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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

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Capítulo 17: El Banquete de las Cenizas

El ático de Vivienne Keller en Georgetown no admitía el camuflaje militar ni el lenguaje de trinchera.

Con suelos de roble blanco pulido, ventanales de suelo a techo con vistas a las luces ambarinas del río Potomac y lámparas esculturales de cristal soplado italiano, el lugar parecía una embajada del buen gusto diseñada con el único propósito de intimidar a cualquiera que no entendiera la diferencia entre lino belga y seda cruda.

A las siete y cincuenta y cinco de la tarde, cuatro hombres que sumaban trescientos ochenta kilos de músculo y doce condecoraciones de combate se sentían atrapados en un campo minado.

Liam, Gael, Bruno y Mateo vestían trajes oscuros a medida que su madre les había enviado con chófer esa misma mañana. Los cuatro estaban sentados en el sofá modular de terciopelo marfil con la espalda rígida, las rodillas juntas y una copa de champán rosado en la mano que sostenían como si fuera una granada con el pasador flojo.

En el extremo del salón, el General Marcus Keller vestía un traje gris marengo de corte inglés, de pie frente a la chimenea de mármol. El viejo soldado bebía whisky de malta en silencio, con la mandíbula apretada y la mirada fija en el fuego. No había dicho una sola palabra desde que cruzó la puerta; el eco de la reverencia marcial que le había rendido a su hija en la pista de Andrews todavía flotaba en la atmósfera como humo denso.

El timbre del ascensor privado sonó con un suave acorde de campana.

Vivienne Keller emergió del comedor principal con una copa de borgoña en la mano. Llevaba una túnica de seda esmeralda de hombros descubiertos, el cabello plateado recogido en un peinado impecable y una sonrisa de bienvenida tan afilada que a Bruno se le escapó un carraspeo nervioso.

Las puertas del ascensor se deslizaron.

Julian Montgomery entró primero. Llevaba un esmoquin de terciopelo burdeos sin pajarita, la camisa blanca desabrochada en el cuello y esa apostura aristocrática que hacía parecer que el ático le pertenecía por herencia:

—Vivienne, querida —dijo Julian, inclinándose sobre la mano libre de la empresaria para depositar un beso teatral—. El aroma a trufa blanca desde el vestíbulo confirma que el Departamento de Estado comete un error histórico al no nombrarte ministra plenipotenciaria de asuntos culinarios.

—Montgomery, tu adulación sigue siendo tan cara como los viñedos de tu padre —respondió Vivienne con una sonrisa indulgente, palmeándole la mejilla—. Pasa, querido. Tus compañeros de trinchera necesitan urgentemente una lección sobre cómo sentarse en un sofá sin parecer rehenes de guerra.

Detrás de Julian, las puertas volvieron a abrirse.

Dante Cruz dio un paso hacia el vestíbulo.

El salón entero enmudeció.

Dante vestía un traje negro riguroso de botonadura simple, camisa blanca de cuello italiano y corbata de seda antracita. A pesar del corte impecable, la tela no lograba disimular la envergadura de sus hombros ni los estragos de la jaula de combate de la mañana: tenía el labio inferior partido con una pequeña costra oscura, un hematoma violáceo sombreadole el pómulo izquierdo y una rigidez contenida en el costado que delataba las costillas magulladas por las botas de Sienna.

Se detuvo bajo la luz cenital, con los ojos grises escaneando la estancia hasta fijarse en Vivienne.

Dio tres pasos firmes, cuadrándose con una inclinación respetuosa:

—Buenas noches, señora Keller. Gracias por recibirme en su casa.

Vivienne recorrió al teniente de arriba abajo con la minuciosidad de un perito forense evaluando los daños de un bombardeo. Se detuvo en el labio roto, en el pómulo golpeado y luego en la postura firme del gigante:

—Vaya, teniente Cruz —dijo Vivienne con una voz aterciopelada y sibilina—. Veo que el examen de ingreso a la división de mi hija fue exhaustivo. Me alegra comprobar que la tela inglesa de mi sastre aún logra mantener en su sitio los pedazos que Sienna dejó enteros.

Liam cerró los ojos con fuerza en el sofá, esperando la explosión de orgullo de su mejor amigo.

