A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 10
No dormí en toda la noche, pensando en la locura que estoy cometiendo por una desconocida y en el daño que sufrió esta chica. Se negó a acostarse en la cama y durmió sentada en el sofá. Estaba claro que algo andaba mal, que sufrió más de lo que siquiera puedo imaginar. Y eso aumentó mi odio de una forma inimaginable. Podía sentir el placer de arrancarle la piel a ese maldito, pero mientras no tenga la certeza de todo lo que pasó no haré nada; quiero asegurarme de que pague por cada uno de sus pecados, y de que no le quede ninguna cuenta pendiente en esta tierra antes de mandarlo al infierno.
Como de costumbre, mi despertador sonó a las seis, que es la hora a la que suelo levantarme. Como ya estaba despierto, solo lo apagué y me senté en la cama.
Noté que Joana seguía igual que toda la noche. No se había movido ni un milímetro. Se notaba lo tensa que estaba, y aunque intentaba fingir que dormía, sé que no dormía de verdad. Puede que se haya dormido en algún momento de la noche, pero ahora está despierta, de eso estoy seguro.
—Buenos días. —Abrió los ojos despacio—. Por si quieres darte un baño y arreglarte. Pensé en presentarte a mis padres como mi futura esposa.
Se me quedó mirando varios segundos, completamente perdida. Parecía no creer las palabras que acababa de pronunciar.
—Buenos días. ¿Usted me va a presentar como su prometida? O sea, ¿ahora, va a aparecer con una desconocida y decir "hola, papá, hola, mamá, esta es mi prometida Joana, que traje anoche sin que ustedes supieran"? —Solté una risa ante su pánico, no burlándome de ella, sino porque se ponía toda tierna cuando se ponía nerviosa.
—Tranquila, mis padres son muy relajados, y créeme, el hecho de que yo tenga una prometida será motivo de alivio y no de juicios.
—Por su necesidad de casarse, lo entiendo.
—Voy a salir para que estés más cómoda, y cuando termines solo baja las escaleras y me encuentras abajo.
—¿Va a salir sin asearse por mi culpa?
—Tranquila, hago todo eso en el cuarto de mi hermano; solo agarro aquí mi cepillo de dientes y el resto lo hago allá.
—¿Tienes un hermano?
—En realidad tengo una hermana, y tengo un amigo de la infancia que se crió conmigo, porque cuando él perdió a sus padres mi familia lo adoptó. Hoy en día ya no vive con nosotros, pero siempre anda por aquí.
—Entiendo. —Soltó una risa tierna.
—Tener hermanos es muy bueno, ¿no? Digo, para compartir los momentos buenos y malos de la vida. —Ella frunció el ceño al instante, con el semblante molesto.
—Voy a bañarme, con permiso.
Me quedé mirándola, intrigado, mientras iba al baño a buscar mi cepillo de dientes, y salí del cuarto para dejarla cómoda.
Fui al cuarto de Renzo, me aseé y luego bajé a la cocina, donde doña Lourdes ya preparaba la mesa del desayuno con ayuda de mi abuela y de mi madre.
—Buenos días, mi reina y mi señora reina. —Ellas se rieron y me dieron un beso en la frente.
Puertas afuera, una familia de la mafia; puertas adentro, una familia cariñosa y dispuesta a todo por los suyos.
—Tengo una novedad para ustedes.
—Aaay, ¡cuéntalo todooo! ¿Le pediste matrimonio? —dijo mi hermana entrando a la cocina como un huracán.
—Beatriz, despierta tan temprano, tenemos un milagro.
—No cambies de tema y cuéntame.
—Esta vez voy a tener que darle la razón a tu hermana, cuéntalo todo —dijo mi madre, loca por el chisme.
—¿Qué historia es esta, muchacho? Ya no tengo edad para sorpresas.
—Es una chica que conozco desde hace un tiempo y, por toda la situación de tener que casarme, más o menos hablé con su padre y le ofrecí saldar su deuda a cambio de casarme con su hija.
—¿Sócrates Grizantemo metido en un matrimonio arreglado? Creo que el enfermo aquí eres tú, hijo mío. —dijo poniéndome la mano en la frente.
—Mamá, no exageres, fue algo necesario.
—Gente, me encantaría conocer a mi cuñadita, pero tengo algunas cosas que resolver, así que me voy. —Beatriz se despidió de todos diciendo que no se quedaría a desayunar, pero llevándose una manzana verde consigo.
—Bueno, ahora sí, cuéntanos, ¿cuándo vamos a conocer a mi nuera?
—En cuanto baje esas escaleras.
—Sócrates Grizantemo, sabes que si ella no mancha las sábanas el matrimonio no servirá de nada, ¿verdad?
—Abuela, no la traje aquí para eso, y además, no dormimos juntos; yo dormí en la cama y ella en el sofá.
—¿Cómo que pusiste a mi nuera a dormir en el sofá, machista ridículo? Yo no te crié así, muchacho. —dijo dándome un manotazo.
—Creo que la culpa es mía, señora, yo insistí en que él durmiera en la cama y yo en el sofá. —dijo Joana, a quien nadie había visto llegar.
Me sobresalté, pero enseguida fui hacia ella, apoyándole con suavidad la mano en la cintura y quedándome a su lado.
—Joana, ella es mi madre, Giordana, y ella es mi abuela, Isabel.
Mi abuela la abrazó primero.
—Bienvenida a la familia, querida. —Después fue el turno de mi madre.
—No sabes cuánto me encanta la idea de que mi hijo se case. Capaz así deja de lado toda esa soberbia que carga. Bienvenida, hija mía.
—No sé qué decir, pero gracias.
—Tranquila, estas viejas alcahuetas todavía te van a mimar muchísimo.
—Vieja será tu abuela. —dijo mi madre.
—Y encima va a ser un viejo gruñón. —completó mi abuela, arrancándole una risa a Joana.
—Siéntate, querida, vamos a desayunar. Y si quieres, puedes contarnos un poco más sobre ti.
—No hay mucho que decir, soy de la familia Alencar, mi madre falleció y pasé los últimos años viviendo con mi padre, Elano, y mi hermano, Emerson.
—Entiendo. No hace falta que digas mucho si no quieres. Poco a poco nos iremos conociendo. Pronto vas a conocer a Marcos, mi esposo, y también a Beatriz, mi hija, de quien puedo asegurarte que se van a llevar de maravilla. Y está también Renzo, mi otro hijo.
—Será un placer conocer a toda la familia. —Su boca decía aquello, pero sus ojos me transmitían otra cosa; no sé explicarlo, pero algo anda mal.
* * *
Sócrates
Joana
Renzo
Beatriz
Marcos
Isabel
Giordana
Emerson
Elano