me di la vuelta y me alejé con Marta y Julia, sin mirar atrás, pero alcancé a ver, de reojo, a Valeria. Estaba a unos metros, apoyada contra una columna, con los brazos cruzados. Había visto toda la escena y su rostro era una mezcla de furia e incredulidad. Karl volvió hacia ella arrastrando los pies, cuando llegó, Valeria le espetó algo que no alcancé a oír. Pero vi cómo Karl respondía encogiéndose de hombros, y luego... luego su mirada se desvió hacia donde yo me alejaba. Siguió hablando con Valeria, pero sus ojos estaban en mí.
Valeria se dio cuenta y su expresión pasó de furia a algo peor: humillación.
—Esto es mejor que el cine —murmuró Marta a mi lado.
—Callada —dijo Julia—, que nos van a oír.
Pero yo sonreí.
———
Quedé con Marta y Julia en el café de siempre, el pequeño, con mesas de madera y olor a café recién hecho. El que a Ian "no le gustaba".
—Esto es increíble —dijo Marta, aún emocionada—. Lo de Karl y Valeria ha sido... no tengo palabras. ¿Viste la cara de ella cuando él te miraba?
—La vi.
—Y la de él cuando le dijiste que no. Parecía un perrito abandonado.
Julia sorbía su té en silencio, observándome. De repente, dejó la taza.
—Ian —dijo—. ¿Qué estás haciendo exactamente?
La miré.
—¿A qué te refieres?
—A todo. A la ropa, a la actitud, a cómo tratas a Karl. No es solo "cambiar después de un trauma", hay algo más.
Marta dejó de sonreír y me miró también.
—Julia tiene razón, desde que volviste... no eres el mismo, y no me refiero a la ropa. Eres... diferente, en todo.
Me quedé callado un momento. Ellas eran mis aliadas, mis únicas aliadas en este mundo, las verdaderas amigas de Ian. Si no podía confiar en ellas...
—Hay algo que quería preguntarles —dije al fin—., sobre Karl.
—¿Sobre Karl y Valeria? —respondió Julia sin pestañear.
La miré, sorprendido.
—¿Lo sabían?
Marta soltó una risa corta, pero no de alegría, era una risa de "por fin".
—Todos lo sabían, tú eras el único que no quería verlo.
El silencio que siguió fue absoluto. Esas palabras no eran para mí, eran para Ian y dolían igual.
—Siempre lo sospechamos —continuó Julia—. Nadie los ha visto haciendo nada, pero era evidente que esa "amistad" era demasiado rara. Las miradas, las desapariciones de Karl, las excusas tontas...
—Y tú nunca nos quisiste escuchar —añadió Marta, con un dejo de tristeza—. Cada vez que intentábamos decirte algo, te enojabas, decías que éramos exageradas, que confiabas en él. Así que dejamos de insistir.
—Lo siento —dije—. No... no recordaba.
Marta me puso una mano en el brazo.
—No importa, lo importante es que ahora lo sabes y que estás haciendo algo al respecto.
—¿Qué planeas? —preguntó Julia, directa.
—Necesito pruebas. Fotos, mensajes, algo que demuestre que ellos...
—¿Para qué? ¿Para dejarlo? —preguntó Marta—. Con que le digas que lo sabes y lo mandes a la mierda basta, ¿no?
—No es tan sencillo —dije, y las dos me miraron con curiosidad.
—¿Por qué no? —preguntó Julia.
Dudé, esto al parecer Ian no se lo había dicho a nadie, pero ellas eran mis amigas.
—Porque hay un contrato, un acuerdo entre mi familia y la de Karl, me enteré esta mañana. Si rompo el compromiso sin pruebas irrefutables... mis padres pueden salir perjudicados. Negocios, alianzas, no sé bien los detalles, pero sé que no es solo dejarlo y ya.
Marta abrió los ojos.
—¿Un contrato? ¿Como en la época de los reyes?
—Algo así. Las familias tienen acuerdos y si yo termino esto sin una razón de peso... va a haber problemas.
Julia asintió, comprendiendo.
—Por eso necesitas pruebas. No solo para ti, sino para que sea oficial, para que nadie pueda decir que fue un capricho tuyo.
—Exacto.
—Y también —añadí, con una sonrisa que no era amable— porque quiero que todos vean quién es realmente. Que sepa lo que se siente ser el centro de las burlas, que sepa lo que se siente ser humillado.
Marta y Julia se miraron, luego Marta sonrió, una sonrisa traviesa.
—Me gusta ese plan. Venganza con estilo.
—No es venganza —dije—. Es justicia.
Julia asintió lentamente.
—Justicia, entonces. ¿Y cómo piensas conseguir esas pruebas?
—Necesito el teléfono de Valeria —dije sin rodeos.
Marta y Julia se quedaron quietas.
—¿El teléfono de Valeria? —repitió Marta—. ¿Para qué?
—Ahí está todo. Los mensajes, las fotos, todo lo que necesito para exponer a Karl.
Julia me observó con atención.
—¿Y cómo sabes que están en su teléfono?
No podía decirles la verdad, no podía decirles que lo había visto en un sueño. No podía decirles que necesitaba ese teléfono, sí, para exponer a Karl, pero también para confirmar si la mujer del pelo largo y moreno, la del olor dulzón y químico, la de las uñas rojas, era ella. Para confirmar si Valeria era la que me había empujado por las escaleras. Pero eso sonaba a locura, a delirio de amnésico, así que me quedé con la versión que podían entender.
—Intuición —dije—. Karl es un idiota, los idiotas siempre guardan las pruebas en el sitio más obvio. Y Valeria es su amante, si hay algo que los incrimine, está en su teléfono.
Marta asintió, convencida, Julia no tanto, pero no insistió.
—Podemos ayudarte —dijo Marta—, viigilar, avisarte si vemos algo raro. Somos expertas en pasar desapercibidas.
—Sí —asintió Julia—. Y si necesitas un plan más elaborado, podemos pensar algo.
Sonreí, por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estaba completamente solo.
—Gracias —dije—, de verdad.
———
Esa noche, en mi habitación me senté en la cama, mirando el techo. El día había sido intenso: las miradas, los susurros, la cara de Karl, la furia de Valeria. Pero también la conversación con Marta y Julia.
Ellas creían que solo quería pruebas para romper el compromiso y en parte era cierto, pero había algo más, quería que Karl pagara. No solo por lo del contrato, no solo por las mentiras, quería que pagara por lo que le hizo a Ian. Que se enteren de cómo se burlaba de él, de cómo lo manipulaba, de cómo se reía de él mientras le decía "te quiero". Quiero que lo humillen, que lo señalen, que sepa lo que se siente. Por cada lágrima de Ian, por cada noche que esperó un mensaje que nunca llegaba, por cada "te quiero" que era mentira.
Y lo peor: Ian lo amaba. Lo amaba de verdad, con esa inocencia de quien cree que el amor lo puede todo y Karl lo destruyó. Con sus palabras, con sus mentiras, con su crueldad. Yo no conocía a Ian, pero había leído su diario, había visto sus lágrimas en cada página y no podía permitir que eso quedara impune.
Exponerlo, pensé, que todos vean quién es.
No era solo venganza, era justicia, o al menos, eso me decía a mí mismo para dormir por las noches.
Me miré el arete en el espejo. El Ian del espejo me devolvió la mirada, pero ya no era Ian, era Joseph y Joseph tenía un plan.
—Va a ser divertido —susurré.
Y apagué la luz.
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀
ya quiero leer esa no cita 😏🤭😉