Pero Dante ni siquiera pestañeó. Una media sonrisa sobria, casi reverente, curvó la comisura de sus labios hinchados:

—El examen fue justo, señora Keller. Y cualquier fractura que su hija decida dejarme es un precio módico por el privilegio de estar bajo su mando.

Vivienne arqueó una ceja, genuinamente entretenida por la rendición absoluta del lobo más salvaje de la brigada.

—Bien respondido, soldado. Al menos aprendió a no ladrar cuando la reina está en la habitación. Pasen a la mesa.

En ese instante, la puerta del vestíbulo privado se abrió por tercera vez.

Sienna entró.

No llevaba ropa táctica ni uniforme militar. Vestía un vestido midi de crepé de seda negro con mangas largas y cuello barco cerrado por delante, pero con la espalda recortada en una uve profunda hasta la cintura que dejaba a la vista la piel dorada y limpia de sus omóplatos. Llevaba el cabello suelto en ondas oscuras que caían sobre su pecho y unos pendientes de perlas grises que acentuaban la línea aristocrática de su barbilla.

No miró a sus hermanos. No miró a su padre.

Sus ojos castaños pasaron sobre Dante por una fracción de segundo, registrando el traje oscuro, el labio partido y la forma en que el aire abandonó los pulmones del soldado en el instante exacto en que sus miradas chocaron.

—Madre —saludó Sienna con un beso en el aire sobre la mejilla de Vivienne.

—Estás perfecta, cariño —dijo Vivienne, tomando el brazo de su hija para guiar al grupo hacia el comedor—. Caballeros, a sus puestos.

La disposición de los asientos no fue una casualidad; fue un ejercicio de guerra psicológica diseñado por Vivienne.

En un extremo de la mesa de cristal negro presidía la dueña de casa; en el opuesto, el General Marcus Keller. A la derecha de Sienna se sentó Julian Montgomery; a su izquierda, justo al alcance de su hombro descubierto... Dante Cruz. Frente a ellos, alineados como acusados en un tribunal de honor, los cuatro hermanos Keller observaban el banquete con la servilleta de lino blanca sobre las piernas y el pulso acelerado.

El primer plato —un carpaccio de vieiras con emulsión de cítricos— fue servido por camareros de librea que se movían como sombras.

Durante los primeros diez minutos, el único sonido fue el tintineo de la plata contra la porcelana de Limoges.

Marcus Keller carraspeó, bajando los cubiertos. El General levantó la vista hacia su hija menor, rompiendo el hielo con una voz que cargaba el peso de un perdón postergado:

—El informe de la Junta de Jefes de Estado Mayor llegó esta tarde a mi despacho, Sienna. Se confirmó la condena de Vance por traición y la recuperación total de los códigos de lanzamiento. El Presidente mencionó a tu unidad en una sesión cerrada del Consejo de Seguridad Nacional.

Sienna cortó una lámina de vieira con precisión quirúrgica, sin levantar la cabeza:

—El Presidente pagó por un servicio de seguridad nacional, General. Mi división cumplió con los términos de entrega. Nada más.

Marcus apretó la mandíbula, sintiendo el filo de la distancia.

—Sienna... sé que lo que dije antes de que te fueras de casa fue imperdonable. El miedo a perderte...

—El miedo nubla la cadena de mando, General —lo cortó ella, levantando por fin sus ojos castaños, fríos y claros como el agua de glaciar—. Pero no estamos aquí para revisar archivos caducados. Esta es la mesa de mi madre, y prefiero que hablemos de temas que no requieran autorización de nivel cinco para ser digeridos.

Gael tragó saliva; Bruno bajó la mirada hacia su plato.

Julian, percibiendo la tensión a punto de quebrar el cristal, soltó una risa baja y levantó su copa con elegancia:

—Personalmente, encuentro fascinante cómo la familia Keller aborda las cenas dominicales. En la mansión Montgomery nos limitamos a desheredar primos lejanos y quejarnos del rendimiento de los bonos del tesoro. Ustedes prefieren la artillería pesada entre plato y plato. Es sumamente refrescante.

