Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.
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Capítulo 03
Se encaminó por el pasillo, sus pequeños pies descalzos sobre la piedra fría, haciendo apenas ruido. Cada sombra le parecía un monstruo, cada crujido lejano, una amenaza. Era una sensación infantil, pero la mente adulta que habitaba en ella sabía que las amenazas eran muy reales en este palacio.
Después de lo que parecieron horas, aunque probablemente fueron solo minutos, llegó a una intersección. Tres pasillos se abrían ante ella. Uno conducía a una escalera que se perdía en las profundidades, el otro a un ala que parecía aún más oscura y abandonada, y el tercero, a lo lejos, mostraba destellos de una luz más brillante, y un leve, apenas perceptible, murmullo de voces.
Se dirigió hacia la luz y el sonido, su instinto de supervivencia guiándola. A medida que se acercaba, los sonidos se hicieron más claros: el tintineo de ollas, el murmullo de conversaciones, el aroma tentador de comida caliente. La cocina. O al menos, un ala de servicio.
Se detuvo en la entrada de un gran salón que conectaba con otras áreas. Vio a algunos sirvientes en la distancia, moviéndose con prisa, sus rostros tensos. Nadie la notó. La ignorancia de su existencia era total. Esto, en lugar de dolerle como habría dolido a la Evelyn original, le proporcionó una extraña sensación de libertad y frustración. Era invisible, sí, pero esa invisibilidad también podía ser una ventaja.
Se escabulló por el borde del salón, manteniéndose cerca de las paredes, sintiéndose como un pequeño ratón en un laberinto. Llegó a una puerta entreabierta que revelaba una enorme cocina, llena de actividad. Ollas burbujeando, sartenes chispeando, el calor envolviendo el aire. Cocineros y asistentes se movían frenéticamente, sus voces en un crescendo de órdenes y quejas.
El aroma de las carnes asadas y las verduras estofadas era embriagador. Su estómago rugió en protesta.
Se escondió detrás de un gran barril de madera, observando la escena. Vio a una criada joven, con el rostro sudoroso y el delantal manchado, llevando una bandeja llena de pan recién horneado. La criada pasó cerca de ella, dejando la bandeja en una mesa lateral antes de volver a la vorágine de la cocina.
Fue su oportunidad. Con la agilidad y la discreción de un gato, se deslizó del barril y agarró un pequeño trozo de pan. Era suave, caliente, y olía a levadura y a una pizca de dulzura. Se lo llevó a la boca, y el sabor fue una explosión de placer que nunca antes había sentido con tanta intensidad. Cada bocado era un milagro. Se comió el pan en un abrir y cerrar de ojos, sin sentir ninguna culpa. Era una cuestión de supervivencia.
Ahora que su hambre estaba ligeramente aplacada, su mente pudo pensar con más claridad. Necesitaba un plan más allá de simplemente comer y existir. Si quería cambiar su destino, necesitaba actuar. Y el primer paso era salir de su aislamiento. Necesitaba ser *vista*.
¿Quién la vería? El Emperador era inalcanzable. Seraphina era su enemiga. Las concubinas, meros espectadores en su destino. La Emperatriz. No. La Emperatriz había muerto. Pero el palacio principal, el corazón del imperio, era donde residían todos. Era donde estaban los ojos, los oídos, las oportunidades.
Se recordó la sinopsis: "ganarse el gélido corazón de su tiránico padre antes de que sea demasiado tarde". Para ganarse el corazón de alguien, primero tenía que existir en su mente. Tenía que dejar de ser el fantasma de un amor perdido para él y convertirse en una persona, en su hija.
Pero ¿cómo lo haría? ¿Corriendo a la sala del trono y gritando "¡Papá!"? Eso sería un suicidio. O peor, la enviarían de vuelta a su habitación con un castigo aún más severo. Tenía que ser más inteligente.
El plan que se le ocurrió fue rudimentario, dictado por la mente de una niña pero con la astucia de una adulta desesperada. El Emperador, según la novela, era un hombre de rutinas. Se levantaba temprano, se dirigía a la sala del trono, luego a su estudio, y por la tarde se ocupaba de los asuntos del imperio. Rara vez se desviaba de su horario. Y la princesa Evelyn nunca había sido parte de ese horario.
Si quería ser vista, tenía que ir a donde él estuviera. Pero no de manera obvia. Tenía que ser un "accidente". Un encuentro casual. Un encuentro que no lo alarmara, que no lo hiciera enojar, sino que quizás... solo quizás... le hiciera levantar una ceja.
Necesitaba un momento de vulnerabilidad. Un momento en el que él no esperara verla. Y el mejor lugar para eso, el lugar donde su guardia podría estar más baja, era su estudio. O quizás, incluso mejor, el camino a su estudio.
Pero el estudio del Emperador estaba en el ala este, en el centro del palacio. Ella estaba en el ala oeste, en un rincón olvidado. El viaje sería largo, peligroso y agotador para sus pequeños pies.