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LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Amor prohibido
Popularitas:6.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.

Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.

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capitulo 8

El eco de los sollozos histéricos de Mía seguía rebotando en las paredes de caoba del salón, un sonido patético y estridente que me producía una repulsión sorda. Seguía allí, arrodillada sobre la alfombra persa, aferrándose al borde de los costosos muebles como si el suelo fuera a tragarse su vanidad de un momento a otro. Su maquillaje estaba completamente corrido, las lágrimas le ensuciaban las mejillas empolvadas y el vestido de diseñador que tanto le había costado presumir lucía arrugado y miserable.

—¡No voy a hacerlo! ¡Me niego! ¡¿Me escuchan?! —gritó con la voz completamente desgarrada, levantando la vista hacia Marcos, quien seguía de pie a pocos pasos de ella, con el rostro ensombrecido por una tensión insoportable—. Eres el jefe de esta familia, Marcos. Tienes el poder de cancelar ese contrato, de sobornarlos, de matar a quien sea necesario, ¡pero no puedes entregarme a ese animal! ¡Todos dicen que el Don Alejandro despelleja a sus traidores vivos y que no conoce la piedad! ¡Es un sádico de lo peor!

Cruzó los brazos sobre el pecho y se sacudió en un temblor de puro pánico, un terror tan genuino que casi habría dado lástima si no hubiera sido la misma mujer que aplaudía mi desdicha apenas unas horas antes.

Marcos exhaló un suspiro denso, cargado de una frustración asesina. Pasó las manos por su cabello oscuro, desordenándolo por completo, mientras sus ojos oscuros y cansados se desviaban brevemente hacia mí, buscando tal vez un ápice de apoyo o la antigua complicidad que solíamos compartir. Pero yo me mantuve inmutable, recostada contra el dintel de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa gélida y burlona pintada en los labios. Ya no había refugio para ellos en mí.

—Mía, cállate de una vez y levántate del suelo, pareces una lunática —espetó Marcos con voz ronca, perdiendo los estribos de golpe y dándole un leve puntapié al suelo con la punta de su zapato formal—. ¿Crees que esto es un juego de niños? ¿Crees que los pactos entre los cárteles y los capos de la mafia se rompen firmando un papelito de anulación como si estuviéramos cancelando una cita en un salón de té?

—¡No me importa! ¡Busca otra salida! —chilló ella, poniéndose de pie de un salto y encarando a Marcos con furia, escupiendo las palabras con desprecio—. ¡Antes te ibas a casar con Elara! ¡Que se case ella! ¡Que cargue con esa cruz y se vaya a la cama de ese monstruo sádico! Al fin y al cabo, ella siempre ha sido la obediente, la que soporta todo en silencio. ¡Que cumpla con su maldito deber de hermana mayor!

Las palabras de Mía cayeron en la habitación como una bofetada. El abogado de la familia bajó la vista de inmediato, sintiendo la incomodidad palpable del momento, mientras Marcos endurecía la mandíbula hasta el punto de que los músculos de su rostro temblaban.

Di un paso al frente, haciendo que mis tacones resonaran con una precisión letal sobre el parqué. Sentía el dolor sordo y latente en mi vientre, el recuerdo fresco de la sangre y de la vida arrebatada de mi hijo, pero por fuera mi piel era de hielo puro. La máscara de la sumisión se había desintegrado para siempre.

—¿Quieres que me case yo con el temido Don Alejandro, Mía? —pregunté, con una voz suave, pausada y tan helada que hizo que la respiración de Mía se cortara en seco—. Qué curioso giro del destino. Hace apenas unos días llorabas y suplicabas para que los acuerdos cambiaran a tu favor, celebrando en secreto que Marcos me quitara el anillo para ponértelo a ti. ¿Y ahora resulta que el trono de los carteles pesa demasiado? ¿Ahora el monstruo al que tanto temes no te parece tan divertido cuando te toca compartir su lecho?

Mía me miró con los ojos inyectados en sangre, consumida por el rencor y el pánico.

—¡Tú no sabes nada, imbécil! —silbó ella con furia, dando un paso amenazante hacia mí, con las uñas pintadas de rojo impecable clavándose en las palmas de sus manos—. ¡Ese hombre no es como Marcos! ¡A Marcos lo tienes domesticado con tus lloriqueos y tus aires de víctima! ¡El Don Alejandro es un psicópata! ¡Dicen que en su mansión nadie entra y sale con vida a menos que él lo ordene, que las mujeres que caen en sus manos terminan rotas en cuerpo y alma! ¡Si me mandas con él, me estás firmando una sentencia de muerte!

—Una sentencia de muerte —repetí con una sonrisa amarga y siniestra, saboreando cada una de sus palabras como si fueran el manjar más exquisito—. Qué coincidencia, Mía. Exactamente lo mismo que sentí yo cuando me enteré de que el hombre al que amaba había permitido que me cazaran en la calle como a un perro, costándome la vida de mi propio hijo. La diferencia, querida hermana, es que tú te estás ahogando en el vaso de agua que tú misma llenaste de veneno.

—¡Basta los dos! ¡Se acabó! —rugió Marcos, golpeando con la palma de la mano abierta sobre la superficie de la mesa de caoba, haciendo saltar los papeles y los ceniceros con un estruendo seco que cimbró los cristales del salón.

El silencio se restableció de inmediato, un silencio denso, pesado y cargado de una electricidad estática que presagiaba una tormenta inminente. Marcos respiraba con dificultad, con el pecho agitado bajo la camisa arrugada, y los ojos fijos en mí con una mezcla de culpa reprimida y una furia contenida que apenas lograba dominar.

—El contrato con la organización de Alejandro está sellado con sangre y con el peso de los votos de los capos principales —sentenció Marcos con voz firme, volviéndose hacia Mía, que lo miraba con los ojos abiertos de par en par, esperando un milagro que no iba a llegar—. El anexo firmado por los ancianos de la familia estipula claramente que es la menor de las hermanas Moretti quien debe contraer nupcias para consolidar el control de las rutas del puerto del norte. No hay marcha atrás, Mía. O te preparas para la boda, o prepárate para ver cómo los hombres de Alejandro entran a esta casa a cobrarse la afrenta con la vida de todos los que estamos aquí.

Mía soltó un grito ahogado, un gemido agudo de desesperación total, y se dejó caer nuevamente de rodillas, enterrando el rostro entre las manos mientras las lágrimas volvían a brotar con fuerza incontenible. Había perdido su guerra particular. Su ambición ciega la había conducido directo a las fauces del lobo más despiadado de todo el bajo mundo, y ni todo el dinero ni los guardaespaldas de los Moretti iban a poder rescatarla de su destino.

Yo me quedé allí, observando el colapso absoluto de la mujer que me había robado la vida durante años. Pero el espectáculo de su miseria ya no lograba llenarme por completo. Mi mente, fría y calculadora, comenzó a tejer los hilos de algo mucho más grande. Si Mía iba a ser entregada al temible Don Alejandro, y si Marcos estaba consumido por la culpa y por la ruina de su propio imperio... yo tenía el camino libre para infiltrarme en el corazón mismo de la bestia y quemar este maldito mundo desde sus cimientos.

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