Vivienne sonrió, brindando en el aire con Julian:

—La diferencia, Julian, es que en esta casa los hombres siempre creyeron que el poder venía en calibre cincuenta. Hasta que mi hija les demostró que una sola línea de código escrita en la oscuridad vale más que todo su regimiento blindado.

Vivienne giró los ojos lentamente hacia Dante, apoyando la barbilla sobre los dedos entrelazados:

—Dígame, teniente Cruz. Usted que pasó años compartiendo la mesa de mis hijos... ¿siempre supo que Sienna era un arma estratégica, o simplemente necesitaba llamarla «Cristalito» para no admitir que le temblaban las piernas cada vez que ella entraba a la habitación?

El silencio cayó sobre la mesa con la violencia de una explosión controlada.

Liam casi se ahoga con el vino; Mateo se quedó congelado con el tenedor en el aire.

Sienna no intervino. Dejó los cubiertos sobre el plato y se recostó contra el respaldo de su silla, clavando una mirada desafiante y gélida en Dante, esperando el tropiezo.

Dante no desvió la vista. Dejó su copa de agua sobre el mantel, se enderezó en toda su estatura y sostuvo la mirada de Vivienne Keller con una calma que desarmó a los presentes:

—Fui un cobarde, señora Keller —respondió Dante, y la palabra resonó en el comedor con una verdad limpia, pesada y despojada de cualquier excusa militar—. Fui un idiota soberbio que tenía tanto terror de lo que sentía por ella que preferí burlarme antes de aceptar que no era digno de estar a su lado. No supe ver a la mujer que tenía enfrente... y merezco cada uno de los golpes que Sienna me dio en esa jaula esta mañana. Y los que decida darme mañana.

Los cuatro hermanos se quedaron de piedra. Liam miró a su amigo como si estuviera viendo a un fantasma: jamás, en diez años de servicio y academia, Dante Cruz se había arrodillado verbalmente ante nadie.

Julian observó a Dante con una inclinación de cabeza casi imperceptible, reconociendo el valor suicida de la respuesta.

Vivienne sostuvo el silencio durante tres segundos eternos. Luego, curvó los labios en una sonrisa fría pero satisfecha:

—Al menos tiene el coraje de admitir su estupidez, teniente. Eso ya lo pone por encima del promedio del ejército. Camarero, sirva más borgoña al teniente Cruz. Parece que va a necesitar sangre nueva si planea seguir siendo el saco de entrenamiento de mi hija.

A las diez y media de la noche, mientras el General y los hermanos se refugiaban en la biblioteca con copas de coñac bajo la mirada vigilante de Vivienne, Sienna salió a la terraza exterior.

La brisa nocturna de otoño sobre el río Potomac era cortante. El vestido de seda negra se agitaba contra sus piernas; apoyó ambas manos sobre la barandilla de cristal templado, respirando el aire frío para despejar la cabeza del murmullo del salón.

Un paso sordo crujió sobre la tarima de teca a su espalda.

El calor corporal, el aroma a cedro, tabaco limpio y cuero nuevo rompieron el frío antes de que él pronunciara una sola palabra.

Dante se detuvo a medio metro de ella, apoyando una mano sobre la barandilla. Se había quitado la chaqueta del traje; llevaba la camisa blanca ceñida a los hombros anchos y las mangas remangadas hasta los codos, dejando al descubierto los antebrazos marcados por las marcas de la jaula.

—El borgoña de tu madre es excelente —dijo Dante en un susurro grave que vibró contra el viento—. Pero su puntería verbal es más letal que la de cualquier francotirador de SOCID.

Sienna no se dio la vuelta. Mantuvo los ojos fijos en las luces de los puentes sobre el río:

—Te advertí que no vinieras, Dante. Mi madre no perdona las ofensas contra su sangre.

—Me alegra que no las perdone —respondió él, acortando el último medio metro hasta quedar a su lado, tan cerca que su hombro rozaba la seda de la espalda de ella—. Prefiero que me desuelle en público a que me ignore como hacías tú en ese hangar.

Sienna giró la cabeza despacio. La brisa le revolvió un mechón castaño sobre la mejilla; sus ojos castaños barrieron el labio partido de Dante, la gasa en su hombro y esa mirada oscura que no pedía misericordia, sino fuego.

—¿Por qué sigues aquí, Dante? —la voz de Sienna bajó a un registro íntimo, cargado de una aspereza que ya no sonaba profesional—. Te dieron la baja honorífica de Fort Bragg. Podrías haber pedido el mando de un pelotón en Alemania o en el Pacífico. ¿Por qué empeñarte en ser el perro de contención de una división que no existe?

Dante dio un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que el calor de su pecho casi tocó la curva descubierta de la espalda de ella. Levantó la mano derecha despacio, con los nudillos rozando el aire frío a escasos milímetros de la piel desnuda de Sienna, sin atreverse a tocarla del todo para no quebrar la tregua:

—Porque mi guerra no está en Alemania ni en el Pacífico, Sienna —murmuró Dante con una voz ronca, rota por una devoción tan salvaje que a ella se le aceleró el pulso bajo la seda—. Mi única guerra está aquí. Acepté esta unidad porque es el único lugar donde puedo cubrirte la espalda. Y si tengo que pasar el resto de mi vida viendo cómo Montgomery te hace sonreír en las fiestas mientras yo vigilo los perímetros... lo haré. Con tal de asegurarme de que al final del día sigas respirando.

Sienna sintió que el aire se le negaba en la garganta. La cercanía del soldado era una quemadura viva que amenazaba con pulverizar cada defensa aprendida en Virginia.

Dio medio paso hacia atrás, buscando la distancia de seguridad que su cerebro militar exigía... pero su espalda chocó directamente contra el pecho macizo de Dante.

El soldado no retrocedió. Cerró los brazos a los lados de la barandilla, dejándola atrapada contra su cuerpo sin llegar a tocarla, inclinando la cabeza hacia su oído hasta que su aliento cálido le rozó la piel del cuello:

—Dime que me vaya, comandante —susurró Dante contra su piel, con la respiración entrecortada—. Mírame a los ojos y dime que no sientes esto... y me largo de tu vida esta misma noche.

Sienna se giró entre el cerco de sus brazos, quedando cara a cara a escasos cinco centímetros de sus labios.

La luna llena iluminaba los ángulos afilados de su rostro. Sus ojos castaños ardieron con una tormenta de orgullo, deseo y la memoria de una bala que no había terminado de salir:

—No juegues conmigo, Cruz —susurró ella, y su mano enguantada en seda subió despacio hasta apoyar la palma directamente sobre la corbata del soldado, justo sobre el latido furioso de su corazón—. Porque si te quedas en mi sombra... no habrá tregua. No habrá piedad. Y el primer error táctico que cometas... te costará el alma.

Dante bajó la vista hacia los labios de ella, con una sonrisa feroz y sangrante:

—Mi alma ya es tuya desde que te vi subir a esa viga en la nieve, princesa. Haz con ella lo que se te dé la gana.

Antes de que sus bocas pudieran colisionar en la oscuridad de la terraza, la puerta acristalada se abrió con un deslizamiento suave.

Julian Montgomery estaba apoyado contra el marco con dos copas de cristal en las manos y una sonrisa impecablemente cronometrada:

—Lamento interrumpir la sesión de custodia territorial, teniente Cruz —dijo Julian con su acento impecable—. Pero el Director Sterling acaba de enviar una alerta roja al satélite de la agencia. Tenemos un ataque cibernético en curso contra la red de radares de Norfolk... y el transmisor proviene de un carguero no registrado que acaba de ingresar al puerto de Baltimore.

Sienna dio un paso lateral al instante, recuperando su máscara de combate en una fracción de segundo. Se acomodó el cuello del vestido con un gesto seco:

—Montgomery, prepara la furgoneta de mando en el garaje subterráneo. Cruz... —Sienna clavó sus ojos en Dante, con una frialdad eléctrica que borró la tensión de la terraza—, tienes diez minutos para cambiarte ese traje por el uniforme negro de asalto. Tu primera misión oficial como mi elemento de contención empieza ahora.

Dante se cuadró de inmediato, con los ojos grises encendidos por una adrenalina pura:

—A la orden, comandante.

Y mientras los tres cruzaban hacia el ascensor, en la noche de Washington el juego de salón se terminó de golpe, abriendo paso una vez más a la pólvora, al código y a la cacería en la sombra.

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